PIRATA LORENZILLO


Artículo tomado de una página web de buscadores de tesoros.

LORENCILLO

Al sureste del estado de Ve- racruz, en la zona de Los Tuxtlas, se localizan, de sur a norte de la costa, la barra de Sontecomapan, Monte Pío y la Punta de Roca Partida, lugares bellísimos donde se come muy bien y la gente es muy amable, pero también son lugares llenos de leyendas, de «aparecidos», de la creencia de infinidad de tesoros enterrados, en fin, una región que muchos afirman era un escondrijo de ¡PIRATAS!

Ya habíamos estado por estas latitudes visitando las comunidades que forman parte de la Red de Ecoturismo Comunitario de los Tuxtlas (RECT) y ahora nuestra visita se enfocaba a conocer sobre leyendas y escondites de piratas.

Después de comer un chilpachole seguido de unos sabrosos camarones al chipotle, a las orillas del lago de Catemaco, y de una obligada visita a los brujos para una limpia, llegamos por la tarde-noche a Sontecomapan, a unos 20 minutos de Catemaco. Sontecomapan es famoso por su laguna que se conecta al mar, por su pesca (surte a varios estados de la República), sus manglares y playa, los cuales puedes recorrer por la RECT.
Aunque también es famoso porque se asegura que piratas como el holandés Laurent Graff, mejor conocido como Lorencillo, hicieron de esta región, por su orografía, vegetación extrema y posición estratégica entre Veracruz y Campeche, uno de sus escondites.
En Sontecomapan nos entrevistamos con la Sra. Ana Josefa Báez, con don Abel y con don Francisco Reyes Olivares que amablemente nos recibieron en su casa. Alrededor de las nueve de la noche y acompañados de una taza de café calientito, nos sentamos en el portón a platicar sobre piratas. —Cómo no iba a ser escondite de Lorencillo si se podía entrar en barco desde el mar, por la barra, hasta la laguna —comentó la Sra. Báez.
Ella nos mostró una serie de mapas donde se trazaba la laguna y su desembocadura al mar y dijo que hoy día la laguna está asolvada (no tiene tanta profundidad por la deforestación que desgraciadamente se dio en años pasados), pero en aquellos tiempos de piratas (1600-1700) e incluso a principios del siglo pasado, tenía profundidad suficiente para permitir a barcos medianos navegar en esta zona. Un ejemplo es una línea de barcos de vapor que llevaba pasajeros de Sontecomapan a Veracruz. Además, la tupida vegetación de la selva de aquel entonces hacía muy difícil distinguir la entrada a la laguna; sólo quienes la conocían podían ingresar.
Respecto de las muchas leyendas de tesoros y fantasmas, los cuales supuestamente invitan al incauto —y asustado— que logra verles a desenterrar un tesoro. Se han dado casos donde habitantes del lugar reciben del aparecido instrucciones precisas del lugar donde debe excavar, pero en la mayoría de los casos no se encuentra nada o… tal vez no se quiera mencionar el hallazgo. Han venido muchos a tratar de hallar tesoros con detectores de metal y hasta con espiritistas.

Don Francisco nos platicó que en una ocasión él sirvió de guía para unos forasteros que traían consigo un antiguo mapa donde se marcaban algunos puntos de localización de tesoros. Según recuerda, el mapa provenía de una dama de origen francés de apellido Martell que vivió en las cercanías de Monte Pío y que tuvo algún tipo de contacto con piratas. Esta mujer se quedó a vivir en Sontecomapan y heredó el mapa a una mujer que le servía. Pasó el tiempo y el mapa fue cambiando de manos hasta llegar a un coronel mexicano. No se sabe si los antiguos propietarios tuvieron suerte, y al parecer el grupo al que guiaba don Francisco tampoco la tuvo. Así siguió la plática hasta entrada la noche con leyendas y más historias de tesoros.

Comentamos a nuestros anfitriones que nos dirigíamos a Monte Pío para finalmente llegar a Roca Partida.
—Si van para estos lugares este libro les va a interesar —dijo la Sra. Báez, quien gentilmente nos obsequió un ejemplar.

Nos despedimos y fuimos a descansar.
Para llegar a Monte Pío hay que tomar una terracería de regulares condiciones y en dos horas y media se llega ahí. Monte Pío, al igual que Sontecomapan, poseía una densa selva lo que la hacía todavía más inaccesible. En aquel tiempo de piratas, Monte Pío estaba desierto, luego se estableció ahí una hacienda azucarera, de las más productivas y valiosas de la costa de Sotavento. Actualmente es una comunidad de pescadores. El lugar es muy bello y todavía la exuberante vegetación lo rodea.

Cerca de la antigua hacienda, la cual conserva sus gruesos muros, cruzan dos ríos que se unen antes de llegar al mar. Los lugareños afirman que las aguas de uno de estos ríos, al seguirlo río arriba, se sienten tibias mientras que las del otro son frías. Después de recorrer la zona no perdimos oportunidad y nos dimos un buen baño en las gentiles playas de Monte Pío. Al igual que Sontecomapan, este sitio seguramente fue escala y refugio de piratas, y durante la comida los pescadores del lugar nos contaron que si llegas por lancha, antes de llegar a Monte Pío, se encuentra un área de acantilados y, si observas con cuidado, cuando la
marea baja se puede ver una serie de cuevas donde, acercando con cuidado la embarcación, se pueden apreciar escalones esculpidos en la roca, sin duda hechos por la mano del hombre, que conducen a las cuevas, que hasta hoy no han sido totalmente exploradas y, como todo por aquí, se les relaciona con piratas y tal vez tengan razón.

Por la tarde montamos un campamento cerca de la playa y en la tranquilidad de la noche, junto al mar y descansando en una hamaca, tuve oportunidad de comenzar a leer el libro que me obsequiaron en Sontecomapan. Se llama Crimen y castigo, nada que ver con Dostoievski, esta obra es de Manuel A. de Palacio, originario de San Andrés Tuxtla y —según afirma en el prólogo— se basa en hechos reales. Trata de un cubano, de nombre José Caldevilla, que llegó por ahí de 1846 precisamente a Monte Pío y, entre una serie de aventuras, se menciona un tesoro del pirata Lorencillo. Es interesante el relato así como la descripción de Monte Pío de esos años, pero lo que me llamó la atención es la descripción que se hace de Roca Partida, nuestro siguiente punto en el recorrido y del cual llevábamos una copia de un antiguo mapa de navegación fechado en 1592, con el fin de imaginar lo que sintieron aquellos navegantes al cruzar estos territorios guiados sólo por mapas; a continuación, un fragmento de la obra, se trata de una conversación entre Caldevilla y su guía:
—Este lugar se llama Monte Pío y Roca Partida esta al doblar esa primera punta que se divisa al norte.
—Ahí dicen que estuvo Lorencillo con varios de sus compañeros, y eso no una, sino varias veces. ¿Será verdad?
—Tal vez. Aquel pirata estuvo en Veracruz y es muy posible que haya arribado a estas playas para proveerse de víveres y de agua; pero no puede asegurarse. En todo caso, poco nos interesa según creo.
—Estáis en un error, porque interés, y mucho. Dicen que murió aquí, pues habiéndose perdido el buque en que venía, y herido por los golpes que recibió contra los arrecifes, no pudo resistir y entregó el alma a Dios o al diablo. Sus compañeros lo enterraron ahí, enterrando también…
—¿Qué cosa?
—¡Una fortuna! Medio millón de pesos procedentes de la captura de un crucero español; pero usted debe de saber dónde se encuentra ese tesoro y me lo va a decir.
—Si lo supiera, hace ya mucho tiempo que sería otra mi suerte; pero no sólo no lo sé, sino que aún dudo que tal fortuna haya sido olvidada por los que la dejaron, y lo más probable es que hayan vuelto a buscarla.
—Es que todos murieron poco después en un combate con un crucero inglés, excepto uno de ellos que paso muchos años en presidio, y que antes de expirar confió a su hijo lo que acabo de manifestaros; pero no le precisó el sitio donde enterraron el dinero, porque la muerte le cortó la palabra cuando iba a revelárselo, No obstante eso, yo abrigo la esperanza de encontrarlo, y me váis a ayudar desde mañana, conduciéndome a ese lugar que se llama Roca Partida, porque quiero explorarlo con cuidado.
Y así describen el lugar cuando se van aproximando

Roca Partida es un peñasco aislado, pero de grandes dimensiones, tiene como ocho metros en su base, seis de altura y cuatro de espesor.

Cerca de este peñasco, y un poco más al norte, siguiendo el acantilado de la costa, se ve la entrada de una gruta, por la cual penetran las aguas del mar, y hacia ahí dirigió Sánchez la embarcación.

—¿Es aquella la boca del infierno? —pregunto Caldevilla.
—No —contestó Sánchez—, es una gruta formada probablemente por alguna erupción de las muchas que ha tenido el San Martín, y en ella hay un canal navegable aunque peligroso, por la oscuridad que reina en su interior, y por los enormes tiburones que ahí tienen su guarida.
Poco a poco el cansancio me venció y no desperté sino hasta la mañana siguiente en que partimos hacia Roca Partida.


Para llegar ahí se puede lograr desde Monte Pío, vía terrestre, siempre preguntando si el camino está en buenas condiciones. Puede hacerse por lancha o por una vía terrestre más larga, rodeando desde Sontecomapan y pasando por Catemaco. Llegamos al poblado de Arroyo de Lisa, comunidad que forma parte de la RECT y que se encuentra en el municipio de San Andrés Tuxtla. Arroyo de Lisa es una comunidad de pescadores localizada en una pequeña bahía flanqueada por dos ríos (Arroyo de Oro y Arroyo de Lisa). Ahí nos recibió el Sr. Fernando Córdova Vera, quien sería nuestro guía hacia la «Cueva de Lorencillo”, como se le conoce al lugar. —¿Cómo llegamos a la cueva? —preguntamos.

Hay dos formas, por lancha o kayak; optamos por la segunda y nos aventuramos rumbo a la cueva. Realizamos el recorrido por mar desde la playa de Arroyo de Lisa hasta Roca Partida. En el trayecto, de aproximadamente una hora, pudimos observar una pequeña playa escondida entre una saliente y el inicio de los acantilados del macizo de punta Roca Partida. Según se podía ver, en esta pequeña playa se puede esconder un barco del tamaño de un galeón español sin ser notado. Seguimos avanzando junto al enorme acantilado. Llevaba conmigo el mapa de 1592 en el cual aparecen la playa de Arroyo de Lisa así como la pequeña playa escondida, conocida como “Playa encantada”, y la cueva en Roca Partida con dos entradas.
La entrada a la cueva del pirata es gigantesca, en ese momento, y con marea baja, debe haber tenido unos 32 m de alto y unos 15 m de ancho. Me preguntaba por la otra entrada marcada en el mapa y recordé un gran derrumbe sobre el acantilado que acabábamos de pasar. Tal vez esa era la segunda entrada. Preguntamos a nuestro guía si sabía de la segunda entrada y dijo que desde que le cuentan sus abuelos sólo ha existido la entrada frente a la que estábamos. Don Fernando encendió una antorcha y entramos a la cueva. De pronto me vino a la cabeza el recuerdo de la descripción del libro, el autor no exageró en nada, sólo esperaba que en lo de los tiburones sí. El interior de la cueva es enorme, fácilmente puede navegar un pequeño bote. Apenas entra un poco de luz, pero al dar vuelta en una de las gigantescas paredes, la luz desaparece.
Mientras tus ojos se acostumbran a estar en una oscuridad casi total, sientes el vaivén de las olas en el kayak y de vez en cuando utilizas el remo para alejarte de las inmensas paredes de la cueva. Por lo que pude ver, la cueva está formada por una gran bóveda, al centro hay un pequeño peñasco que sobresale, al que hay rodear para no chocar con él y al fondo se aprecian dos pequeñas cámaras, una grande, con muchos bloques de roca en la que incluso ves el fondo, y otra pequeña. Don Fernando comentó que en la cámara pequeña hay una especie de pasadizo, el cual puedes continuar a pie hasta una parte seca donde no puedes avanzar más debido a unos grandes troncos que obstruyen el paso. Nos dijo que uno de estos troncos parecía una especie de mástil y que incluso algunos estaban atados con una gran cuerda de ocho hilos.
Además, afirmó que en las paredes del pasadizo hay algunos nombres escritos. Emocionados, le pedimos que nos condujera ahí. Nos acercamos a la cámara pequeña hasta donde puedes bajar del kayak. Fernando bajó y se adentró un poco. Lamentablemente nos dijo que no era conveniente ir al pasadizo debido a las condiciones que el mar estaba adoptando, podía ser peligroso ya que la marea comenzaba a subir. Abandonamos la “Cueva de Lorencillo” y nos dirigimos a la “Playa escondida”. De regreso, y cerca del derrumbe que suponemos pudo ser la segunda entrada, pude ver un gigantesco bloque al que se hace referencia en el libro y que supongo da nombre al lugar “Roca Partida”.

“Playa encantada” hace honor a su nombre: arena suave rodeada de tupida vegetación donde puedes acampar. Aquí Fernando nos mostró unas marcas en las rocas que sólo se ven con marea baja, alcanzamos a distinguir unos trazos en el vaivén de las olas, líneas y círculos sin duda hechas con cincel y ya desgastadas por el agua. ¿Qué serán dichas marcas? Tal vez sean marcas de navegación prehispánica o sean marcas de piratas. Fernando afirma que han venido personas exclusivamente a buscar este tipo de marcas. ¿Para qué?, no lo sabemos con exactitud pero no costaría mucho trabajo suponerlo. Regresamos a la playa de Arroyo de Lisa donde nos esperaba una sabrosa comida: picaditas, pescado fileteado y frito, recién salido de las redes, acompañado de una ensalada costeña y unas cervezas frías, ¡un deleite! Por la tarde hicimos una caminata, hacia “Playa encantada”; desde un punto elevado pudimos ver la forma que tiene y cómo se observa perfectamente la inmensidad del mar, pero quienes ahí se encuentren pasan inadvertidos.
Un lugar excelente para los piratas de aquel tiempo para poder interceptar barcos o esconderse de una flota. También se ve el inmenso macizo de punta Roca Partida, siempre señalado en los antiguos mapas de navegación. En la parte más alta del macizo se localiza un faro. Fernando nos platicó que su abuelo afirmaba haber encontrado sobre este macizo un agujero de un metro de diámetro donde existían artefactos de piratas, como ropa y armas antiguas. El lugar exacto nunca se reveló y si existió hay que entender que para un pescador de principios de 1900 dichos artefactos no significaban mucho. Regresamos a Arroyo de Lisa esta vez bordeando los acantilados. Estos son más pequeños que los que dan forma a la “Cueva de Lorencillo”. Hay que andar con cuidado porque algunas rocas están resbalosas. Encontramos más marcas similares a las de “Playa escondida” y, para los amantes de coleccionar caracoles, aquí van a encontrar cualquier cantidad y variedad.

Ya por la noche cenamos y doña Socorro Vera, mamá de Fernando, nos platicó de las leyendas de Lorencillo que sus padres le contaban. —Por estos rumbos se ve un perro, un perro grande y muy bonito, dicen que es el perro de Lorencillo, mucha gente ha visto al mismo Lorencillo vagando en compañía de su perro. Dicen que no puede descansar por tanta sangre derramada. También en algunas tormentas se ha llegado a ver un barco en la bahía, un barco de aquellos tiempos, ¿qué será?, quién sabe pero ahí se ve —y así siguieron los relatos hasta entrada la noche.


Al día siguiente teníamos la intención de explorar el pasadizo de la «Cueva de Lorencillo”, incluso don Fernando nos dibujó la parte que ha explorado, pero un norte estaba por entrar y era muy peligroso aventurarse en esas condiciones, por lo que dejamos la expedición para el año entrante

COMO ERA LORENCILLO?

Por haber nacido en Holanda en 1670 se le considera flamenco-español. Su nombre completo era Laurens (o Laurent) Cornelis Boudewijn de Graff, mejor conocido por los españoles como Lorencillo. Según las descripciones de la época, era de gran estatura, rostro regular y perfecto; los cabellos de un rubio dorado, que no llegaban a ser rojos y que siempre aparecían bien peinados y empolvados al gusto de la época. El bigote lo tenía levantado a la moda española que le daba un aire marcial y cierta elegancia. Para muchos, era el hombre superior de la cabellera de oro que se mostraba con frecuencia con el jubón y las botas rotas, tratando de aparentar un descuido afectado que no le cuadraba.


A bordo siempre llevaba violines y trompetas porque gustaba divertirse él y a los demás.
Entre los filibusteros y con los mismos prisioneros se portaba siempre cortés y amable. Su fama fue tal que de todas partes acudía gente para verle. No creía en los imposibles y se reía de los obstáculos. Era muy diestro en la artillería de manera que donde ponía el ojo colocaba la bala.

Se dice que llegó a tierras americanas como artillero de la armada española en acciones de represalia contra filibusteros; fue secuestrado por piratas y luego pasó a ser uno de ellos. Veloz, audaz y resuelto en los cálculos de un plan, lo era también en su ejecución.

Se casó con la española doña Petronila de Guzmán que vivió en Canarias, y en 1693 se volvió a casar con una mujer normanda o bretona, llamada Marie Anne Dieu-le-veut, que había quedado viuda de Pierre le Grand. Los habitantes de la isla de La Tortuga contaban que un día en que Marie Anne había sido gravemente injuriada por Lorenzo, fue pistola en mano ante él a pedirle explicación. De Graff, juzgando que esta amazona tenía tanta talla como él, se desposó con ella.

A bordo de uno de sus barcos, el “Neptuno”, logró uno de los escapes más espectaculares al huir y combatir a cuatro barcos españoles. Se dice que incluso hubo momentos en que, rodeado por dos barcos, abrió fuego por ambas bandas.

Lorencillo sin duda es uno de los filibusteros más temido, admirado y destacado en atacar los barcos y costas de Nueva España.

Arrojaré esta botella al mar para que algún día se sepa esta triste historia…”

Así terminaba el relato de un testigo que fue prisionero del famoso pirata Lorencillo y que presenció su exitoso ataque al puerto de Veracruz en 1683.

5 de abril

Después de estar varios días encerrado con otros rehenes por fin he recibido algo de comida y un poco de vino. Aprovechando el espíritu festivo que se despertó después de haber logrado un generoso botín en el galeón en el que yo viajaba, he solicitado al jefe de estos bandidos la gracia de entretenerme un poco escribiendo en mi cuadernillo. Creo que en algunos despertó cierta sospecha el que mis papeles pudieran servir a la justicia de la Corona española, pero la vanidad e insolencia de este perro de mar francés ha dejado que su historia quede guardada en tinta y papel. ¿Qué más puedo hacer para que no me invada la desesperación? Mientras el aguardiente circula entre carcajadas y recuerdos de la reciente batalla, mis compañeros de desgracia y yo suspiramos por nuestro oscuro destino. Mercaderes como yo, también se preguntan por nuestro futuro incierto, frágil suerte la del que se embarca en busca de mayor fortuna.

La batalla fue terrible no sólo por las bajas sufridas en nuestro cargamento destinadas al comercio en las Indias, sino porque con tristeza admito que no pudimos defendernos con igual fortaleza que nuestros enemigos. Nos habíamos rezagado del resto del convoy por ser nuestro navío más pesado; cuando el marinero de la gavia avisó que unas velas aparecían a babor hubo señales de alegría. Creyendo que nos emparejábamos con los demás compañeros de viaje, casi nadie dio muestras de recelo, a excepción del piloto, viejo marinero al que sus cicatrices, resultado de varias batallas, le habían dado poderosos motivos para desconfiar.
Ese día no hubo mucho viento, por lo que cuando el sol comenzó a desaparecer, el marinero en turno volvió a comunicar al piloto y contramaestre que los navíos todavía se encontraban a mucha distancia para identificarlos. Por la noche se reforzó la guardia siguiendo órdenes del contramaestre, sin embargo el amanecer nos sorprendió con gran movimiento de tripulación. “¡Coloquen tinas con agua en la cubierta!, ¡retiren los pañoles de la proa!,1 ¡granadas y piedras en las gavias!,2 ¡a por pólvora al Santa Bárbara!,3 ¡a los cañones!“ El barco lentamente cambiaba de dirección para que los cañones pudieran apuntar hacia el enemigo. “¡Tantos grados a babor!,4 ¡tiren de la mesana!,5 ¡suban velas!, ¡abran las portañolas!6“ Con terror comprendí que nos preparábamos para un combate.
Ante la angustia del próximo ataque, el día se diluyó rápidamente entre los preparativos a bordo. Casi a punto de entrar el atardecer, nuestro pequeño galeón se vio cercado por las siluetas de los barcos enemigos. Todo fue gritos y humo cuando iniciaron los cañonazos, los pasajeros asustados corrían buscando un escondite para sus pertenencias y entre tanta corredera y lamentos de terror se confundían las órdenes que gritaba el contramaestre. Recuerdo cómo al final del día, con las velas y el mástil roto por las temibles balas con cadenas, nuestro navío había sido sometido a los designios de una pesadilla.

15 de abril

Al principio no estaba seguro, pero cuando se reunieron todos en cubierta para discutir a qué sitio convenía enfilar la proa en busca de nueva fortuna, temí por un segundo interrogatorio. Repetí lo que ya había dicho en ocasiones anteriores. En la flota del navío en el que yo viajaba iban también otros galeones destinados al puerto de Campeche, por lo que seguramente, al ver que nuestro barco no llegaba y, si habían sobrevivido algunos tripulantes o pasajeros al incendio de nuestra embarcación, estarían a la expectativa de un próximo ataque al puerto. Estos ladrones de mar son insaciables. Campeche, a pesar de ser el puerto mejor defendido, ha sido asaltado en muchas ocasiones, no en vano se ha invertido mucho en la construcción de baluartes y murallas pero, tristemente, veo que nuestros enemigos no se intimidan ante ninguna fortificación.

Por primera vez fui testigo de algo que sólo había escuchado en rumores. A diferencia de nosotros, estos discuten entre sí todos los detalles sobre la próxima batalla, escogen deberes y obligaciones y además lo ponen por escrito y firman para garantizar que se adhieren a lo asentado en el documento. Me llamó la atención que también fijan de antemano las ganancias y utilidades del botín que obtendrán, por ejemplo, los mejor remunerados son el capitán, el contramaestre, los oficiales y el cirujano; el resto de la tripulación recibe la misma proporción, mientras que otra parte del botín es para la adquisición de los bastimentos y todo lo necesario para la guerra.
Los días bochornosos por el excesivo calor me parecían aún más amargos viendo cómo se divertían blasfemando y jugando a las cartas mientras navegábamos hacia Campeche. ¿Estarían alerta en el puerto?, ¿sospecharían algo por nuestra ausencia? Me enteré que nos acercábamos a la isla La Española, broma del destino el nombre de esta isla, cuando en realidad debería llamarse “La isla de los perros”, siendo que una parte es habitada por bucaneros que se burlan de nuestro rey y su imperio, viviendo del comercio ilícito. La Española7… podría escapar, ¿intentaré la fuga?

Escuché que usaríamos la ruta que nosotros llamamos “interior” para pasar por Jamaica y ver si con suerte encuentran algún barco en el trayecto hacia la península de Yucatán. Si mis compañeros de infortunio y yo tenemos buena ventura, algún navío que patrulle por los cabos San Antón y Catoche —entre las costas de Cuba y Yucatán— podría avisar a Campeche que nos acercamos.

25 de abril

Estábamos cercanos al puerto de Campeche, puedo adivinar a lo lejos sus murallas y alguno de sus baluartes. La codicia por las riquezas que produce este puerto, como el palo de tinte, ha fomentado la tentación de atacarlo, y como todavía no se termina de cerrar la muralla que deberá proteger la ciudad, la invitación sigue flotando en las mentes perversas de estos terribles ladrones. Ahora puedo comprobar lo que se dice sobre Lorencillo y su talento para planear y dirigir. Todavía recuerdo las noticias del ataque frustrado que lanzó contra la villa de Campeche en 1672 y seguramente quiere intentarlo de nueva cuenta. Estos pillos revisan hasta el último detalle del plan, esto les da una seguridad para su próximo ataque que seguro envidiaría nuestro rey en sus tropas. No sé con certeza cuál sea el objetivo pero seguramente no será nada bueno para Nueva España.

La mañana siguiente trajo la victoria que ansiaban. Un buque que venía de Veracruz con valioso cargamento de mercancías y barras de plata, tuvo la desgracia de caer en su poder. Ante la alegría de la victoria pero sobre todo del botín obtenido, Lorencillo hizo sonar los violines y trompetas para amenizar la navegación.

12 de mayo

Uno de los botines más apreciados son los rehenes que toman de sus trifulcas. No sólo por el valor que representamos al pedir dinero a nuestra familia por nuestro rescate, sino por la información que de los puertos y navegaciones podemos dar. Los planes, según escuché, han cambiado, el ataque a Campeche tendría que esperar, ahora nos dirigimos a Veracruz con una gran ventaja, otro prisionero español que cayó en sus manos después del ataque al navío cerca de Campeche, les ha ofrecido, a cambio de su vida, datos muy valiosos sobre la mala situación defensiva del puerto y, además, noticias sobre la flota y los dos navíos de Caracas con cargamento de cacao que estarán prontos a arribar también al puerto de Veracruz. Lorencillo sonríe mientras planea el próximo ataque. Se le ha ocurrido aprovechar la próxima llegada de esos dos barcos para tomar por sorpresa al castellano del fuerte de San Juan de Ulúa. Como las autoridades del puerto y la misma población estarán atentos para descubrir cualquier vela que se aproxime para ser los primeros en dar aviso, ha optado por “disfrazar” dos de sus navíos con bandera española y bajo este engaño poder acercarse lo suficiente, sin que se sospeche nada, para tomar nota de las condiciones del puerto y el mejor lugar para desembarcar con sus hombres y tomar la ciudad. Hay mucha ansiedad a bordo.

21 de mayo

Cinco días duró el terror en la ciudad. Aunque vi el cuidado con que se diseñó la estrategia, no puedo creer que hayan tenido tanta suerte y tan rico botín. El 17 de mayo amaneció esplendoroso, el día estaba despejado y sereno, y los dos barcos pudieron acercarse tranquilamente por el puerto, mientras el resto de las 11 embarcaciones y los 1,500 hombres esperaban en alta mar, frente a la sierra de San Miguel, ansiosos por las noticias que traería su capitán. Las dos naves exploradoras —cada una con 400 hombres— regresaron para informar que el desembarco se efectuaría por la noche. Como si alguna potencia hubiera preparado el escenario para tan hostiles intensiones, cuando comenzó a caer la tarde, el cielo se cerró y por la noche la luna cómplice se ocultó tras las nubes. Lorencillo, con 180 hombres a su cargo llegó en dos piraguas hasta la costa y silenciosamente, guiados por un mulato que había sido esclavo en Veracruz, lograron hacer una avanzada hasta la plaza sin ser vistos. Una vez verificadas las condiciones de la ciudad, retornaron para poner en práctica la siguiente fase del plan. Mientras tanto, la ciudad dormía plácidamente.

El grupo logró regresar a la playa sin ser visto, a excepción, como lo contó con grandes carcajadas Van Horne —uno de los compinches de Lorencillo—, de uno de los centinelas que cuando se despertó y somnoliento vio las siluetas que sigilosas se deslizaban, no se preocupó pensando que eran las sombras de ganado lo que se movía por allí.
Esta era la primera señal de buenaventura de lo que resultaría de esta arriesgada empresa. Como prácticamente la ciudad estaba dormida en sus laureles, fue fácil que los 1,500 hombres que formaban el clan de piratas se distribuyeran en bandos por toda la ciudad, cerrando salidas y tomando por sorpresa todos los baluartes. Los soldados de la ciudad no tenían pólvora y eran escasos sus mosquetes, así que fue fácil someterlos, apenas los presionaban por la rendición y ellos temerosos de sus vidas inmediatamente pedían cuartel, que en términos militares significa que se rendían sin ofrecer más batalla.
Los zumbidos de las balas llenaban el aire, la gritería de los piratas diciendo “¡viva el rey de Francia!”, mientras ondeaban banderas blancas con la flor de lis, y los gritos de los soldados junto a los retoques de las cajas de guerra, acometieron tan de repente a la mayoría de los vecinos que apenas pudieron vestirse; turbados por los gritos y confusión salían por todas las calles y los baluartes. El ataque y dominación de toda la ciudad no duró más tiempo del que se tarda uno en rezar tres credos.

Al amanecer toda la ciudad era del enemigo y con una fila interminable de prisioneros a medio vestir y asustados, comenzaron a llenar la iglesia de la ciudad con cerca de seis mil almas. Y era tan chico el lugar y tantas las gentes que nadie podía sentarse ni moverse, por lo que murieron ahogados muchos niños y mujeres. La ciudad se veía devastada y en ruinas, porque estos perros de mar destruyeron hasta el último rincón en busca de dinero o joyas escondidas; su sed de riquezas era insaciable, habían obtenido todo lo que pudieron exprimir a los aterrorizados habitantes y aún así, el último día, tomaron cerca de cuatro mil rehenes, para que les ayudaran a embarcar todo lo que habían obtenido de su pillaje y además poder negociar con las autoridades el rescate de la ciudad que fue fijado en 200 mil pesos. Con prisioneros —entre ellos el gobernador de la ciudad— y botín enfila- mos la proa rumbo a la isla de Sacrificios para esperar la última remesa de dinero.

31 mayo

Ayer llegó el pago de 150 mil pesos, lo único que se esperaba para partir. Temerosos porque ha llegado una flota española al puerto, apuran todo para volver a navegar. Además, la pelea que hubo entre Lorencillo y Van Horn, porque a Lorencillo no le gustaba el trato cruel que le daba a los prisioneros, dividió al grupo. Van Horn quedó malherido y fue hecho prisionero por Lorencillo en la nave almiranta.

Nuestras almas estaban en vilo al ver que la flota española que había llegado al puerto se preparaba para perseguirnos. Los prisioneros rezábamos por nuestra liberación y la gente de Lorencillo, nerviosa, se preguntaba si su victoria sería hasta el final.
Pero de nuevo el cielo se puso a favor del enemigo. El viento cambió y la flota se vio frenada en su intención. Lorencillo y su chusma, triunfantes y poderosos, daban gritos haciendo burla de las armas españolas.
¿Habrá justicia en este mundo que les haga pagar sus crímenes?
Arrojaré esta botella al mar para que algún día se sepa esta triste historia…
Hasta aquí termina el relato de nuestro personaje, no sabemos si logró escapar y recuperar sus negocios en España o si fue seducido por la tentación de convertirse también en pirata, como les sucedió a algunos prisioneros que veían en la vida de corsarios y filibusteros mayores oportunidades de riqueza y diversión. Se dice incluso que el mismo Lorencillo corrió esta suerte
ORGANICEMOS UNA EXCURSION QUIEN SE APUNTA ESTA A TRES HORAS DE PUEBLA
SALUDOS

rod marina
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 nota: si alguién sabe el nombre del o de aut@ra favor de informarnos. Atte Roberto Antonio Armengual Cadena
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....para trascender y dejar huella se dice que debemos: Tener al menos un HIJO Plantar al menos un ÁRBOL y Escribir....cuando menos un BLOG
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6 respuestas a PIRATA LORENZILLO

  1. Edel Romay dijo:

    …YA VEO…CREO QUE ME CONFUNDI…ROBERTO Y ROBERTO…PERO QUE BIEN…ASI NOS PODEMOS CUMUNICAR……CLARO ME GUSTARIA LA DIRECCION DE ROBERTO RAMIREZ RODRIGUEZ…ESTUDIAMOS ARQUITECTURA EN XALAPA 1961-1964, SI MAL NO REVUERDO….Y AMBOS CONOCIMOS AL ARQUITECTO IRWIN LUCKMAN….AHORA YO RADICO EN USA…ALBANY, CALIFORNIA…

    …EN TU ARTICULO DEL PIRATA “LORENCILLO”…MI MAMA NOS CONTABA QUE ERA PARIENTE NUESTRO….PERO NUESTRA REGION ES MAGICA-ONIRICA…Y TODO PUEDE ACONTECER….HASTA QUE TU Y YO SEAMOS PARIENTES POR LO CADENA….QUIZA TU CONECES A MI HERMANO HUGO, EL TUCAN MORENO….RADICA EN SAN ANDRES TUXTLA…AHORA MISMO ESTA TRABAJANDO POR LOS 102 MAYOS DEL RAMAL (TREN) QUE CONECTABA A RODRIGUEZ CLARA CON SAN ANDRES TUXTLA…UN ABRAZOTE
    EDEL ROMAY

    • robertoantonio dijo:

      Suele suceder, je je, lo digo por los Robertos y además lo de la parentela: ya que en Veracruz tenemos pegado el saludo de “pariente” por aquello de las dudas. Tengo amistad con Hugo y me lo encuentro seguido, poseo algunas revistas de su publicación “Tucán” y son muy amenas y me sirven de consulta.
      Un abrazo

  2. Edel Romay dijo:

    ROBERTO..TE HE MANDADO EMAILS Y NO HE RECIBIDO RESPUESTA ALGUNA…TE MANDE FOTO DEL ARQ, iRWIN LUCKMAN Y LA NOTICIA DE SU FALLECIMIENTO…ESPERO QUE TE HAYAN LLEGADO…VISITA MI PAGINA A: http://www.lunadevidri.com/

    SALUDOS DESDE BERKELEY, CALIFORNIA, USA

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