NADA QUEDÓ DEL CORONEL


Carmela Pérez3 Aug 2008

¡Ayyyyyyyyy, El Coronel, El Coronel! . Niños y adultos en gran desbandada corrian a lo largo de las calles de Hidalgo y Corregidora, allá por el Barrio de San Juan.

Podría decirse que era casi una costumbre que cada 3 o 4 meses la gente sin decir “agua vá” saliéra de pronto corriendo como si se tratara de una clásica pamplonada.

Y como no hacerlo, si El Coronel, que se pasaba día y noche prisionero, encerrado en una inmensa jaula de gruesos barrotes de férreo fierro fundido, hecha por el mejor herrero del pueblo, de pronto, inexplicablemente ¡ESCAPABA! causando una tremenda y totalmente justificada histeria colectiva.

Pero que había hecho El Coronel para merecer vivir prisionero? Para verse privado de su preciada libertad? Realmente nada, no le había hecho mal a nadie, aún. No había robado, ni mentido, asesinado o traicionado a nadie, aún. Excuso decir que era necesaria la fuerza de al menos seis hombre temerarios, fuertes y bien nutridos pescadores, para traparlo y contenerlo.

El Coronel tenía unos ojos inmensamente grandes y poderosos, yo diría que hasta hipnotizantes. Unas manos que sujetaban tan fuertemente, que no daban muchas ganas de saludarlo, de mano por supuesto. Y una piernas tan largas, tan largas, más bien larguísimas, tanto que al escaparse de la prisión, una sola zancada suya, valía por cuatro de cualquiera de esos corredores intempestivos.

Hubo una época en que El Coronel salía a pasear tranquilamente por la orilla de la Laguna, incluso se metía a bañar en ella completamente desnudo y a plena luz del día. Claro que en aquellos tiempos, a fines de los 60”s, las playas de Espagoya o por el rumbo de Gorel, no tenían la afluencia de visitantes que tienen en la actualidad, ni siquiera en Domingo.

Pero se bañaba desnudo por excentricísmo? O fué uno de esos precursores del nudismo en nuestro País? No, ninguna de las dos cosas, simplemente El Coronel no contaba siquiera con un sencillo guardarropa como cualquiera de nosotros, mucho menos iba a tener un traje de baño. Claro que cualquiera podría decir: “Y por qué no se bañaba en ropa interior”, simple, porque no hay duda que era un gran Coronel, pero no tenía ni para calzones.

Don Crispín Ojeda (mi tío), que era capáz de venderle hielo a un Esquimal, un día se encontró con la posibilidad de hacer una compra extraordinaria, él compraba cualquier cosa. Pero era El Coronel un buen negocio? Lo quería para exhibirlo como pieza de museo? No, ninguna de las dos cosas, la verdad es que lo quería para exhibirlo como víl animal de circo. Ahhhhh, Don Crispín si que sabía de mercadotécnia. Tiempo después otras empresas copiaron su idea de ofrecer entretenimiento a sus clientes mientras realizaban sus compras o consumían sus productos, tal como una cadena transnacional de hamburguesas que incluye en sus instalaciones atractivos juegos infantiles.

El Coronel no dijo ni sí, ni no, simplemente se sentó en el piso a comer el cerro de “Pasta blancas” y el gran pocillo de café con leche con que fue recibído. Mientras, recorría con la vista la extraordinariamente bien surtida tienda que estaba frente a sus ojos, propiedad de Don Crispín. Que más podia pedirle a la vida. Una familia, cama y comida seguras.

Pero había que tomar precauciones. Quizá no era tan seguro que en el día saliéra al corredor, aunque estuviése sujeto con una cadena en el tobillo, mientras la gente que pasaba disfrutaba de una exhibición gratuita, ya que de repente le gustaba hacerse “el chistoso”, se colgaba y columpeaba de alguna viga por un buen rato y a veces simplemente enfurecía con las risas de la gente y era difícil hacer que recobrara la calma.

Pero hacerlo prisionero no fué la solución al posible peligro, sino al contrario.

De aquel Coronel que paseaba y disfrutaba de las cadenciosas olas de la Laguna de Catemaco, bañandose desnudo a plena luz del día, solo quedó un ser agresivo, irritable, intolerante, intimidante, que llegó a atacar a alguien tan brutalmente, que al final hubo que aplicarle una injección letal.

Nada quedó del Coronel, tan solo el recuerdo de sus singulares sonidos con los cuales se comunicaba con nosotros y su ternura de cuando pequeño se trepaba en mi cabeza y me hacía “piojito”. Pero él aún vive en mi corazón y en el corazón de todos los que alguna vez fuímos parte de la familia de ese traviezo, atrevido y divertido Mono Araña, llamado El Coronel.

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