El Hombre que llegó del Mar por Roberto Ramírez Rodríguez


Así como los mayas llegaron del mar para crear grandiosas civilizaciones en México, así también, un profesor español llegó del mar con el fin de fundar en territorio mexicano, la extraordinaria enseñanza de la Técnica Freinet.

Ese hombre fue Patricio Redondo Moreno; nació en 1885 en El Cubillo, una población perteneciente a la provincia de Guadalajara, en España. Sin embargo, cada vez que le preguntaban su edad afirmaba que había nacido en 1940, el año que llegó a México con un numeroso grupo de republicanos que huían de la dictadura franquista.
Antes de abandonar su patria la vida del profesor Redondo estaba inmersa, con un grupo de maestros, en las concepciones educativas de Celestín Freinet, un humilde profesor francés que vivificaba su pensamiento en la transformación de las tradicionales rutinas de las escuelas de su país, tan absurdamente contrarias al gozo de la vida, de crecer y crear.

Freinet, convencido de que todo progreso había de originarse a través de la práctica colectiva, propuso la imprenta en la escuela, nueva técnica escolar que atrajo el interés de muchos maestros del mundo, entre ellos Patricio, y que despertó la pasión de los niños por la enseñanza.

Yo, que apenas había nacido en 1940, era un niño. Nací, cuando Redondo llegó a México. Sin embargo, más adelante, al escuchar el decir del profesor de la fecha de su nacimiento en México, hacía cuentas de los años y llegué a la conclusión de que ambos teníamos la misma edad. Con esa deducción infantil, pensé en cómo sería mí vida recibiendo las primeras enseñanzas a través de Patricio; jugar con él, ir al cine o retozar en el parque como lo hacía con mis amigos.

Esa duda permaneció en mi mente durante algunos años, hasta que lo conocí personalmente: un día inesperado, mi padre me llevó a inscribirme en su escuela, la Experimental Freinet en San Andrés Tuxtla, Veracruz; al tenerlo enfrente, comprendí que el maestro no era un niño como lo suponía pero, por el trato cordial que nos dio, intuí que amaba a los niños. Su voz ronca, tez blanca, el pelo entrecano, los ojos vivarachos y la palabra precisa, me impresionaron. Vestía guayabera, pantalón de color caqui, reloj de bolsillo con su leontina metálica y un ancho cinturón gastado con el tiempo.

Vivía en un reducido rincón de la escuela en donde apenas cabía un catre y en la pared colgaba un almanaque del año; comía en una pensión y antes de caer la noche saboreaba un vaso rebosante de chocomilk con sus galletas en forma de animalitos. Todos los días recibía a los niños en el portón de la entrada de la escuela con un trato afectuoso y la palabra amable y, a las niñas, las hacía girar y se inclinaba para besarles las manos. No obstante, dentro del aula era firme y a veces duro con los indisciplinados, no por sistema, sino según fueran las circunstancias.

En muy poco tiempo me adapté a la escuela, aprecié al verdadero maestro no sólo en el salón de clases sino en cualquier reunión o lugar público del poblado. No se perdía en el anonimato fuera de la escuela; conservaba su personalidad en todo momento. En muchas ocasiones, lo escuché disertar sobre todo lo que le interesaba, así fuera de arte, literatura, teatro, ciencia y  política, en su más amplio sentido.

Me llamaba la atención la correspondencia que le llegaba de todas partes del mundo, en especial, de maestros amigos pedagogos como Celestín Freinet, Costa You, Herminio Almendros, José de Tapia Bujalance, Antonio M. Benaiges y de escuelas del mismo sistema. En las noches, era común verlo escribiendo y leyendo sentado en su escritorio bajo la luz de una potente lámpara y recibiendo el aire que venía del norte por una pequeña ventana. Con sus visitantes comentaba las columnas periodísticas más importantes del día.

Frente a él, había un radio de onda corta para escuchar las noticias internacionales. Fue una sorpresa para todos cuando compró una televisión porque en el pueblo, rodeado de montañas, no se veía aun la imagen pero si se oían las voces perfectamente. Ávido por las noticias, el aparato lo tenía al día de los acontecimientos nacionales y de las corridas de toros.

En la escuela no había engorrosas tareas. El niño debe tener tiempo para jugar, decía. Muchos niños regresábamos a la escuela después del horario de clases; a veces, le pedíamos que hablara a nuestras casas para justificar nuestra presencia en la escuela; ignoraba que aun llevábamos el mandado de la compra de tortillas, encargo de nuestras madres para la merienda. Ya de noche, desde el patio de la escuela, escrutábamos el cielo con el telescopio: Marte y los cráteres de la luna nos eran propios. Lo que veíamos o descubríamos en la bóveda celeste lo escribíamos, dibujábamos y después lo imprimíamos.

Era emocionante ver la luna y más todavía acompañados de música clásica, en especial el Bolero de Ravel, que nos ponía Patricio. Nada nos detenía, ni las lluvias torrenciales ni el calor insoportable, para llegar a la escuela y jugar ajedrez con el maestro que a veces se enojaba cuando perdía.

Con el mismo interés y la pasión desbordada por conocer los planetas y jugar ajedrez, también escuchábamos de Patricio la lectura de un buen libro sobre todo cuando se trataba de la liberación de los pueblos oprimidos. Recuerdo un día lluvioso, de rayos y relámpagos, cuando el maestro nos leía la historia de los Mau Mau, luchadores sociales africanos en pos de su libertad: De pronto, al maestro se le adelgazó su voz, acarició el lomo del libro y no pudo continuar con la lectura. Estaba emocionado. Le aplaudimos y siguió leyendo.

Cuando Patricio llegó a México venía envuelto en una cobija. La tierra mexicana que pisó por primera vez fue la de Coatzacoalcos, antes Puerto México, Veracruz. Durante la travesía por el Atlántico, el barco en el cual viajaba fue presa de un huracán que obligó a toda la tripulación a lanzar sus pertenencias al mar con el fin de aligerar el peso de la embarcación; con mucha tristeza el profesor arrojó al agua su imprenta escolar, que había traído abrazada durante todo el viaje como si fuera un hijo, y sus mínimos ropajes, para no zozobrar.

Patricio, que no era afecto a hablar de estas cosas ni de su vida en España, partió de Puerto México a San Andrés Tuxtla en donde se entregó plenamente al medio que lo había acogido con gran afecto: un pueblo pequeño con mucha vegetación, casas de muros gruesos, tejados de dos aguas, calles adoquinadas, faroles a media calle y gente amable y trabajadora que, aparentemente, se sentía satisfecha y orgullosa de la enseñanza de sus hijos que los había convertido en una especie de sabios.

Sin embargo, la llegada de Patricio cambió todo en San Andrés. La gente de visión más clara y los mejores hombres del pueblo fueron adquiriendo conciencia de la presencia del profesor español que había llegado del mar, del destino de la enseñanza y de la mentira interesada por seguir construyendo una educación con la que había crecido el pueblo.

La escuela oficial recibió un fuerte golpe. Empezó a declinar cuando los niños empezaron a llevarles a sus padres la evolución de las publicaciones de la escuela a través de la imprenta escolar. Nacieron muchos cuadernitos impresos, entre ellos: Xochitl, Mi afán, Nacú, Mexicanitos… A partir de entonces, inició una nueva etapa de concepciones pedagógicas al servicio de la vida infantil.

A los pocos días de que Patricio quedó instalado en el pueblo, nada lo detuvo: sin recursos, empezó a dar clases debajo de un frondoso árbol en los alrededores del poblado. Una gran sombra acogió a los alumnos, la mayoría indígenas que lo ayudaban a conseguir sus materiales didácticos como palitos de paletas, hojas de árbol y cajitas vacías de cerillos.

Sin embargo, Patricio tenía la idea de que la escuela debería parecerse a las hermosas casas de Sanandrés: la escuela debe ser la continuación de la casa, decía. Y así fue.

Muchos años después, los niños se mudaron del aula al aire libre a una casa tradicional con un jardín al frente, un corredor con su pollito y la cubierta de teja y muy fresca. En la nueva escuela las cosas no variaron: los hijos de indígenas, soldados, profesores y trabajadores pobres, ocupaban la mitad del espacio de la escuela gratuitamente. La otra mitad, los niños pudientes. El profesor mandó hacer a un herrero una prensa escolar a la manera de las de Celestín Freinet y, una vez concluida, la escuela se plantó en el centro de la ciudad.

A los niños nos tocaba escoger los temas a nuestra conveniencia. Leíamos nuestros textos en el aula. Escribíamos los títulos en el pizarrón. Después de analizarlos se votaba y el elegido se imprimía. Había, en este ejercicio pedagógico, la ventaja de la redacción libre y espontánea motivada por la imprenta, el periódico escolar y los intercambios escolares. Entre la selección de los artículos y dibujos por los mismos alumnos y la corrección común, resaltaba en el niño una especie de exaltación y de liberación al ver plasmado su pensamiento, ilustración y difusión, en caracteres impresos.

Era tanto el despertar pedagógico en la región que el gobierno revolucionario de Cuba, a través de Herminio Almendros y Costa You, afamados pedagogos y compañeros de Patricio, invitaron al profesor a Cuba con el fin de instalar la escuela popular Freinet en la isla. Desde luego Patricio desechó la invitación porque no podía dejar a la mitad del camino el trabajo pedagógico que había emprendido en el pueblo que lo había cobijado con gran afecto.

Patricio murió el 31 de marzo de 1967. Nunca permitió que los niños de su escuela marcharan juntos en los desfiles cívicos, o atrás, de una escuela de monjas; no permitía, ni por asomo, que su clase fuera interrumpida por nada ni por nadie. Un día de campaña política Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República, visitó el pueblo en busca del voto popular; ocurrente, como todos los políticos, se le hizo fácil visitar la escuela en día hábil y a las 11 de la mañana. Cuando llegó al plantel escolar con cientos de simpatizantes se encontró con el profesor que salía a la puerta para saber que ocurría afuera por el alboroto que había.

-Soy Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República de México, le dijo el soberbio político al profesor. Deseo conocer la escuela y platicar con Usted. Reiteró.

-Mucho gusto señor candidato, contestó Patricio, pero, en estos momentos no puedo atenderlo porque estoy en clases. Si gusta, lo espero después de las cinco de la tarde.

El candidato se marchó y más adelante los comentarios de la frustrada visita no se hicieron esperar: Me ha dado una lección el profesor Redondo, comentó Díaz Ordaz a sus allegados y regresó después de las cinco.

Hoy día, los reconocimientos a la escuela se dan a cada momento. Irwin Luckman, destacado arquitecto norteamericano, después de visitar la escuela Freinet y platicar muchas horas con Patricio en la soledad de un salón de clases, comentó: No sé que es más importante para la niñez de México, si la escuela Freinet o Patricio Redondo.

Además de mostrarnos el camino para observar las estrellas y de plasmar nuestro pensamiento en un cuadernito impreso Patricio, con su visión pedagógica, avizoró el futuro de la humanidad:

Un día no muy lejano, argumentó, el enorme mundo se hará muy pequeño. A través de las ondas que surcarán el cielo los pensamientos del Hombre viajarán de un lugar a otro en breves segundos; la comunicación humana será el centro del Universo. Sin embargo, deberemos tener cuidado para que los niños participen y esta unión sea limpia y honesta como debe ser la humanidad. Quizás se refería al Internet.

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