Las raíces veracruzanas del novelista de los índices curvos


 Autor: ARTURO MENDOZA MOCIÑO

Carlos Fuentes (1928-2012) nos dijo adiós el 15 de mayo. En este ensayo, Arturo Mendoza Mociño aborda las raíces veracruzanas que el autor recrea en Los años con Laura Díaz. Xalapa y Catemaco, las ciudades de sus ancestros, fueron para el escritor parte esencial de sus querencias. Y en esta historia destacan las mujeres de su linaje, no por nada Fuentes sostenía que “las mejores novelistas del mundo son nuestras abuelas”.

U na banda de oro, un zafiro deslumbrante y un anular de perlas vuelan de las falanges de la tía abuela de Carlos Fuentes (1928-2012) tras un machetezo limpio en un asalto cercano al Cofre de Perote. Ese suceso rondará en su memoria para que él recree, en diferentes obras, la vida que llevaron sus ancestros en Catemaco y en Xalapa.

Antes que entregar su sortija nupcial, la desafiante tía abuela de Carlos Fuentes prefirió que le cortaran los dedos en esos caminos sin ley que unían Veracruz con el altiplano. Y así, en un tris, volaron las falanges de Clotilde Vélez para rondar, hasta su muerte, en la memoria del novelista que recreó el momento en Los años con Laura Díaz (Alfaguara, 1999).

“El recuerdo, a veces, se puede tocar”, anota en el pasaje “Catemaco: 1905”. “La leyenda más citada de la familia tenía que ver con el coraje de la abuela Cósima Kelsen cuando, allá por los 1870, se fue a comprar los muebles y el decorado de su casa veracruzana a la ciudad de México y, al regresar, la diligencia en la que viajaba fue detenida por los bandidos que aún usaban el pintoresco atuendo del chinaco –sombrero redondo de ala ancha, chaquetilla corta de gamuza, pantalones con vuelo, bota breve y espuela sonora–. Todo botonado de plata antigua”.

La diligencia se abría paso por ese extraño punto del Cofre de Perote donde el viajero desciende de la diáfana altura de la montaña a un lago de niebla. El jefe de la gavilla de asaltantes era un antiguo capitán del derrotado ejército imperial de Maximiliano, que había rondado la corte de Chapultepec lo suficiente como para hacer diferencias sociales.

“Aunque era famoso en la región veracruzana por sus apetitos sexuales –el Guapo de Papantla era su mote– lo era también por la certeza con la que distinguía entre una señora y una piruja. El respeto del antiguo oficial de caballería, reducido al bandidaje por la derrota imperial que culminó con los fusilamientos de Maximiliano, Miramón y Mejía –¡las tres emes, mierda!– –exclamaba a veces el supersticioso condotiero mexicano– hacia las damas de alcurnia, ya era instintivo y a la joven novia doña Cósima, viéndole primero los ojos brillantes como sulfato de cobre y enseguida la mano derecha ostensiblemente posada sobre la ventanilla del carruaje, el bandolero supo exactamente lo que debía decirle:

“—Por favor, señora, déme sus anillos”.

“La mano que Cósima había mostrado provocativamente, fuera del carruaje, lucía una banda de oro, un zafiro deslumbrante y un anular de perlas.

“—Son mis anillos de compromiso y de bodas. Primero me los cortan”.

“Cosa que sin mayor pausa, como si ambos conociesen los protocolos del honor, hizo el temible chinaco imperial: de un machetazo, le cortó los cuatro dedos sobresalientes de la mano derecha a la joven abuela doña Cósima Kelsen. Ella no respingó siquiera. El salvaje oficial del imperio se quitó la pañoleta roja que usaba, a la vieja usanza chinaca, amarrada a la cabeza, y se la ofreció a Cósima para que se vendara la mano. Él dejó caer los cuatro dedos en la copa del sombrero y se quedó como un mendigo altanero, con los dedos de la bella alemana a guisa de limosnas.Cuando al cabo volvió a ponerse el sombrero, la sangre le chorreó por la cara. En él, este baño rojo parecía tan natural como para otros zambullirse en un lago”.

*

Carlos Fuentes sostenía que las mejores novelistas del mundo son nuestras abuelas. Y él tuvo en ellas varias motivaciones literarias por sus orígenes. Su abuela materna, Emilia Rivas Gil de Macías, había nacido en Álamos, Sonora, y era descendiente de inmigrantes montañeses de Santander, España, e indios yaquis. Tras la muerte de su esposo Manuel Macías Gutiérrez se hizo cargo de la crianza de sus hijas María Emilia, Sélika, Carmen y la madre del escritor, Berta Macías de Fuentes.

“Mi abuela paterna”, rememora el novelista al final de Los años con Laura Díaz, “Emilia Boettiger de Fuentes, nació en Catemaco, Veracruz, de Philip Boettiger Keller, inmigrante alemán de Darmstadt en la Renania y casado con una joven de origen español, Ana María Murcia de Boettiger, con quien tuvo tres hijas, Luisa (Boettiger de Salgado), María (Boettiger de Álvarez) y Emilia (Boettiger de Fuentes), casada con Rafael Fuentes Vélez, gerente del Banco Nacional de México en Veracruz e hijo de Carlos Fuentes Benítez y de Clotilde Vélez, que es quien fue asaltada y mutilada en la diligencia entre México y Veracruz. Una cuarta hermana Boettiger, Anita, era mulata y producto de un amor nunca confesado de mi bisabuelo. Ella siempre formó parte, segura y cariñosa, de la familia Boettiger”.

La saga de esas mujeres, Luisa, María y Emilia, junto con la de Clotilde y Anita, la inquietante mulata, se lee en Los años con Laura Díaz que, en palabras de su creador, es una novela hermana de La muerte de Artemio Cruz donde “si Artemio agoniza mientras un país se construye, Laura Díaz se crea a sí misma mientras un país se destruye. Si Cruz secuestra a su siglo, Díaz lo libera”. De hecho, en Los años con Laura Díaz sobran las liberaciones: Con su cabellera larga y ondulada, barba rubia y perfil griego, y con un desasosegante pasado socialista, el abuelo de la protagonista principal supo que en México no encontraría esposa descreída como él porque aquí, en su patria adoptiva, hasta los ateos creían en Dios y hasta las putas eran católicas, apostólicas y romanas. Así fue que Felipe Kelsen buscó una novia en su tierra natal. Y la halló.

La novia por encargo llegó de Alemania a los 22 años, igualita a su daguerrotipo: “Con la cabellera partida a la mitad y arreglada en dos grandes hemisferios que nacían de la perfecta raya con perfecta simetría y cubrían las orejas como para resaltar la perfección de los aretes de madreperla que pendían de los lóbulos ocultos”.

Hay otro detalle que perturbó más a aquel alemán enamorado: “Su cabellera era muy negra como para resaltar aun más la blancura de la piel”.

*

En primera fila, Emilia Fuentes, tía abuela de CF, Xalapa 1917

 

Por eso la finca cafetalera de Felipe Kelsen en Catemaco se llamó La Peregrina en honor de su mujer, bravía pero mutilada tras su desafortunado viaje en diligencia. En ese sitio crecieron sus hijas y las bestias de trabajo y explotación eran cinco caballos de silla, catorce mulas y cincuenta cabezas de ganado.

En ese lugar transcurrió la infancia de Laura Díaz. A ella le gustaba que la hacienda se prolongase en las lomas de café, y detrás de ellas, seguían la selva y el lago en un encuentro, al parecer, vedado, relata su padre literario. “La niña Laura se encaramaba a la azotea para divisar, de lejos, el cristal azogado del lago, como lo llamaba su tía la lectora Virginia, y no se preguntaba por qué lo más bonito del lugar era, también, lo menos cercano, lo más alejado de la mano que la niña extendía como para tocar, dándole todo el poder del mundo a su deseo. Todas las victorias de su niñez se las entregaba a la imaginación. El lago. Un verso”.

Cuando murió la abuela, Felipe Kelsen logró por fin lo que su esposa se resistió en vida: “ponerle unos guantes negros con rellenos de algodón en los cuatro dedos ausentes de la mano derecha”.

*

Catemaco, con sus tierras calientes, abundantes, pródigas, vio crecer la descendencia de Felipe Kelsen, pero antes de que su novia por correspondencia llegara, él probó el deseo que prodigan las mujeres con sangre de África y que, en Veracruz, recuerdan que el cielo de los deseos tiene también otro color y otro sabor.

Tras vivir en Nueva Orleáns, Kelsen, por accidente, por ese juego tan propio del azar, recaló en Veracruz, y así fue que escuchó aquella frase que lo acompañaría buena parte de su vida:

—Barriga llena, corazón contento –le dijo la primera mujer con la que se acostó en Tuxpan, una mulata que le daba igual sensualidad a la cama y a la cocina, alternando en la boca voraz del joven seductor alemán dos pezones morados y enorme cantidad de bocoles, pemoles y tamales de zacahuil… Mal acostumbrado, Philip Kelsen volvió a encontrar en Santiago Tuxtla su mulata y su merienda, ella se llamaba Santiaga como su ciudad y los platos que ofrecía al reposo del alemancito sensual y novedoso eran todos los caribeños, la yuca, el ajillo y el mogo-mogo de plátano macho. Pero más que cualquier platillo, sexual o gastronómico, Phillip Kelsen fue seducido por la belleza de Catemaco, a un paso de los Tuxtlas: un lago que podía ubicarse en Suiza o Alemania, rodeado de montañas y tupida vegetación, terso como un espejo, pero animado por rumores invisibles de cascadas, sobrevuelo de aves y colonias de monos de macacos rabones.

*

Musa bohemia fue una revista xalapeña que pretendía sacudir a sus lectores el aturdimiento que había provocado la Revolución en todo el país. Quería que la pólvora y la sangre se olvidaran a golpe de versos e ideas. Carlos Fuentes Boettiger fue uno de sus impulsores al lado de Francisco R. Vargas, Guillermo Esteva y Óscar Serrano. La revista era anunciada como “el único periódico de Jalapa” y en ella colaboraban Enrique González Martínez, Efrén Rebolledo, Tirso W. Cházaro, Carlos Bracho, el mismo Salvador Díaz Mirón y otro tío del futuro novelista: Fernando de Fuentes, más tarde director de cine.

Carlos Fuentes Boettiger se distinguió por ser un poeta discípulo de Salvador Díaz Mirón. Murió muy joven, cuando tenía tan sólo 21 años de edad, de fiebre tifoidea en ciudad de México a donde se había ido a estudiar. Su hermano, y padre de Carlos Fuentes, Rafael Fuentes Boettiger, vivió en Xalapa, en la calle de Lerdo, número 7, hasta los 24 años. Su hijo relata en su “Oración filial en Jalapa”, reunido en Nuevo tiempo mexicano (1994), que fue en esa edad que partió hacia México para concursar en el Servicio Exterior Mexicano.

Con tinta verde, en un cuaderno con ancha caligrafía, Rafael Fuentes Boettiger escribió: “Adiós, mi Jalapa querida”.

“Dejaba atrás una ciudad entrañabalemente suya”, escribió el hijo de aquel joven que evoca en su oración filial la Xalapa que existía en los años veinte.

Era la Xalapa de las veladas musicales en el parque Lerdo con la banda de música del maestro Nicolás Pérez.

Era la Xalapa de la librería La Moderna de don Raúl Basáñez, donde llegaban los periódicos ilustrados de Londres y Madrid.

Era la Xalapa en que se iba con las novias al cine Victoria a ver las últimas películas de las sensacionales vampiresas italianas Pina Menichelli, Francesca Bertini y Giovanna Terribili González.

Era la Xalapa de las señoritas que compraban sus partituras de Beethoven y Debussy en el repertorio de la Casa Wagner y Lieven, frente al parque Juárez.

Era la Xalapa en que en tardes de calor se bebían espumosas en La Jalapeña de Don Antonio C. Bárez, quien aseguraba a sus clientes: “Esta fábrica no endulza sus aguas con zacarina” (escrita con zeta).

Era la Xalapa en que las señoras se bañaban con el supremo jabón rosado El Fénix, vendido en las tiendas de Salmones y Sucesores, y se vestían con el apoyo de los corsetes La Ópera, al precio de ocho pesos cada uno, proporcionados por la casa de Olivier Hermanos, en tanto que los caballeros acudían a la sastrería de don León Moro, en la primera de Zamora.

Era la Xalapa que atestiguó la boda más sonada de aquella época, entre la señorita Ana Güido y el licenciado Xavier Icaza, quien trajo hasta aquí el primer automóvil Issota-Fraschini jamás visto en el estado de Veracruz y lo estacionó al pie de las escaleras de Catedral.

*

 

Xalapa: Añorada ciudad de lluvia fina sobre tejados rojos, rememora el autor de La región más transparente (1948). Finísima lluvia y patios reventando de flores. Balcones enrejados y zaguanes verdes donde los jóvenes escritores de entonces juraban por Enrique González Martínez, Luis G. Urbina, Amado Nervo, y por los autores veracruzanos Rafael Delgado, el bardo de Pluviosilla, y Salvador Díaz Mirón, quien fue profesor del Colegio Preparatorio del tío y el padre de Carlos Fuentes.

En aquellos años, la Revolución se hacía presente y hacía escuchar su furia con tiros que avanzaban por las calles de Lucio y de Enríquez. Y Emilia Boettiger, asustada, escondía a sus hijos Carlos, Emilia y Rafael debajo de todos los colchones de la casa.

Eran tiempos donde había que tomar las armas y donde la pólvora y el valor se hacían presentes en todas las vidas, en todas las familias. “Mi padre”, relata Fuentes, “perteneció al grupo de cadetes militarizados por el Colegio Preparatoriano de Jalapa para acudir a la defensa de Veracruz durante la invasión norteamericana del año 14”.

“Hay una foto de estos jóvenes jalapeños, mi padre entre ellos, uniformados con casacas oscuras abotonadas hasta el cuello y kepís franceses, con los fusiles listos para defender Veracruz contra el invasor.

Eran niños de catorce años. El puerto cayó antes de que ellos pudiesen presentarse. Pero toda Jalapa lloró el valiente sacrificio de los cadetes de la Naval, José Azueta y Virgilio Uribe”. Sin duda, el recuerdo de su anhelante espera para salir a la defensa del puerto en 1914, lo marcó para siempre, pues a lo largo de sus carrera diplomática, cuarenta y cinco años, entre 1925 y 1970, Rafael Fuentes Boettiger no dejó pasar un solo día sin defender y promover, de un modo o de otro, los intereses nacionales de México.

Su formación se la debió por entero a Xalapa. Fuentes Boettiger fue fundador, como alumno y catedrático, de la Escuela de Derecho del estado, de la cual se graduó para concursar para su ingreso, en 1925, al Servicio Exterior Mexicano. Además era un hombre esencial, sustantivo, infinitamente respetuoso de los demás, empezando por su mujer y sus hijos; dueño de la gracia espontánea que la tierra veracruzana le da a sus hijos; animado por un deseo de saber, comprender el punto de vista distinto al suyo y adaptarse a culturas diferentes, convencido de que México no es una meseta aislada y sombría, sino una costa abierta, expuesta pero dadivosa, como Veracruz; un mar de trasiegos y comunicaciones.

“Mi padre nos heredó a sus hijos y a sus nietos una noción de México como tierra de inclusiones generosas”, sostiene Fuentes, “nunca de exclusiones mezquinas, un país de producto de muchas aportaciones, indígenas, africanas y europeas…”

“Joven, delgado, nervioso en sus primeros puestos diplomáticos en Río, Panamá y Washington; reposado, elegante, sabio, en sus embajadas finales en Holanda, Portugal e Italia, en él veo, siempre, sin embargo, al niño de catorce años que empuñó un fusil y se dispuso a salir de Jalapa a combatir por Veracruz”.

*

Rafael Fuentes Boettiger siempre llevó en el corazón la herida y el recuerdo del hermano muerto prematuramente. “A mí me puso su nombre y si desde niño me rodeó de libros fue, sin duda, como un homenaje a una esperanza para ese otro Carlos Fuentes, el segundo de ese nombre, como yo soy el tercero y mi joven hijo, cineasta, pintor y poeta, el cuarto”, apunta el novelista que perdió a su hijo, Carlos Fuentes Lemus, en 1999.

Por eso, de niño, una y otra vez, tenía que vestirse de charro. Ser hijo del embajador Rafael Fuentes Boetigger lo imponía. Bajo el ancho sombrero y en el centro del trajín diplomático de su padre, la infancia del futuro escritor se diluyó entre Quito, Montevideo, Río de Janeiro, Santiago de Chile y Buenos Aires. Había nacido el 11 de noviembre de 1928, en Panamá. Aunque distintos acentos, sea inglés, sea francés, se hunden en sus tiernos oídos, cada verano era enviado a México para no perder la lengua castellana ni olvidar la historia patria. Lee entonces a Mark Twain, Edmundo de Amicis, Rafael Sabatini y Emilio Salgari. A los 11 años, en Chile, comparte horas de clase con los luego también famosos José Donoso y Jorge Edwards, escribe sus primeras narraciones y retorna a la Ciudad de México cuando tiene 16 tras una etapa pendenciera y formativa en Buenos Aires, Argentina.

Ya entonces tenía el vicio de escribir. Entre sus primeras empresas literarias se encuentra una saga juvenil de más de cuatrocientas páginas que no conmueve a nadie. Ni siquiera al pintor David Alfaro Siqueiros, entonces en su exilio en Chile, que se duerme con la lectura del novel creador.

En México, como refiere Armando González Torres en un ensayo publicado en Letras Libres en noviembre 2008, Fuentes se asombra ante el español de los mexicanos, plagado de formalismo, el miedo a la primera persona, la profusión de diminutivos, que denotan el carácter nacional. Aquí siente hallarse ante una triple frontera: entre el desarrollo y el subdesarrollo, entre el temperamento latino y anglosajón, y entre la cultura protestante y la católica. Aun así encuentra la amistad de Alfonso Reyes y a una pequeña camada de jóvenes educados y cosmopolitas como él. Lee con prisa, furia y entusiasmo a Cervantes, Balzac, Joyce, Faulkner, Lawrence. Pasea, disputa, trasnocha, hace periodismo en Siempre!, estudia derecho, parte a Europa a un posgrado y complementa su rito de iniciación literaria, conoce a Octavio Paz en París, y en Zúrich confirma simbólicamente su vocación, cuando en una cena en un flotante tiene un encuentro prodigioso con el novelista alemán Thomas Mann.

Nace entonces Carlos Fuentes, el novelista.

El incómodo.

El prodigio.

El desafiante.

El desbordante.

El ambicioso.

Publica entonces, en 1954, su primer libro, Los días enmascarados, y tan sólo un par de años después, hacia 1958, la leyenda Carlos Fuentes se consolida con La región más transparente, novela impresa el 29 de marzo de 1958 en los Talleres de Gráfica Panamericana. Novela fundacional, audaz, modernista, erótica, consideró la crítica de la época. Dueño de todos los recursos artísticos, el joven escritor, sostiene el crítico literario Christopher Domínguez en su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX, “peleaba, con una capacidad de combate nunca antes vista en la arena iluminada del nacionalismo cultural. Su victoria es inolvidable. Fuentes fundaba la profesión de la novela. Desde entonces, ¡hélas!, México tiene a su novelista”.

Y luego vendrían La muerte de Artemio Cruz (1962) y Aura (1962), y Cambio de piel (1967), y tantas más que conformarán el proyecto narrativo conocido como La edad del tiempo.

*

A Carlos Fuentes le encantaba estar en Veracruz. Era la tierra de sus ancestros y el calorcito y la calidez de su gente lo estimulaban a relajarse como ellos, tan campechanos y despreocupados sin ser nacidos de aquella ciudad amurallada. En esas visitas muchas veces vestía de blanco, con los tobillos desnudos y holgadas prendas, gafas oscuras para eludir los sablazos solares, como ocurrió en febrero de 2000, cuando se reunió en Xalapa con el también novelista Sergio Pitol y dicha crónica quedó consignada en el diario Milenio por quien estas líneas escribe. En aquella ocasión, Pitol practicó el arte de la fuga durante el último acto del homenaje a Carlos Fuentes y dividió opiniones. La mayoría se enterneció cuando el autor de Domar a la divina garza dormitó al momento que Fuentes describía las raíces de su última novela: Los años con Laura Díaz. A otros les dio pena ajena y no dejaron de reír cada vez que su cabeza se rendía al sueño.

El homenajeado, en cambio, leyó el fragmento de su novela que describe la vida de Laura Díaz en Jalapa sin percatarse del sueño de su colega escritor hasta que, al momento de evocar el pasado que juntos compartieron en la Facultad de Derecho, sus ojos descubrieron a un Pitol cabeceante. Guardó las formas y siguió leyendo. Encaró sin titubeos al divertido público y mantuvo el protocolo al igual que Miguel Alemán Velasco, gobernador de Veracruz, y Víctor Arredondo, rector de la Universidad Veracruzana, atentos escuchas del presidium.

Xalapa, “ciudad mustia”, como la califica el escritor en su novela, que se vio agitada con su presencia que suscitó los recuerdos de otras visitas: la del argentino Julio Cortázar, integrante al lado de Fuentes, el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y el chileno José Donoso, del llamado “boom latinoamericano”, y la de un novelista marginado por este movimiento literario-comercial: el uruguayo Juan Carlos Onetti. Junto con el mexicano Juan Rulfo.

Y el cubano Alejo Carpentier.

Y, claro, el argentino Jorge Luis Borges, quien no los necesitó ni frecuentó jamás.

*

Varios años después, en todo México, reinaba el estupor ante la barbarie. Masacre tras masacre, el país entero se pregunta cuántas más desgracias habrá de soportar. Si los 60 mil muertos en la guerra del presidente Felipe Calderón contra el narcotráfico no son ya suficientes pérdidas humanas y los 49 torsos recién hallados en Cadereyta, Nuevo León, sin cabezas, sin pies ni manos, no son sino otro atisbo a la crueldad que día tras día crece. El último hallazgo del 13 de mayo son meros despojos anónimos en la vorágine de violencia que apela, tristemente, al poema de José Gorostiza: Muerte sin fin.

En medio de ese clima de desaliento murió Carlos Fuentes, el pasado 15 de mayo. Se iba con él una voz moral. Moría el titán de la letras mexicanas en plenitud. Caía en su casa de San Jerónimo Lídice, en ciudad de México, el novelista tutelar del país por una hemorragia gástrica masiva que se expandió por su cuerpo en cuestión de horas. Se fue, aun así, entero y lúcido, fuerte y vigoroso a sus 83 años, con varias novelas para presentar y promocionar. Se fue como si las palabras del escritor estadounidense Ambrose Bierce las hubiera escrito para sí. Esas palabras de Bierce, en quien se inspiró Fuentes para escribir la novela Gringo viejo (1985), parecen resumir sus últimos momentos en este México convulso y en una campaña presidencial donde no dudó en considerar de mediocres a todos los candidatos ante los grandes problemas que enfrenta el país.

Andrés Manuel López Obrador.

Enrique Peña Nieto.

Gabriel Quadri de la Torre.

Josefina Vázquez Mota.

Todos por igual.

Políticos menores ante grandes problemas.

Bierce, quien desapareció en México durante la Revolución, se resistía a verse viejo porque “los viejos son malhumorados, quisquillosos e infernalmente aburridos”. Por eso determinó: “Nadie me verá decrépito. Siempre seré joven porque hoy me atrevo a volver a ser joven. Siempre seré recordado como fui”.

Tras ser honrado entre amigos, en su casa de San Jerónimo, el cuerpo de Carlos Fuentes fue trasladado el 16 de mayo al Palacio de Bellas Artes el mismo día en que Juan Rulfo cumplía 95 años de haber nacido en Apulco, Jalisco. Esas son las vueltas del tiempo mexicano. Las mismas que ocurrieron con la muerte de Octavio Paz, el 19 de abril de 1998, y las de Emilio Azcárraga, el 16 de abril de 1997, y Fidel Velázquez, el 21 de junio de 1997, que fueron sumándose en sincronía histórica para anunciar el fin de los gobiernos del PRI en México y el ascenso de Vicente Fox en el año 2000.

Ahora, con la muerte de Carlos Fuentes, ¿qué ocurrirá? ¿Qué nuevo tiempo mexicano comienza?

*

A manera de rosarios, algunos llevan los libros de Carlos Fuentes entre las manos. Entre los libros que se quedarán sobre el féretro del escritor hay varios títulos suyos y un ejemplar de Franz Kafka y varias rosas, rojas, blancas, así como una infaltable imagen de la virgen morena. El adiós a Fuentes imanta multitudes afuera del Palacio de Bellas Artes. Ese día hay un sol de justicia sobre los deudos lectores y puertas cerradas porque, dentro del recinto, Felipe Calderón y 150 invitados especiales despiden primero al escritor.

Calderón, heraldo de la muerte de 60 mil mexicanos, no duda en citar, precisamente, lo que Fuentes escribió sobre el último rostro En esto creo (2002):

“La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es. La esperamos con grados diferentes de aceptación, de furia, de tristeza, de cuestionamiento, de arrepentimiento, de eso que Xavier Villaurrutia llamaba nostalgia de la muerte. Hacemos el balance de nuestra vida, pero sabemos que el verdadero fiscal es la muerte y que su veredicto lo conocemos de antemano. Compañera final e inevitable. Pero ¿amiga o enemiga? Enemiga y, más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado. Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos. Sin embargo, esa muerte enemiga es la que podemos vencer. A veces, en mis caminatas diarias por el viejo cementerio de Brompton en Londres, paso frente a un vasto terreno de cruces blancas. Contrastan con la elaboración suntuaria de la mayoría de los túmulos funerarios del camposanto. Son las sencillas cruces blancas de muchachos muertos en la primera guerra mundial. Leo sobrecogido las fechas de nacimiento y muerte. No he encontrado allí a un solo joven que haya rebasado los treinta años de edad. La muerte de un joven es la injusticia misma. En rebelión contra semejante crueldad, aprendemos por lo menos tres cosas. La primera es que al morir un joven, ya nada nos separa de la muerte. La segunda es saber que hay jóvenes que mueren para ser amados más. Y la tercera, que el muerto joven al que amamos está vivo porque el amor que nos unió sigue vivo en mi vida”.

Así es ahora México. Un vasto cementerio a lo largo y ancho del país. Y ajenos a esas palabras que asemejan un mea culpa a destiempo y con tantas familias desgarradas, los otros asistentes al funeral gritan agolpados a un costado del recinto.

Luchan.

Braman.

Quieren entrar también y decirle adiós a su querido Carlos, su guía, su inspiración, su escritor:

—Carlos Fuentes era crítico del gobierno.

—Carlos Fuentes es de todos los que lo leímos.

—¡Fuera Calderón! ¡Ya no queremos al PAN!

—Juanito: ¡Métenos al pueblo!

—Saca a Calderón, papi.

—¡Gooooooya!

Son el pueblo.

La bola.

Los pelados lectores.

Los jóvenes que no viven del presupuesto y tantos tildan de ninis.

Los que, días después, dirán “Soy el 132”.

Son.

Ellos.

En medio de ese tumulto destaca Artemio Cruz, quien lleva un sombrero de palma con su nombre y un rostro óseo de papel cartón a manera de antifaz. Como joroba sonora ese joven lleva una mochila con una bocina donde emana la voz de Carlos Fuentes leyendo pasajes del revolucionario agonizante. Completa su caracterización un libro del mismo título y una esbelta cruz negra.

—Se te ve bien Artemio, muy joven.

—Qué va, ya tengo 50 años de ser un soldado de la revolución, pero me corrompí y ahora nada más ando dando vueltas. Pero soy un mexicano adoptado por la literatura.

—¿Y ahora dónde vives?

—Por Coyoacán.

—¿Y dónde están las adelitas, Artemio?

—Las adelitas están en la conciencia. Espéralas el 1 de julio.

—¿Y quién ganará ese día?

—El mismo Carlos Fuentes ya lo lamentó… El gran lector. Ese que cree que La silla del águila fue escrita por [Enrique] Krauze. Va a ganar quien tiene el mejor programa (de televisión), ese personaje de muy poca estatura.

*

El 23 de marzo de 1994, el mismo día que mataron a Luis Donaldo Colosio, en Xalapa, Veracruz, Carlos Fuentes, en el homenaje póstumo a su padre, el embajador Rafael Fuentes, aceptó ser Hijo Predilecto de Xalapa y ciudadano veracruzano por nacimiento. Ese día les recordó a todos los que estuvieron con él que la civilización mexicana nació allí mismo, en Veracruz, en las tierras del olmeca, en la pirámide del Tajín y en la fundación de la Antigua.

De Veracruz venimos. A Veracruz regresamos. Mi hermana Berta y yo, mi esposa Sylvia, nuestros hijos Cecilia, Carlos Rafael, Sélika y Natasha, pero sobre todo mi madre Berta Macías, les agradecemos a todos ustedes, a nuestros amigos, a Xalapa, habernos regalado la emoción y el honor de este día.

Se los agradece también mi padre, Rafael Fuentes, un veracruzano tierno, recto y patriota.

“Por algo era xalapeño”, dijo Carlos Fuentes. Y por eso Veracruz volverá a resurgir de todos los horrores que ahora lo acechan, porque hubo, y hay todavía, demasiados hombres como ese infatigable y ambicioso novelista para exaltar y valer su grandeza. Como ocurrió en su familia. Como ocurre en tantos clanes en todo México.

Adendas

Texto 1

El novelista de los índices curvos

Desde muy joven se asumió como un obrero de la máquina mecanográfica. Y ese rasgo, para el novelista David Martín del Campo, despierta su admiración.

Sin ser baloncetista, Carlos Fuentes tenía los dedos chuecos, sobre todo el índice izquierdo de tanto golpear su vieja máquina de escribir, evoca en el velorio del Palacio de Bellas Artes. A esa vieja máquina la seguía tundiendo en la era del internet, que le era ajeno, y las computadoras, que le repelían, porque no reproducían el ambiente de las viejas redacciones donde forjó sus primeras armas periodísticas y literarias y que olían a tabaco, a ron, a bohemia y salían las cuartillas tundiéndolas con la campanilla del retroceso de la máquina. La última frase que escribió en la ahora silenciosa máquina de escribir es hermosa: “Y habría que soñar el porvenir”.

Texto 2

De cómo Carlos Fuentes dejó de fumar

El crece con una idea muy común, sobre todo por los norteamericanos, que la máquina de escribir, el café y el cigarro eran como una tripleta indispensable para un escritor.

Sin embargo, apunta el novelista Hernán Lara Zavala, él vio morir a su papá de enfisema pulmonar y se hizo a la idea de que no quería morir como su padre. Fue entonces que se preguntó ¿podré dejar de fumar sin dejar de escribir? Y se dispuso a combatir el vicio, precisamente, con lo que tenía más al alcance para vencerlo. Con lo disciplinado que era, evoca el autor de Península, península, decidió hacer un catálogo de todos los libros que tenía en su estudio, a máquina, sin fumar.

Cuando acabó se dispuso a hacer un inventario de sus trajes y sus camisas y también de sus zapatos. Así pasaron dos semanas, terminó su inventario y se dijo: “Ya puedo escribir, ya van dos semanas y no tuve que fumar”. Así dejó de fumar para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Roberto Antonio Armengual Cadena

....para trascender y dejar huella se dice que debemos: Tener al menos un HIJO Plantar al menos un ÁRBOL y Escribir....cuando menos un BLOG
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