LA CLASE; el Tema de hoy

 Por Elena Poniatowska

Patricio Redondo: un maestro ejemplar

(Maestro Español autoexiliado en México)

Tras la derrota republicana en 1939, Patricio Redondo viene a México como otros republicanos y se detiene en Coatzacoalcos, Veracruz, el 27 de julio de 1940, y de ahí camina a San Andrés, Tuxtla.

—Soy maestro—dice de casa en casa y pregunta: ¿Tiene usted hijos?

La familia de Manolete Pretelin, Norma Turrent de López, don Juan de la Cera y su bella hija Hermila de la fábrica de puros donde se aplanan las hojas de tabaco todavía húmedas responden:
—Sí tenemos hijos, pero lo que no tenemos es escuela.
—Eso no importa. Puedo darles clase bajo el árbol.

Todas las mañanas, los niños salen corriendo y se sientan bajo el árbol y así Patricio Redondo les enseña a leer y a escribir con el sistema de Célestin Freinet, que consiste en imprimir sus ideas y pensamientos. La tipografía la hace Patricio con cajas de cerillos. Los alumnos escriben un texto y luego lo imprimen escogiendo cada una de las letras y más tarde redactan el libro de la vida en el que narran sus vivencias y las de San Andrés. Para Patricio Redondo, la escuela tradicional con sus premios y castigos es mala. Apuesta a formar niños libres que piensen por sí mismos y no cotorritos que memoricen perico perro. Integra las matemáticas a sus actividades diarias: el cultivo y la cría de animales, el respeto a la naturaleza, el conocimiento de las semillas. Da a los niños la única llave que importa, la llave del campo, y procura que la escuela esté rodeada de bosque y que los niños pasen mucho tiempo al aire libre.

Mientras otros colegas refugiados prefieren la ciudad de México, como José de Tapia Bujalance y su Escuela Activa, Patricio escoge San Andrés y convoca a niños y a adultos. Primero les enseña a silabear y luego a escribir frases completas tomadas de su conversación. En 1941, Patricio entra a trabajar en la Escuela Secundaria por Cooperación y con su sueldo manda hacer una prensa escolar. Escribe al grabador Alberto Beltrán: Seguimos dando las clases completamente gratuitas, de preferencia a niños y a mayores analfabetos de la población indígena.

En el Taller de Gráfica Popular, Albert Steiner le enseña a Beltrán un cuadernito enviado desde San Andrés Tuxtla, porque él le regala el linóleo para grabar a los niños de la escuela de Patricio. A Beltrán le resulta muy conmovedora y les escribe y a su vez le responden preguntándole cómo se viste, cuanto mide, qué come, cómo es su cara, cómo conoció la revista. Encantado Alberto viaja a San Andrés y su primera gran sorpresa es descubrir que Patricio es español. También Patricio le dice a Beltrán: yo creía que era usted un hombre grande y veo a un joven. Ningún abrazo más fructífero. A Beltrán, en San Andrés, le impresiona la modestia de la casa alquilada que funge como escuela, la sencillez de Patricio, que duerme en el piso; toda su conducta es una lección de vida. En alguno de los cuadernitos lee:

“Mi mamá se enfermó
Se la llevaron al hospital
en una ambulancia
Se estuvo como 1000 días.”

¡Qué manera más clara de describir el drama de la ausencia! En 1944, ya la escuela incorporada al sistema de educación federal cuenta con 60 alumnos y los niños envían por correo a sus amigos los cuadernos Mi afán, Mexicanitos, Xochitl, Nacú que publican cada mes. Patricio Redondo prepara a un grupo de maestros e invita a la Escuela Normal de Xalapa para que practique el método Freinet, que también lleva a las comunidades indígenas de Chiapas. Sus aliados son Hermila de la Cera y sus grandes discípulos Julio Chigo, Emilio y Norma Turrent de López y otros maestros que lo respetan y admiran.

La escuela de San Andrés Tuxtla nunca cierra sus puertas, los niños le hablan de tú al profesor, pueden ir a cualquier hora fuera de clases, hasta en la noche, y los domingos, y aunque la escuela ya está incorporada a la Secretaría de Educación, tienen la libertad de aprender jugando. Salen con su maestro a la Laguna Encantada, al lago de Catemaco a comerpellizcadas y a visitar al Salto de Eyipantla, y sus paseos tienen mucho en común con los del maestro español de la fabulosa película, La lengua de las mariposas.

A pesar de que Patricio Redondo hace tanto por los niños y la educación en México, una de sus aspiraciones es obtener un documento oficial de la Secretaría de Educación Pública, por lo que en 1960, a los 75 años, entra como alumno en la Escuela de Pedagogía de la Universidad Veracruzana de Xalapa y obtiene el grado de Maestro en Pedagogía con su tesis Técnica Freinet. Hacia 1966, en medio de la construcción de la Escuela, su salud desmejora. Los padres de familia lo visitan con canastas de frutas, alimento para bebés, gelatinas, flores, atole y galletas pero unos meses después de colocar la primera piedra del edificio escolar, el 31 de marzo de 1967, Patricio Redondo muere a los 82 años y San Andrés lo despide con una marcha multitudinaria.

En su tumba, sus alumnos colocan una lápida hecha por Alberto Beltrán –su gran amigo. Beltrán graba en la piedra a un maestro rodeado de niños debajo de un árbol. Dos años más tarde, en 1969, se inaugura el edificio de la Escuela Experimental Freinet que funciona hasta el día de hoy.

Patricio Redondo exigió que sus alumnos no lo llamaran maestro. Nunca se creyó superior, nunca humilló a nadie porque no supiera contestar, nunca usó su título de maestro respetado para lucrar en beneficio propio ni para escalar en política, al contrario, sacó dinero de su bolsillo para la escuela. ¡Cuán lejos estamos de figuras como ésta y cuánta falta nos hacen en medio de tanta grilla y desprestigio educativo!

Trasquilar a los maestros en San Cristóbal, Chiapas, nos ofende a todos, imposible ver sin indignarse a un joven cortándole el pelo a una mujer de edad. Imposible aceptar que se pierdan generaciones de niños cuando lo que más le hace falta a nuestro país es la educación. Un pueblo ignorante se pierde para siempre dentro del concierto de las naciones.

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El río ya no canta…

Padre: Están matando a la tierra…¿Qué le han hecho al bosque que ya no tiene árboles? El río ya no canta. Sin leña y sin peces, tendremos que quemar la barca…

Serrat
Habitamos en un complejo mundo dominado por impulsos económicos que nos hacen cambiar para bien o para mal; este lugar común es también el escenario de los conocimientos adquirido durante nuestra caminata, desde el acontecer de nuestra existencia en el planeta, hasta la fecha.

Las huellas de los pasos de nuestros andar por el mundo nos han dejado profundos conocimientos científicos y tecnológicos que nos pertenecen a todos, pero, a la vez, son prestados; forman parte del acervo cultural de la humanidad que guarda nuestras experiencias, reflexiones y conocimientos, desde el tiempo lejano en que el hombre descubrió el fuego y la rueda hasta los actuales viajes siderales.
Así, andando por el mundo, no nos hemos detenido; sin embargo, no hemos sido capaces de vislumbrar mensajes, estímulos y sueños extraños, que nos llegan en cada momento y que acosan al planeta y la especie humana.
El más recurrente de estos sueños, más abundante en los hechos que en la memoria, inició apenas hace algunas décadas. Proviene de los gobernantes de los países poderosos del orbe: Convertir al mundo en un solo mundo dependiente de la ciencia y olvidar los valores humanos de cada nación con el fin de convertirlos en un solo valor: El dinero.
Sueño periódico que inició uniendo nación con nación, como si fuera un rompecabezas, hasta lograr la figura del planeta, teñido con un solo color que representara el comercio mundial. Mancha enorme, del mismo tono, por donde pudieran transitar libremente los hombres, sin importar razas ni religiones, con el fin de dar paso al libre comercio mundial.
Eterna quimera que cristalizó; se extendió por el mundo con tal rapidez, que el tiempo que ha durado – cuatro décadas- no sólo fue suficiente para engrandecer económicamente a los hombres más ricos del planeta sino también aumentó la pobreza en el mundo. Por las fronteras abiertas entraron a las naciones, socias de este proceso comercial, la competencia desleal, el desorden y libertinaje. Confines abiertos por donde llegó para quedarse la especulación. Ambición y codicia. Acaparadores y traficantes. La moneda se convirtió en el emblema del poder; en un dios. El mundo entró en crisis.
Sueño malogrado. Los países pobres se hicieran más pobres y los pocos países ricos más ricos.
Se acaban los bosques. Se secan los ríos. Crecen los mares y los peces se refugian en el fondo de los lagos. Sólo nos quedan las palabras, cantos y poemas, dedicados a la supervivencia de la Tierra, a su fertilidad mutilada. Pareciera que vivimos la época del inicio del mundo cuando los indígenas le cantaban a la Luna para que les enviara la lluvia para sus cosechas.
Pero, ¿de dónde proviene que nuestro mundo haya caído tan bruscamente de su esplendor económico y cultural en pocos años? ¿Fue acaso el hombre, fruto individual de la humanidad, el responsable del medio en que hoy vivimos, trabajamos y nos recreamos? ¿Fue el pensamiento de los hombres poderosos del mundo que instauraron la globalización para favorecer a los hombres del poder: industriales, financieros y políticos, impulsados por el estado de ánimo comercial mundial?
Cuando se habla de las crisis que agobian al mundo, casi todos pensamos en la económica, ya que es la que afecta directamente a la clase poderosa.
Hace unos cuantos días, la ONU reveló el informe para la Alimentación y la Agricultura en el mundo:
“Uno de cada seis habitantes del planeta pasa hambre todos los días. No es que las cosechas hayan sido malas. La falta de alimentos en las mesas de mil 20 millones de personas en todo el mundo –cerca de 10 veces la población de un país como México y casi el doble de la América Latina- es provocada por la crisis económica, que ha causado a la vez una disminución en los ingresos de los más pobres y un alza del desempleo”.
“…El problema ahora no es que escaseen los alimentos, sino que la gente más pobre y la que se ha empobrecido como consecuencia de la crisis, no puede pagar por ellos”.
Pero la crisis alimenticia de los millones de seres en el mundo no parece ser de mayor prioridad porque todos los aquejados son pobres.
La fuerza del poder, aliada con muchos medios de comunicación, sobre todo con la televisión, procura que sus planes políticos, sociales y económicos, trasciendan en los países pobres con prontitud. Y, las empresas televisivas, después de abandonar los ideales originales culturales para las que fueron creadas, mienten. Repiten una mentira mil veces y la convierten en verdad. Con la venia gubernamental, nos inculcan la cultura ajena de los países poderosos. Nos confunden. Nuestra realidad es trasmutada en nuestros propios hogares a través del cajón de las imágenes.
Así, los hilos de las muchas crisis que nos afectan -pobreza, financiera, valores humanos, ecológica y democrática – nos van dando una certera radiografía de los sistemas políticos actuales que se cubren con una máscara democrática, ocultan su verdadero rostro con el fin de que la esencia de su pensamiento vaya alterando costos comerciales, aumentando ganancias, especulando, empobreciendo a la gente y defendiendo el privilegio de la cada vez más reducida minoría rica, con consecuencias cada vez más siniestras para nuestro planeta como la contaminación de nuestros cielos, mares y tierra.
Las naciones ricas, pintados con el mismo color de las naciones pobres, tienen como fin destruir la soberanía de las naciones que ahora están padeciendo las crisis económica y alimenticia. Sin embargo, ante la falsa imagen que ha procurado los medios de comunicación, los ojos de la gente se recrean formando castillos en el aire que es necesario ir desmantelando para que el ser humano sobreviva.
El hambre en el mundo no podrá ser abatida mientras no se recuperen las capacidades productivas en materia agrícola y se apliquen, en cada nación, directrices agrarias con un amplio sentido humano. Es decir, evitar que las naciones del mundo estén uniformadas con el mismo color y así, que cada una adopte  los diferentes colores vibrantes del Arco iris con el fin de convertirse en naciones autosuficientes, con capacidad para dar de comer a sus habitantes.
De lo contrario, si no es así, mañana del cielo lloverá sangre, como canta al mundo Serrat, el admirable poeta.

Roberto Ramírez Rodríguez

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LA HISTORIA OCULTA DE CATEMACO

Roberto Ramírez Rodríguez

publicación de 2013

Desde su navío, en alta mar, el soldado español San Martín divisó, entre las montañas, un volcán que hacía erupción en tierras veracruzanas.

Ese día, alrededor del año 1640, mientras que el colonizador veía azorado el correr de la lava sobre las laderas de la montaña, y las llamas elevarse al cielo, ni siquiera imaginó lo que estaba sucediendo en las faldas montañosas, asentamiento de cientos de indígenas olmecas. No vislumbró que más allá del horizonte, donde miraba pero no advertía, se libraba una ardua lucha entre el hombre y la naturaleza.

Dos realidades: la visión del soldado desde su barco, y el temor de los indígenas que corrían despavoridos para salvarse de la impetuosa erupción que no sólo brotaba por el cráter del volcán sino que socavaba túneles para llevar su furia más allá de la montaña humeante.

Los moradores trataban de ganarle la carrera a la lava que escurría precipitadamente, incendiaba bosques, hacía arder los ríos y sepultaba, bajo las cenizas y las piedras ardientes, las casas y templos de la maravillosa cultura olmeca.

Los que se salvaron, corriendo entre el estallido del volcán y los grandes temblores de tierra, llegaron a un valle, ahí se refugiaron y fundaron el pueblo de San Andrés Tuxtla.

Cuando el famoso soldado dio parte a sus superiores del trágico episodio el volcán, llamado por los indígenas Titepetl o “cerro de fuego”, cambió de nombre por el de San Martín Tuxtla, en honor al soldado.

A partir de entonces, nació otra historia –poco conocida hasta ahora-. Los pueblos crecieron, se hicieron ciudades. La población aumentó. La fauna y la flora de la región afectada fue regenerada en más de trescientos años. Sin embargo, el hombre, abanderado con lo que hemos llamado progreso, más violento que una erupción volcánica fue acabando paulatinamente con bosques y selvas. Contaminó ríos, lagunas, y mares.

Lo que no vio el soldado colonizador desde su barco fue la catástrofe generada más allá de las montañas: la región había sido consumida por los volcanes.

La presión de la fuerza del Titepetl entró por cuevas, túneles, y cavernas, y salió hasta la región popoluca asentada en Catemaco y lugares circunvecinos. Nacieron nuevos volcanes que cubrieron de lava las casas de los moradores. De los cráteres del “cerro puntiagudo”, “el Mono blanco”, y el volcán de la Sierra de Santa Marta, Mecayapan y Pajapan brotó la energía contenida de Titepetl.

Pujanza volcánica que formó ríos subterráneos, lagunas encantadas que, actualmente, suben y bajan de nivel según el clima imperante.

Lo que no vio el soldado San Martín es lo que hoy día, después de casi 400 años, están viendo los catemaqueños.

Hace apenas una semana un grupo de trabajadores de la construcción, introduciendo el drenaje en una calle del centro de la ciudad de Catemaco, descubrió restos de casas de piedra y barro cubiertas con cenizas volcánicas.

Aunque no se ha dicho la última palabra sobre este episodio geológico, el INAH tiene bajo su resguardo las ruinas arqueológicas que hacen recordar el episodio de Pompeya sepultada en el año 79 por las cenizas de la erupción del volcán Vesubio.

Por lo pronto, después de serias discusiones históricas, ha brotado otra verdad: Catemaco significa: casas quemadas.

El presidente municipal de Catemaco tiene varias opciones: cubrir los restos arqueológicos de las casas con materiales de cal y cemento, continuar construyendo la línea del drenaje, o convertir el lugar, y quizás otros en la ciudad, en un centro de atracción turística que beneficiaría económicamente a los catemaqueños.

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EL REGRESO DE ULISES

Roberto Ramírez Rodríguez

Ulises Carrión.

Siempre recuerdo la generación de niños y jóvenes con la que recorrí la raíz de nuestros conocimientos. Entre ellos, Ulises Carrión, el hijo menor de una numerosa familia, modesta y estimada, encabezada por Don Rafa y Doña Conchita, ambos dedicados a la sastrería en la ciudad de San Andrés Tuxtla.

Yo vivía cerca del hogar de los Carrión: en una larga y encumbrada calle atravesada por el Tajalate, largo y apestoso río que iba recogiendo los desechos de la gente. Sin embargo, frente a su casa, había una enorme ceiba que sombreaba una pequeña poza de aguas cristalinas alimentada por una chorrera que estaba dentro de una pequeña cueva donde habitaban los chaneques, hombrecillos tradicionales de una cultura popular, dedicados a espantar a la gente en los atardeceres.

Así que, todos los días, bajando o subiendo por la calle empinada, tenía que pasar frente a la casa de Ulises, saludar a sus padres con sus espejuelos quizás por la vista gastada de tanto zurcir y zurcir. Ulises leía mucho. Todo libro que pasaba por sus manos lo leía dos veces: la primera vez lo hacía en silencio y la segunda, en voz alta: se sentaba en un viejo y confortable sillón para leer a sus padres, mientras cosían, el mismo libro que le había recreado. Así pasaba muchas horas.

Invariablemente, en lugar de ir al parque a pasear con los amigos, el lector incansable salía de la escuela apresurado para llegar puntual a la cita con sus padres y continuar con la lectura del día anterior. Ulises les leía despacio, gesticulaba y, a veces, aguzando el oído, bebiendo las palabras del hijo emocionado, dejaban de coser, reían o reflexionaban.

Esta estampa ha durado siempre en mi vida. Muchas veces, en las tardes, después de clases, cuando los niños se marchaban a sus casas, vi al joven lector como leía sus notas a Patricio Redondo en el aula callada.

Al terminar los estudios de la preparatoria en Jalapa, perdí de vista a Ulises. Nadie sabía donde estaba. Sin embargo, a sus compañeros de estudio no les llamaba tanto esta desaparición, sobre todo, porque el desaparecido acostumbraba cambiarse de casa a cada rato en busca del ahorro por la baja situación económica que padecía. La última vez que lo vi fue en una reunión clandestina que tenía con otros jóvenes estudiantes que preparaban una protesta social y política en contra del gobierno por la inseguridad y la mala situación económica que padecía el pueblo veracruzano. A él le había tocado redactar un manifiesto que se distribuiría en panfletos pegados en los muros de la ciudad.

Después, no lo volví a ver. Incluso pensamos que había muerto o estaba encarcelado, sin embargo, ninguna de las dos cosas era cierta, después supimos que Ulises se había marchado a Holanda a estudiar. No obstante, años después, en 1989, supe que había muerto.

Después de casi 30 años después de su muerte la noticia llegó: “Abre España la primera magna retrospectiva de trabajos del artista Ulises Carrión para una exposición”. Exposición que se inauguró el miércoles pasado en el Museo Centro de Arte Reina Sofía. Para la muestra, que reúne unos 350 trabajos del artista mexicano, será su primera escala antes de viajar a la Ciudad de México, con la finalidad de montarla en febrero del año 2017, en el Museo Jumex de Arte Contemporáneo.

Efectivamente, Ulises había partido a Holanda para vivir personalmente los movimientos artísticos culturales de los años 70 y 80 del siglo pasado; hoy día, regresa abriendo nuevos lenguajes asumidos, hasta entonces, como dogmas o normas. La mayor parte de su trabajo lo desarrolló en Amsterdan, aunque creó proyectos en Francia, Alemania e Inglaterra.

 

ROBERTO RAMIREZ RODRIGUEZ

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He cumplido

Aún tengo el alma jóven, aunque cansado el cuerpo,

por tanto cabalgar al trote de la vida,

sin detener mi paso por temor a lo incierto

y continúo cantando al compás de mi lira.

 

Aún guardo en mi existencia los recuerdos pasados,

de mi travieza infancia y la juventud de cristal,

y quiero ser el mismo bohemio enamorado.

que cantaba y canta, pero ya no es igual.

 

Aún alzo mi copa y brindo por la vida,

a la que debo tanto, pués mucho me dió,

y se entristece mi alma, y me sangra la herida,

de tantos sinsabores que el tiempo me dejó.

 

Más aún no estoy vencido, continúo luchando;

como el Quijote andante, hoy sin Sancho amigo,

Proseguiré la ruta, seguiré cabalgando,

y moriré tranquilo sabiedo que he cumplido.

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LA PROCLAMA DE LOS TUXTLAS

LA PROCLAMA DE LOS TUXTLAS
Faldas del Volcán de Los Tuxtlas, Junio 7, 1913

MEXICANOS:

En nombre de los grupos que representamos os manifestamos que con esta fecha empuñamos las armas para desconocer al gobierno interino del general Victoriano Huerta, emanado del cuartelazo de la Ciudadela el 10 de febrero del presente año; gobierno impuro que intenta restaurar el régimen dictatorial de Porfirio Díaz, que asesinó todas las libertades del pueblo mexicano, cuya restauración no debemos consentirla.

En nombre del Derecho y de la Justicia y de esas libertades ultrajadas, levantamos la bandera roja de la rebelión, secundando el movimiento que mantienen nuestros hermanos del norte, centro y sur de la República.

Somos una fracción de ese pueblo tantas veces oprimido y humillado por los déspotas, caciques y tiranos del poder, que hemos luchado y hoy volvemos a la lucha y lucharemos por el triunfo de nuestros ideales CONTENIDOS EN EL PLAN DE SAN LUIS POTOSÍ, REFORMADO EN TACUBAYA Y VILLA DE AYALA, y no depondremos las armas hasta no ver el derrocamiento de ese gobierno que ha manchado de lodo el nombre inmaculado de la Patria y la dignidad del pueblo mexicano ante las naciones extranjeras con la traición efectuada en la capital de México, o sea, el cuartelazo de la Ciudadela, traición jamás registrada en los anales de nuestra historia patria.

No luchamos por personalidades ni ambiciones personales, pues queremos que la revolución no sea simplemente un movimiento político en el que sólo se consiga el cambio de mandatarios, sino por una reforma social y política que contribuya al mejoramiento de todo nuestro país.

Estamos convencidos de que las revoluciones de los caudillos siempre son dañosas para las naciones. Sostendremos, ante todo y sobre todo, los principios de nuestro programa revolucionario (el del Partido Liberal Mexicano), y estamos dispuestos a luchar contra todos los que dan vida a los gobiernos tiranos.

CIUDADANOS: venid a engrosar nuestras filas libertarias, y todos tenemos obligación de luchar por la causa del pueblo, convenciendo a los soldados a que, lejos de empuñar las armas contra sus hermanos, vengan a nuestras filas, pues ellos son también oprimidos por los déspotas; ellos son hijos del pueblo, como nosotros; su deber es sostener la integridad y las instituciones nacionales y no sostener a ambiciosos vulgares que han manchado con sus actos el querido nombre de nuestra patria.

CONCIUDADANOS:

Viva la Revolución. Abajo el gobierno del general Huerta.

Reforma, Libertad y Justicia.

Faldas del Volcán de Los Tuxtlas, junio 7 de 1913.

P. A. Carvajal. Hilario C. Salas. Miguel Alemán. Teodoro Constantino Gilbert. Felipe Leal. Alejo Santos. Sotero Vargas. Onesimo Carvajal. José Jáuregui. Gregorio Molina. Andrés Ortiz. Marcelino Absalón Pérez. Marcelino Gutiérrez.

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SALVADOR HERRERA GARCIA Cronista de Catemaco

Minificciones de Salvador Herrera García

Salvador Herrera García (Catemaco, Ver). Estudió comunicación y artes plásticas. Se ha desempeñado en el periodismo, la publicidad y la docencia, en el D.F., en Veracruz  y en su ciudad de origen. Escribe narrativa, crónica y poesía. Es dibujante y grabador, promotor cultural, maestro en planteles de enseñanza media, director fundador de la Casa de Cultura de su localidad. Ha colaborado con textos e ilustraciones en revistas como Punto de partida, El Cuento, Comunidad Conacyt, Revista de Revistas, La Valkiria, Suplemento de El Diario de Xalapa, El Búho y otras publicaciones. Es columnista habitual del semanario regional tuxtleco Palestra. Ha sido becario en dos ocasiones en el área de Letras del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Veracruz, IVEC-Conaculta.

Publicó La última aventura, colección de relatos, y Entre la magia y la bruma, estampas catemaqueñas: libro ganador del “Concurso estatal Sergio Galindo”, editado por el Instituto Veracruzano de Cultura en 2007. Felizmente  casado con Olivia, papá de  Salvador y Juan Pablo. Actualmente, es docente y director, por tercera ocasión de la Casa de Cultura. Ha sido propuesto para el nombramiento de Cronista de Catemaco, su ciudad natal.

La Bailarina

Para Olivia

Noche a noche, a la misma hora, como un ritual, la bella y dulce bailarina danzaba al compás de una suite de Tchaikovski. Siempre a la misma hora, las misma música, los mismos pasos…

Era tal la gracia de su danza, que cautivaba al selecto grupo que noche a noche tenía el privilegio de verla bailar.

Una noche la música cesó de pronto. La frágil figura quedó inmóvil, con una pierna extendida, iniciando un paso que no terminó. Sus admiradores la olvidaron…

Ahora, la bailarina espera –arrumbada en una empolvada vitrina del bazar- que alguien se acuerde ella, repare el complicado mecanismo de la cajita musical… vuelvan así a sonar las notas de Tchaikovski, y ella reanude su grácil danza…

Abandonado

Estoy abandonado entre estos matorrales. El calcinante sol de mediodía y el insoportable frío de la noche han demacrado mis facciones. Las hormigas me cubren y, a ratos, se acercan ratas y tlacuaches que me clavan sus afilados dientes.

No lejos de aquí está un camino por el que pasan los madrugadores y parranderos. Pero no pueden verme porque la maleza me oculta casi por completo.

Trato de alzar mi cuerpo, está pesado y rígido, como clavado a la tierra. Ya perdí la noción del tiempo.  No sé cuántos días hace que estoy aquí, la herida ha dejado de sangrar y ya no siento dolor… A ratos me vienen breves recuerdos de aquella noche… la disputa, la ira, los golpes, el brillo del puñal…yo, cayendo, rodando, rodando entre los breñales hasta caer en  el fondo de la barranca… Mi mente queda en blanco…

Comienza otro atardecer. Ya empiezan a revolotear los zopilotes… Pronto acabarán con mi cadáver.

El Alucinado

Abrigó en su mente al Cuervo de la alucinación y al Gato Negro del horror. Sabía de un Escarabajo de Oro y amó apasionadamente a Ligeia. Habitó en la Pavorosa Casa de Husher y escuchó el latido del Corazón Delator. Descifró el misterio de los Crímenes de la Calle  Morgue y se sumergió en la sordidez del Pozo y el Péndulo…

El whisky, las pesadillas, las deudas y, tal vez, las drogas lo volvieron   noctámbulo, solitario, vagabundo y triste…

 

Desesperado, encerró todas sus alucinaciones en sus geniales Historias Extraordinarias… Y una noche de 1849 –consagrado ya entre los poetas malditos-, Edgar Allan Poe, el de las insólitas narraciones, salió a la calle, en la ciudad de Baltimore… a esperar el frío de la muerte.

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FANTOMAS Y EL BRUJO DE CATEMACO

El brujo de Catemaco

Como una muestra de apoyo hacia el robot C-19, Fantomas se dispone a probar un avión diseñado por el simpático ayudante del profesor Semo en la isla secreta de Oceanía. Después de un buen rato sin contratiempos, el avión presenta una falla severa y Fantomas y C-19 tienen que saltar en paracaídas. Casualmente caen en México, en el estado de Veracruz, y ahí entran en contacto con el chamán del pueblo, esto es, con el brujo más respetado de la región.

El estilo de Javier Aviña

Pronto descubren que el chamán ha explotado a la gente del pueblo donde vive, enriqueciéndose y afianzando su poder, así que nuestro héroe decide tomar cartas en el asunto.

Este número de la serie Avestruz llega a nosotros por cortesía de nuestro amigo y colaborador Cristo_Pop, a quien doy las gracias desde aquí. La historia es de Hilda Zacour, escritora ocasional de la historieta, a quien debemos muchos más títulos en la época de la editorial Vid. El dibujo corrió a cargo de Javier Aviña Flores.

Que ustedes disfruten este episodio!

-Luis Van

No.: 3-29
Serie: Avestruz
Fecha de publicación:
30 de julio de 1979
Dibujo: Javier Aviña Flores
Argumento: Hilda R. Zacour
Digitalizada porCristo_Pop
Páginas: 36
Descargar en formato CBR
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El perro panteonero por Roberto Ramírez Rodríguez

Roberto Ramírez Rodríguez

Un perro domesticado en el hogar o en el trabajo hace feliz a la gente, pero, cuando el animal lleva el nombre de lobo es lo supremo para el amo y para el perro, un honor llamarse como sus ancestros.
De joven tuve un perro que parecía lobo, sin embargo, por alguna razón que no recuerdo, le puse Venado. Era obediente, cariñoso y fiel. Me seguía a todos lados. Movía la cola al verme llegar. Cuando lo llevaba al campo los campesinos me decían: “perro que no mueve la cola no es perro, es fiera”. No sé si en el cielo haya un lugar para perros pero si lo hay, seguramente Venado debe estar ahí.
Los aztecas y toltecas consideraban que el amor más puro del mundo era el que había entre el perro y su dueño. Y al revés. Los dos juntos recreaban una mancuerna indisoluble que permanecía intacta hasta la muerte del amo, que pedía ser enterrado con el noble animal para que intercediera ante el dios de la muerte explicándole sus buenas obras, acciones y razones.
Lo asombroso de este pasaje es que el perro Xoloitzcuintleperro pelón mexicano, después de sus viajes incansables al cielo o el infierno metido en un ataúd, aun permanezca entre nosotros. Su raza se distingue de las demás por un copete en la cabeza y el cuerpo sin pelos. Es inteligente, fiel, vegetariano, curativo y a veces era servido en los suculentos banquetes.
Formaban parte de la realeza. Cuando los volcanes se cubrían de nieve y el frío arreciaba, los soberanos aztecas ocupaban al perro pelón como bolsa de agua caliente para calentarse los pies. Pero eso no era todo: curaban el asma y removían conciencias al momento de soltar lágrimas por un regaño o por la tristeza de ver a su amo enfermo. En ese tiempo lejano el Xoloitzcuintle no ladraba; fue, durante la Colonia, cuando los perros de los españoles les enseñaron el mal hábito de ladrar y mover la cola.
En la actualidad, hay muchas razas de perros pero pocas sobresalen por su inteligencia, buen olfato, y ser fieles a sus amos. Muchos de ellos, han hecho historia y otros se convirtieron en mitos. Mitos geniales como el de Argos, el viejo perro de la Odisea, que antes de morir, haciendo un último esfuerzo, le movió la cola a Ulises, su amo.
Un mito eterno es el de Cancerbero, el perro con tres cabezas más temido de la humanidad, guardián de las puertas del inframundo. No movía la cola. Con él, no había escapatoria para los pecadores en caso de pensar siquiera en escapar del territorio candente eternal.
En el mundo hay cosas perrunas incomprensibles.
Aun no se ha dado una amplia explicación del por qué los egipcios, habiendo tantos perros en su tierra, adoraban a los gatos por considerarlos representantes de una diosa celestial.
Además, todavía no se sabe el verdadero origen de los perros callejeros: se supone que provienen de un cruce de razas caninas en despoblado y que, abandonados a su suerte, van de un lado a otro en busca de comida o de un albergue para pasar la noche. Son dueños de las calles, mercados y jardines, de los pueblos. Nada hacen ni tienen a quien acercarse para que les indique que hacer. Pero eso si, conservan la chispa de la inteligencia y mueven la cola; levantan la pata para orinar sobre un poste, en donde les apure.
Hace muchos años, el día de la feria de San Andrés Tuxtla, llegó el circo a la ciudad. Entre tanto divertimiento, traía tigres y panteras. Sin embargo, los dueños de la gradería estaban preocupados no tanto porque no habían traído a los leones sino porque la carne de los flacos caballos que servía para alimentar a sus animales, se había agotado. Así que, sin pensarlo más, hicieron un llamado urgente a la población: “compramos perros callejeros”.
Nadie les hizo caso.
Sólo hubo una persona que empezó a capturarlos. No podía desechar esta oportunidad: un buen negocio en el cual no invertiría en sembrar, solamente en levantar la cosecha inagotable. “La cosecha de perros es como la de las mujeres, nunca se acaba”; afirmaba sonriendo el perrero que empezó a presumirles a sus amigos de su perspicacia como comerciante y de su futuro promisorio por la gran empresa que pronto consolidaría. Es más, caminaba por las calles, a plena luz del día, luciendo a los cautivos animales amarrados con largas correas, sujetas a sus manos, rumbo a su perrera improvisada.
Sin embargo, a veces las cosas no son como se piensan. Y esta vez, al  “perrero” le salieron mal: cuando decidió presentarse al circo para cerrar la operación comercial de un centenar de perros, se encontró con una desagradable sorpresa: el circo se había marchado a la feria de otro pueblo. No había quedado en el lugar ni una huella de los amarres de la lona que cubría la pista o la tramoya. El mundo se le vino encima al desesperado y fracasado comerciante que terminó por soltar los perros y un manto de fétido olor a perros flacos, sucios y hambrientos, le cayó a la ciudad.
En otro tiempo, pero en la misma ciudad, un perro callejero seguía el ritmo de la vida citadina alejado de los líos callejeros y malas compañías. Era de color café oscuro con un mechón que le cubría una mancha blanca en la frente y sus grandes orejas. Inteligente e intuitivo, estaba rodeado de un halo misterioso que hacía que los moradores preguntaran cada vez que lo veían en el panteón: ¿De dónde sale este perro? Nadie sabía quien era, ni de donde venía, pero si se sabía, y muy bien, que siempre aparecía en el atrio de la Iglesia al tañer de las campanas llamando a misa de difunto.
Al llegar al templo, agachaba la cabeza haciendo suya la pena que embargaba a la llorosa familia así fuera rica o pobre. Moviendo la cola se asomaba al altar mayor para cerciorarse de la presencia del cuerpo presente. Sentado, miraba fijamente la caja del muerto. Inmóvil, con los ojos fijos, no parecía percibir nada de lo que sucedía a su alrededor. Miraba a la gente y al ataúd como si contemplara dos universos distintos y distantes enfrentados en ese momento: vida y muerte. Escuchaba la misa un rato y cuando el sacristán tocaba la campanita llamando a la comunión salía del templo y se sentaba en el atrio como esfinge.
Al terminar la misa, hombres desconsolados salían del templo cargando el féretro rumbo al panteón y atrás, en la última fila de los dolientes, iba el perro caminando apesadumbrado. Al llegar al cementerio, el perro observaba con sus ojos ofuscados a los que rodeaban la fosa: a la mujer inconsolable que lloraba y lloraba, al joven con los ojos hinchados de tanto padecer. Al abuelo descansando su cuerpo sobre el nieto aturdido. A la mujer que no fue vestida de luto. Caos de sollozos y el rito acostumbrado: una flor sobre la tumba.
A la hora de partir cada quien tomaba su camino. La imagen del “perro panteonero”, caminando de regreso rumbo al centro de la ciudad, recordaba a Argos moviendo la cola mientras se perdía entre la acera de sombra de la calles soleadas de la ciudad. Cuando hacía alto frente algún comercio, el dueño lo corría a patadas o le echaba agua para que se fuera.
-¡Perro de mal agüero, vete de aquí! Le gritaban.
El obediente y humilde can se marchaba como había llegado: en silencio y respetuoso. Ni siquiera gruñía. Nadie lo volvía a ver hasta que aparecía nuevamente para despedir al siguiente pecador de este mundo que ya no era. Entonces, aparecía en el atrio de la iglesia con la cabeza baja.
Un día no muy lejano, ya no se presentó al doblar las campanas que sabía descifrar muy bien. Posiblemente aun ande caminando entre polvorientos caminos o se marchó a otros pueblos con el fin de cumplir con la creciente demanda de muchos seres humanos que se van de este mundo confundidos, atemorizados, desamparados, y que siempre desearon la compañía de alguien que los mirara desde abajo, moviendo la cola, despidiéndolos en su largo camino a la eternidad.

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Lo que es CATEMACO

LO QUE ES CATEMACO (por Gabriel Ravelo)

 

 

04/04/2007

Lo que es Catemaco

Y tenía que volver, aun a sabiendas de que puede ser la última vez.
 
Estoy en el sureste del estado de Veracruz, en la selvática región de los Tuxtlas. Amaneció nublado, dicen que está entrando norte, pero que mañana volverá a estar soleado. Así esta este día, entre nublado y lluvioso la gente va y viene por la plaza central de Catemaco, recientemente remodelada y poseedora de jardincitos bien cuidados, un tradicional kiosco, muchas banquitas y por supuesto, su Catedral dedicada a la Virgen del Carmen y su Palacio Municipal Naranja.
 
Si hago un análisis de lo mucho que ha cambiado éste pueblo en los últimos veinte años creo que no acabaría. Las carreteras son mejores, la Feria que siempre abarrotaba toda zona central ha sido trasladada hacia las afueras de la población y el malecón, frontera de la inmensa laguna de Catemaco y el poblado del mismo nombre está más lindo que nunca. Aun así, a pesar de llevar toda mi vida viniendo no podría definir del todo lo que Catemaco ‘es’. Supongo que cuándo alguien más cree conocer algo, es en realidad cuándo más lo desconoce.
 
Catemaco son momentos de mi infancia. Son primeras veces. Son aventuras. Son añoranzas. Catemaco es selva, es la oportunidad que cada año se me da de disfrutar de la naturaleza en su máximo explendor. Catemaco era caminar en las mañanas por la orilla de la laguna con Papá, hoy es seguir ese camino sólo pero siguiendo sus huellas. Catemaco es tierra de magia, está en todos lados. Es un cerro de brujos buenos y otro de brujos malos. Es una laguna inmensa con islas habitadas por changos. Es una roca con unos pequeños pies marcados en una roca en dónde hace años se le apareció la Virgen al pescador Juan Catemaco, o es, una cascada impactante.
 
Son siete horas de camino desde el DF. Catemaco es comer vasitos con Tegogolos y tomar refresco Coyame hasta el cansancio pues sabes que en ninguna otra parte del mundo podrás encontrarlos. Catemaco es calor con días lluviosos. Es querer volver una y otra vez aunque parezca que conoces está tierra como la plante de tu mano.
 
El punto es que estoy aquí. Un año más sin saber si será el último. Volví por gusto y por cariño a una tierra que supongo, debería empezar a llamar “mi segunda casa”. Cuando algún sitio te brinda un poco de su alma y a cambió te arranca momentos de tu vida, es imposible desprenderte de él. Aquí he crecido, jugado, llorado, pero sobre todo, he sido feliz.
 
No sé si vuelva. Por eso quiero disfrutar estos días al máximo. Sentir está tierra, llevármela en los poros de la piel.
 
Estos días he vivido mucho. Aquí es así. En los próximos días y con más calma, lo escribiré.
 
Desde el corazón de Catemaco, Veracruz.
Gabriel Revelo,
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El Señor Presidente por Roberto Ramírez Rodríguez

En el ayer, me tocó vivir en una ciudad pequeña. Un pasado lleno de cuentos, relatos y leyendas populares. Aparecían chaneques, hombrecillos que salían de las cuevas para hacer travesuras a la gente. En los sombreados callejones vagaban aparecidos clamando por las cosas que habían dejado pendientes en esta vida. Los brujos curaban el alma.
Cada vieja casona era una historia. Historias de moradores con frases que surgían de acuerdo con las diarias vivencias; por ejemplo, en esta época de crisis, una de ellas sería: primero comer que ser cristiano.
Destacaban personajes populares a los cuales la pobreza, abandono, desesperación, soledad, o lo que haya sido, los convirtió en historia:
Recuerdo, como si lo estuviera viendo, al negrito planchador, caminando por las calles, avisando de su llegada con su bien ganada fama de planchar, y planchar bien, una docena de ropa con una plancha de alma de carbón ardiente, tan sólo en unos minutos.
Era común encontrarse en el parque con el ciego Agustín, personaje inolvidable, que saludaba mencionando el nombre de la persona. Más: una mujer entrada en años que no recuerdo su nombre, y tal vez no lo recuerde nunca, correteando a los niños con un palo en la mano cuando le gritaban: ¡Arriba Alemán y abajo Padilla!.
Entre otros protagonistas estaba Pola, la mujer dedicada a buscar a su marido extraviado, según ella. Otro era Licho, vendedor de periódico que ofrecía la publicación silbando la canción de moda.
Aun se cuenta la lejana historia de un sastre que, de tanto ver y sentir la desigualdad social y económica entre la gente, cayó en la depresión y empezó a vivir una realidad que no era la suya: se convirtió en el señor presidente. Trataré de narrar lo más cercano a la realidad o, mejor dicho, hasta donde alcanza mi memoria, lo cual equivale a lo mismo, la historia de este buen hombre que vivió en San Andrés Tuxtla.
Empezaré por decir que estos y otros personajes, vivieron más de la mitad de su vida en medio de una dictadura priísta; en ese lapso inolvidable, nadie levantaba la voz para quejarse del caduco sistema político pero, eso si, todos se quejaban en la intimidad del rumbo equivocado que había tomado México después de la Revolución.
Fue tan fuerte la influencia que ejercieron los presidentes priístas sobre políticos y gobernados que, en la actualidad, aun son imitados en su modo de actuar, hablar y gesticular, como un medio para escalar peldaños políticos. Sin embargo, con esta táctica, a muchos les fue bien en la política pero otros, los menos, perdieron la brújula de su vida y brincaron la raya.

El sastre, un político priísta que vivía en el poblado en una modesta casa de tabique y madera, era alto y ligero, de rasgos afilados y ojos grises. Su rostro adusto le daba un aire de tranquilidad misteriosa. Vestía de negro, lo cual era raro en esa tierra caliente.
Abría su sastrería muy temprano no tanto por ser un hombre cumplido con su quehacer, que sí lo era, sino porque eso le daba oportunidad para estar atento de las noticias del radio mientras zurcía. Leía periódicos, revistas y una página diaria de la Biblia, sentado en una cómoda mecedora. Estar bien informado de lo que sucedía en México y en el mundo le daba la oportunidad de asesorar a mucha gente ávida de resolver sus demandas sociales. Bien instruido, sus fieles seguidores buscaban su aprobación de lo que decían viéndole el rostro; lo llamaban señor presidente, sin embargo, no le gustaba que le dijeran así. Siempre contestaba: el señor está en los cielos y yo soy de la tierra.
Así pasaba su vida el sastre: zurciendo y zurciendo, meciéndose en su sillón, ayudando a la gente y tratando de entender el por qué las soluciones populares que anunciaba el presidente de la República no llegaban, o tardaban mucho en llegar a su pueblo. Todos sabían que era un hombre que no hacía mal a nadie, pero nadie imaginaba lo que se estaba gestando en su mente entre zurcido y zurcido: su voz empezó a cambiar. Gesticulaba al hablar. Y, seguramente, de tanto escuchar que lo nombraban señor presidente, empezó a creerlo.
Siento que es aquí cuando empieza la historia:
Un día especial, de descanso obligatorio, su familia, que se había quedado a descansar en casa como mucha gente del pueblo, entró al cuarto del sastre para invitarlo a un día de campo. No hubo modo de hacerlo. Asombrada, vio que estaba parado frente a un espejo de cuerpo completo. Hablaba con un ser imaginario. Le daba la mano, inclinaba el cuerpo como se acostumbra en una ceremonia diplomática. Tenía la mirada fija como si quisiera dar el paso para meterse en la enorme luna, la puerta de un mundo deseado.
La familia empezó a observarlo. Se dio cuenta que cuando regresaba de su trabajo iba directo al espejo como la bruja de Blanca Nieves. Se encerraba y pasaba muchas horas hablando con el personaje imaginario que estaba adentro. ¿Cómo está Usted? Escuchaban que decía. Y se contestaba: Yo muy bien, sorteando problemas que crecen tanto como crece la gente.Soltaba una seca y corta carcajada y se decía a si mismo: Cuando uno habla con un colega, hay que verle a los ojos para no demostrar sumisión.
Creo que desde que la gente lo nombró por primera vez señor presidente el sastre  empezó a soñar como tal. Desde luego, no soñaba con el Premio Nóbel de la Paz tan ambicionado por casi todos los presidentes de México; al contrario, su sueño consistía en organizar un Congreso Mundial de todos los presidentes del mundo en busca de la paz mundial.
El día que salió de su sastrería, ya como presidente, sabía que tenía que actuar como lo que era. Y así lo hizo: caminaba derecho, entiesado y sin el maquillaje discreto que se ponían los demás presidentes que se cubrían sus rostros con el tenue color de los pétalos de una pálida rosa. No hacía falta hacer eso, decía, el amor del pueblo me maquilla y yo le mando un abrazo que abarca a todo el pueblo; y abría los brazos como si el pueblo estuviera dentro de ellos. De vez en cuando soltaba una frase en el momento preciso:El que no sirve para servir no sirve para vivir.
Caminaba con paso firme y sin arrogancia. Pose que, afirmaba, era la llave para demostrar frente a la gente la seguridad que tenía uno en si mismo y la rectitud en sus acciones. En fin, era el hombre que México necesitaba.Repetía esta frase que la había escuchado en el radio.
Pero el mundo en el que estaba metido pronto lo atosigó. Lo que había aprendido de sus antecesores, no lo convencían. Decía que para destacar el carisma que le había concedido Dios con el fin de conquistar el principal cargo público de la nación no hacía falta pintarse el pelo, ni fijar la sonrisa en su rostro, ni gesticular con elegancia. No hacia falta ponerse serio, enojarse a tiempo y soltar de vez en cuando una lágrima con el fin de parecer ante la gente como un ser sensible, muy humano. Por eso,desechaba todo lo superfluo.

Un día lo miré haciendo guardia en el monumento a Benito Juárez que se encuentra frente a la Iglesia. Al concluir, se paró en la explanada rodeado de sus seguidores y exclamó: Los que rezan más pecan más; saben que se van al infierno. Para él, estas palabras eran el mejor homenaje al indígena zapoteca, creador de las Leyes de Reforma.
Un día inesperado, el presidente municipal del pueblo recibió la noticia que el presidente de la República estaría en el pueblo unas cuantas horas. Sin pensarlo más, ordenó detener y encarcelar al señor presidente para evitar que llegara al recinto del palacio municipal e interrumpiera la sesión del Cabildo. No podía haber dos presidentes juntos. Al concluir la junta salió libre. Cuentan, los que se acuerdan, que el señor presidente no recordó esos momentos desagradables y se marchó a su casa entre los aplausos de algunas personas que pasaban por ahí.
Después de ese altercado jamás supe nada de él. Alguien me dijo que seguía zurciendo y zurciendo.

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El Hombre que llegó del Mar por Roberto Ramírez Rodríguez

Así como los mayas llegaron del mar para crear grandiosas civilizaciones en México, así también, un profesor español llegó del mar con el fin de fundar en territorio mexicano, la extraordinaria enseñanza de la Técnica Freinet.

Ese hombre fue Patricio Redondo Moreno; nació en 1885 en El Cubillo, una población perteneciente a la provincia de Guadalajara, en España. Sin embargo, cada vez que le preguntaban su edad afirmaba que había nacido en 1940, el año que llegó a México con un numeroso grupo de republicanos que huían de la dictadura franquista.
Antes de abandonar su patria la vida del profesor Redondo estaba inmersa, con un grupo de maestros, en las concepciones educativas de Celestín Freinet, un humilde profesor francés que vivificaba su pensamiento en la transformación de las tradicionales rutinas de las escuelas de su país, tan absurdamente contrarias al gozo de la vida, de crecer y crear.

Freinet, convencido de que todo progreso había de originarse a través de la práctica colectiva, propuso la imprenta en la escuela, nueva técnica escolar que atrajo el interés de muchos maestros del mundo, entre ellos Patricio, y que despertó la pasión de los niños por la enseñanza.

Yo, que apenas había nacido en 1940, era un niño. Nací, cuando Redondo llegó a México. Sin embargo, más adelante, al escuchar el decir del profesor de la fecha de su nacimiento en México, hacía cuentas de los años y llegué a la conclusión de que ambos teníamos la misma edad. Con esa deducción infantil, pensé en cómo sería mí vida recibiendo las primeras enseñanzas a través de Patricio; jugar con él, ir al cine o retozar en el parque como lo hacía con mis amigos.

Esa duda permaneció en mi mente durante algunos años, hasta que lo conocí personalmente: un día inesperado, mi padre me llevó a inscribirme en su escuela, la Experimental Freinet en San Andrés Tuxtla, Veracruz; al tenerlo enfrente, comprendí que el maestro no era un niño como lo suponía pero, por el trato cordial que nos dio, intuí que amaba a los niños. Su voz ronca, tez blanca, el pelo entrecano, los ojos vivarachos y la palabra precisa, me impresionaron. Vestía guayabera, pantalón de color caqui, reloj de bolsillo con su leontina metálica y un ancho cinturón gastado con el tiempo.

Vivía en un reducido rincón de la escuela en donde apenas cabía un catre y en la pared colgaba un almanaque del año; comía en una pensión y antes de caer la noche saboreaba un vaso rebosante de chocomilk con sus galletas en forma de animalitos. Todos los días recibía a los niños en el portón de la entrada de la escuela con un trato afectuoso y la palabra amable y, a las niñas, las hacía girar y se inclinaba para besarles las manos. No obstante, dentro del aula era firme y a veces duro con los indisciplinados, no por sistema, sino según fueran las circunstancias.

En muy poco tiempo me adapté a la escuela, aprecié al verdadero maestro no sólo en el salón de clases sino en cualquier reunión o lugar público del poblado. No se perdía en el anonimato fuera de la escuela; conservaba su personalidad en todo momento. En muchas ocasiones, lo escuché disertar sobre todo lo que le interesaba, así fuera de arte, literatura, teatro, ciencia y  política, en su más amplio sentido.

Me llamaba la atención la correspondencia que le llegaba de todas partes del mundo, en especial, de maestros amigos pedagogos como Celestín Freinet, Costa You, Herminio Almendros, José de Tapia Bujalance, Antonio M. Benaiges y de escuelas del mismo sistema. En las noches, era común verlo escribiendo y leyendo sentado en su escritorio bajo la luz de una potente lámpara y recibiendo el aire que venía del norte por una pequeña ventana. Con sus visitantes comentaba las columnas periodísticas más importantes del día.

Frente a él, había un radio de onda corta para escuchar las noticias internacionales. Fue una sorpresa para todos cuando compró una televisión porque en el pueblo, rodeado de montañas, no se veía aun la imagen pero si se oían las voces perfectamente. Ávido por las noticias, el aparato lo tenía al día de los acontecimientos nacionales y de las corridas de toros.

En la escuela no había engorrosas tareas. El niño debe tener tiempo para jugar, decía. Muchos niños regresábamos a la escuela después del horario de clases; a veces, le pedíamos que hablara a nuestras casas para justificar nuestra presencia en la escuela; ignoraba que aun llevábamos el mandado de la compra de tortillas, encargo de nuestras madres para la merienda. Ya de noche, desde el patio de la escuela, escrutábamos el cielo con el telescopio: Marte y los cráteres de la luna nos eran propios. Lo que veíamos o descubríamos en la bóveda celeste lo escribíamos, dibujábamos y después lo imprimíamos.

Era emocionante ver la luna y más todavía acompañados de música clásica, en especial el Bolero de Ravel, que nos ponía Patricio. Nada nos detenía, ni las lluvias torrenciales ni el calor insoportable, para llegar a la escuela y jugar ajedrez con el maestro que a veces se enojaba cuando perdía.

Con el mismo interés y la pasión desbordada por conocer los planetas y jugar ajedrez, también escuchábamos de Patricio la lectura de un buen libro sobre todo cuando se trataba de la liberación de los pueblos oprimidos. Recuerdo un día lluvioso, de rayos y relámpagos, cuando el maestro nos leía la historia de los Mau Mau, luchadores sociales africanos en pos de su libertad: De pronto, al maestro se le adelgazó su voz, acarició el lomo del libro y no pudo continuar con la lectura. Estaba emocionado. Le aplaudimos y siguió leyendo.

Cuando Patricio llegó a México venía envuelto en una cobija. La tierra mexicana que pisó por primera vez fue la de Coatzacoalcos, antes Puerto México, Veracruz. Durante la travesía por el Atlántico, el barco en el cual viajaba fue presa de un huracán que obligó a toda la tripulación a lanzar sus pertenencias al mar con el fin de aligerar el peso de la embarcación; con mucha tristeza el profesor arrojó al agua su imprenta escolar, que había traído abrazada durante todo el viaje como si fuera un hijo, y sus mínimos ropajes, para no zozobrar.

Patricio, que no era afecto a hablar de estas cosas ni de su vida en España, partió de Puerto México a San Andrés Tuxtla en donde se entregó plenamente al medio que lo había acogido con gran afecto: un pueblo pequeño con mucha vegetación, casas de muros gruesos, tejados de dos aguas, calles adoquinadas, faroles a media calle y gente amable y trabajadora que, aparentemente, se sentía satisfecha y orgullosa de la enseñanza de sus hijos que los había convertido en una especie de sabios.

Sin embargo, la llegada de Patricio cambió todo en San Andrés. La gente de visión más clara y los mejores hombres del pueblo fueron adquiriendo conciencia de la presencia del profesor español que había llegado del mar, del destino de la enseñanza y de la mentira interesada por seguir construyendo una educación con la que había crecido el pueblo.

La escuela oficial recibió un fuerte golpe. Empezó a declinar cuando los niños empezaron a llevarles a sus padres la evolución de las publicaciones de la escuela a través de la imprenta escolar. Nacieron muchos cuadernitos impresos, entre ellos: Xochitl, Mi afán, Nacú, Mexicanitos… A partir de entonces, inició una nueva etapa de concepciones pedagógicas al servicio de la vida infantil.

A los pocos días de que Patricio quedó instalado en el pueblo, nada lo detuvo: sin recursos, empezó a dar clases debajo de un frondoso árbol en los alrededores del poblado. Una gran sombra acogió a los alumnos, la mayoría indígenas que lo ayudaban a conseguir sus materiales didácticos como palitos de paletas, hojas de árbol y cajitas vacías de cerillos.

Sin embargo, Patricio tenía la idea de que la escuela debería parecerse a las hermosas casas de Sanandrés: la escuela debe ser la continuación de la casa, decía. Y así fue.

Muchos años después, los niños se mudaron del aula al aire libre a una casa tradicional con un jardín al frente, un corredor con su pollito y la cubierta de teja y muy fresca. En la nueva escuela las cosas no variaron: los hijos de indígenas, soldados, profesores y trabajadores pobres, ocupaban la mitad del espacio de la escuela gratuitamente. La otra mitad, los niños pudientes. El profesor mandó hacer a un herrero una prensa escolar a la manera de las de Celestín Freinet y, una vez concluida, la escuela se plantó en el centro de la ciudad.

A los niños nos tocaba escoger los temas a nuestra conveniencia. Leíamos nuestros textos en el aula. Escribíamos los títulos en el pizarrón. Después de analizarlos se votaba y el elegido se imprimía. Había, en este ejercicio pedagógico, la ventaja de la redacción libre y espontánea motivada por la imprenta, el periódico escolar y los intercambios escolares. Entre la selección de los artículos y dibujos por los mismos alumnos y la corrección común, resaltaba en el niño una especie de exaltación y de liberación al ver plasmado su pensamiento, ilustración y difusión, en caracteres impresos.

Era tanto el despertar pedagógico en la región que el gobierno revolucionario de Cuba, a través de Herminio Almendros y Costa You, afamados pedagogos y compañeros de Patricio, invitaron al profesor a Cuba con el fin de instalar la escuela popular Freinet en la isla. Desde luego Patricio desechó la invitación porque no podía dejar a la mitad del camino el trabajo pedagógico que había emprendido en el pueblo que lo había cobijado con gran afecto.

Patricio murió el 31 de marzo de 1967. Nunca permitió que los niños de su escuela marcharan juntos en los desfiles cívicos, o atrás, de una escuela de monjas; no permitía, ni por asomo, que su clase fuera interrumpida por nada ni por nadie. Un día de campaña política Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República, visitó el pueblo en busca del voto popular; ocurrente, como todos los políticos, se le hizo fácil visitar la escuela en día hábil y a las 11 de la mañana. Cuando llegó al plantel escolar con cientos de simpatizantes se encontró con el profesor que salía a la puerta para saber que ocurría afuera por el alboroto que había.

-Soy Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República de México, le dijo el soberbio político al profesor. Deseo conocer la escuela y platicar con Usted. Reiteró.

-Mucho gusto señor candidato, contestó Patricio, pero, en estos momentos no puedo atenderlo porque estoy en clases. Si gusta, lo espero después de las cinco de la tarde.

El candidato se marchó y más adelante los comentarios de la frustrada visita no se hicieron esperar: Me ha dado una lección el profesor Redondo, comentó Díaz Ordaz a sus allegados y regresó después de las cinco.

Hoy día, los reconocimientos a la escuela se dan a cada momento. Irwin Luckman, destacado arquitecto norteamericano, después de visitar la escuela Freinet y platicar muchas horas con Patricio en la soledad de un salón de clases, comentó: No sé que es más importante para la niñez de México, si la escuela Freinet o Patricio Redondo.

Además de mostrarnos el camino para observar las estrellas y de plasmar nuestro pensamiento en un cuadernito impreso Patricio, con su visión pedagógica, avizoró el futuro de la humanidad:

Un día no muy lejano, argumentó, el enorme mundo se hará muy pequeño. A través de las ondas que surcarán el cielo los pensamientos del Hombre viajarán de un lugar a otro en breves segundos; la comunicación humana será el centro del Universo. Sin embargo, deberemos tener cuidado para que los niños participen y esta unión sea limpia y honesta como debe ser la humanidad. Quizás se refería al Internet.

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