Nacer, Crecer y Olvidar por Roberto Ramírez Rodríguez


Desde su navío, el soldado español San Martín, vió la erupción de un volcán en suelo veracruzano. La tripulación, ni tarda ni perezosa, pidió al capitán del barco, y éste a sus superiores, que la enorme y humeante montaña llevara el nombre del militar. Ese día, la algarabía que despertó el descubrimiento duró toda la noche.

El imperio español, dueño de todo lo que había visto en la tierra conquistada, no sólo se apoderó de los sueños de los nativos, sino también de su modo de ser y hablar. Renombró a los volcanes, animales, plantas, alimentos y cosas. Permutó creencias y oraciones. A la diosa Tonatzin la convirtió en la virgen Guadalupe.

Cuando el soldado descubrió al volcán, ya tenía nombre. Los nativos lo nombraban Titepetl que, en el idiomanahuatl, significa: cerro de fuego.

Sin embargo, el sobrenombre San Martín ha permanecido a través de los siglos y ha sido, y sigue siendo, un referente distinguido para los navegantes en los mapas de navegación. Es, también, una aguja orientadora para los náufragos y los paseantes.

El día del avistamiento nadie imaginó, ni siquiera el soldado, lo que estaba sucediendo en las faldas del volcán: una lucha desesperada entre la naturaleza convulsionada y los indígenas de la tierra del Ixtlan, sobre todo, los asentados en la parte oriente de las faldas del rugiente volcán que vomitaba fuego.

Mientras el suelo temblaba y surgían truenos de las entrañas de la tierra, los habitantes bajaban corriendo por los caminos fracturados y las empinadas laderas. Iban presurosos en busca de mejores y seguras tierras.

El cráter escupía lava que corría por el cauce de los ríos, desaparecía casas, ardían las selvas y los animales huían despavoridos quien sabe hasta donde porque todo era fuego. Fueron muchos días de pánico, angustia y horror. Para unos, esta desgracia era un castigo divino de sus dioses. Para otros, era el fin del mundo. Pero, unos y otros, lloraban; llenos de miedo tenían pena por el sufrimiento de los pobladores.

No era la primera vez que el volcán hacía erupción; hubo otras más que ocasionaron perdidas humanas; casas, templos y sembradíos quedaron derruidos. Pero, la de 1793 fue la última y la más peligrosa. En esa ocasión, los migrantes aterrados, transitando día y noche por caminos impensados, llegaron a un lugar al que llamaron Tzacoalco –lugar entre cerros-, un hermoso valle en lo que hoy está asentado San Andrés Tuxtla, Veracruz.

Nacía una nueva historia.

Lo primero que hicieron al llegar al hermoso valle fue obedecer las voces de sus dioses: buscar un nacimiento de aguas cristalinas, bañado por la sombra de una enorme Ceiba, que serviría para abastecer al poblado. Al encontrarlo, le dieron nombre: Puchuapan –lugar donde crece la Ceiba-. Ceiba que, de acuerdo con los dioses, sería el enlace divino entre la tierra y el cielo.

El que tomare agua del nacimiento, cubierto por la sombra del enorme árbol, estará conectado eternamente con los dioses, decían.

Y se conectaron. Poco a poco, la población fue creciendo alrededor de la poza con el referente de la Ceiba maravillosa. Se levantaron casas, comercios y por ahí pasaba el camino principal que venía de otros poblados. Las veredas que comunicaban a los barrios se convirtieron en calles que iban a dar a la pila de agua natural. Abastecido con suficiente agua, el poblado original pronto se convirtió en villa y después en ciudad.

Años después de su fundación empezó a construirse la iglesia católica de Santa Rosa y un encantamiento envolvió al pueblo: Nacieron cuentos, leyendas e historias, de aparecidos y desaparecidos. La profunda “cueva del diablo”, en los límites del poblado, se convirtió en el lugar preferido de los brujos, adoradores de las sombras y las tinieblas.

Después de la última erupción, el volcán, que formó una laguna que baja de nivel en época de lluvias y en la sequía aumenta considerablemente, se quedó dormido pero no apagado, dicen los vulcanólogos.

Sin embargo, había que cuidar el agua cristalina del manantial de Puchuapan ante el crecimiento de tanta gente. Para protegerlo, corrió la voz: En la cueva donde nace el agua hay Chaneques, dioses de la mitología mexicana, que en la lengua nahuatl se traduce: Seres que habitan en lugares peligrosos. Y Puchuapan, un mundo sombrío y peligroso al que se entraba por la boca de una cueva disimulada por una Ceiba, era el refugio propicio de los Chaneques.

A partir de entonces, empezaron a escucharse voces en el manantial que parecían provenir de la penumbra del lugar. Este panorama encantado dio certeza a los habitantes, sobre todo a los que desperdiciaban el agua, de que en ese lugar habitaban los hombrecillos con cuerpo de niño y cara de viejo, parecidos a los duendes europeos de los cuentos. Medían un metro de estatura y tenían aspecto de viejitos; eran nobles guardianes de los bosques y de los nacimientos de agua cristalina. Escondían las cosas de la gente que se atrevía a perseguirlos.

Ante esta noticia, las madres del pueblo colgaron amuletos a sus hijos –ojo de venado, cruces de palma o les ponían la ropa al revés- para protegerlos de estos hombrecillos que tenían fama de llevarse a los niños a sus guaridas.

Mucha gente jura haberlos visto. Afirmaba que parecían enanos de enorme cabeza y piel de color chocolate que los hacía disimularse con las paredes cavernosas.

La imaginación voló: Algunos niños aseguraban tener escondidos a estos nobles seres en los tapancos de sus casas como le pasó al extraterrestre E.T.,de la película.

Siendo un niño, todos los días caminaba por la misma calle en donde estaba el manantial cubierto por la sombra del frondoso árbol. Me gustaba escuchar el murmullo que venía del nacimiento.

Hace unos días, caminé nuevamente por el mismo lugar. Aún se encuentran los pequeños escalones de piedra, clavados en la tierra, que desembocan en el manantial. La Ceiba le sigue dando sombra y, ahora, a las mujeres que lavan la ropa con el agua a las rodillas y su vestido arremangado. El lugar está cubierto de jabón y basura. El eco de las risas de las lavanderas ocultan el murmullo de lo que parecían ser las voces de los legendarios chaneques.

Cuando llegó el nombrado progreso, el agua potable y los caminos quedaron pavimentados; el nacimiento, nuestro embrión histórico, quedó sumido al levantarse el nivel de la calle principal. Fue abandonado. Los chaneques partieron en busca de un nuevo manantial cubierto por la sombra de una Ceiba. La ciudad que descuida u olvida su pasado, no sabe en que momento vive.

Roberto Ramírez Rodríguez

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