Montepío y el pirata Lorencillo


 

Roberto Ramírez Rodríguez

Muchas carreteras del estado de Veracruz están en malas condiciones pero ninguna como la que une a Catemaco con Montepío, pequeño pueblo situado en la costa del Golfo de México, asentado en la falda del volcán San Martín.

Al poblado lo rodean dos ríos: Máquina y Cold. El primero se llama así porque era el que movía la maquinaria de un pequeño ingenio azucarero propiedad de unas familias francesas. El segundo fue llamado Cold en honor de un gringo aventurero que al sumergirse en el río empezó a gritar: ¡Cold! ¡Cold! De ahí su nombre.

Hace seis décadas, llegar a ese lugar encantado era una aventura increíble: había que caminar unos 40 kilómetros entre la oscuridad de la selva sólo para ver el mar, jugar con él, y dormir a cielo abierto.

El regreso parecía cosa de magia: las veredas abiertas se cerraban, cubiertas nuevamente por la selva viviente. Sin embargo, las familias de Los Tuxtlas, molestas por el calor que azotaba la región, gustaban de viajar a Montepío en camiones de redilas, camionetas, y jeep, guiados por campesinos con machete en mano, abriendo estrechos caminos.

Las reducidas plataformas de los camiones eran insuficientes para llevar canastas y bolsas llenas de cosas para comer, catres, y sillas plegables. Muchos puros, velas, y aceite para protegerse de los mosquitos. Lámparas de mano, petróleo, o gasolina. Escopetas, pistolas, y rifles, para la caza del venado.

Aventura inigualable. Todo lo que alcanzaban a ver era verde. Bajando la montaña ya se sentía el aire húmedo y la brisa del mar. Se escuchaban rugidos de tigres, monos, y el canto de las chachalacas. Con el viento, a las mujeres se les alborotaba el pelo y los hombres cuidaban que sus hijos no se pararan en la plataforma para evitar que alguna rama los golpeara en la cara.

Antes de llegar a Montepío era común ver a las señoras secándose el sudor del cuello. Sus rostros reflejaban las ganas de ir al baño. Iban bajo los árboles a una casita improvisada, de tela o cartón, que el mismo guía les hacía para no ser vistas por nadie.

Al llegar al pueblo no se veía nada más que árboles frondosos y  casas de carrizo y palma.

Al bajar del camión, entraban a su refugio: una vieja casona con muchos cuartos con balcones con vista al esplendoroso mar. No había mayor placer que pasar la noche en esta casa abandonada cuya techumbre aún estaba en buenas condiciones. Sus pisos, de mosaico europeo, estaban en buen estado; los barcos los habían traído como lastre desde el viejo mundo y ya empezaban a cuartearse por la presión de la hierba. Cada familia que llegaba ocupaba un cuarto y así, la casona se llenaba de gente. Otras familias prefrían dormir en casas de campaña. Algunos visitantes hacían la siesta junto a una sombreada fuente. Los de edad avanzada gustaban de caminar en la playa. Respiraban profundo. “El yodo cura”. Decían.

El mayor atractivo de los jóvenes era salir a buscar el tesoro del pirata Lorencillo, visitaban las ruinas de la vieja Iglesia o la enorme torre de tabique, ambas construidas por los franceses. Otros nadaban, iban a la caza del venado, o se ponían a cocinar variados y exquisitos platillos de tortuga, robalo, o cangrejo. Jugaban cartas en las noches. Muchas parejas se enamoraron en Montepío y se juraron amor eterno jugueteando con las olas del mar. Una de ellas, quiso ponerle a su hijo Lorenzo en honor del pirata Lorencillo. Sus padres se opusieron.

Ir a Montepío y no saludar, aunque fuera de lejos, al negro Villa Franca era como ir al Puerto de Veracruz y no tomar café de la Parroquia. Este personaje era una leyenda viviente. Nadie sabía quien era ni de donde venía. Algunos afirmaban que vivía su segunda vida. De ser el cocinero del barco del pirata había llegado a Montepío para cuidar el tesoro de Lorencillo.

Muchas familias de la región aún guardan, como reliquias, fotografías de aquellos momentos inolvidables, piezas arqueológicas de la cultura olmeca, y trofeos de caza.

La gente soñaba. Leían sentados sobre los derruidos balcones de la casona. En las noches, los abuelos contaban cuentos bajo la luz de la Luna o de una vieja lámpara de petróleo. El cielo resplandecía con las estrellas.

En esos tiempos, la gente se preguntaba cuándo sería el día que el gobierno pavimentaría los cuarenta kilómetros de carretera para gozar más seguido del lugar de sus sueños. Y los gobiernos, federal y estatal, en sus informes anuales, respondían a la ciudadanía: este año se pavimentará. Es más, en alguna ocasión, un gobernante despistado dio el costo de la obra concluida, como si ya se hubiera entregado.

Así pasaron los años hasta que, en el sexenio estatal anterior al presente, el camino fue pavimentado. Sin embargo, poco le duró el gozo a los habitantes de la región y a los miles de turistas que visitaban las playas del lugar. Pronto, la carretera pavimentada se llenó de enormes baches. Está dispareja, intransitable, e insegura.

Hoy día, es más difícil llegar a Montepío que hace sesenta años.

Los gobiernos les deben mucho a los habitantes engañados de Los Tuxtlas. Pero, además, perdieron la oportunidad de convertir el lugar en un polo de atracción turística importante. Está abandonado, lleno de basura. La casona es un chiquero; se robaron el mosaico y la cubierta de teja. La casa grande es un baño público. De la frondosa selva sólo queda un copete de árboles en el volcán. Las palmeras se secan. No hay venados, ni changos. El turismo se ahuyentó como el canto de las chachalacas.

En estos tiempos de crisis la gente desea encontrar en alguna de las siete cuevas el famoso tesoro del pirata Lorencillo, escondido en Montepío desde 1683, al ser perseguido por una flota española después del asalto a la ciudad de Veracruz.

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