El Señor Presidente por Roberto Ramírez Rodríguez


En el ayer, me tocó vivir en una ciudad pequeña. Un pasado lleno de cuentos, relatos y leyendas populares. Aparecían chaneques, hombrecillos que salían de las cuevas para hacer travesuras a la gente. En los sombreados callejones vagaban aparecidos clamando por las cosas que habían dejado pendientes en esta vida. Los brujos curaban el alma.
Cada vieja casona era una historia. Historias de moradores con frases que surgían de acuerdo con las diarias vivencias; por ejemplo, en esta época de crisis, una de ellas sería: primero comer que ser cristiano.
Destacaban personajes populares a los cuales la pobreza, abandono, desesperación, soledad, o lo que haya sido, los convirtió en historia:
Recuerdo, como si lo estuviera viendo, al negrito planchador, caminando por las calles, avisando de su llegada con su bien ganada fama de planchar, y planchar bien, una docena de ropa con una plancha de alma de carbón ardiente, tan sólo en unos minutos.
Era común encontrarse en el parque con el ciego Agustín, personaje inolvidable, que saludaba mencionando el nombre de la persona. Más: una mujer entrada en años que no recuerdo su nombre, y tal vez no lo recuerde nunca, correteando a los niños con un palo en la mano cuando le gritaban: ¡Arriba Alemán y abajo Padilla!.
Entre otros protagonistas estaba Pola, la mujer dedicada a buscar a su marido extraviado, según ella. Otro era Licho, vendedor de periódico que ofrecía la publicación silbando la canción de moda.
Aun se cuenta la lejana historia de un sastre que, de tanto ver y sentir la desigualdad social y económica entre la gente, cayó en la depresión y empezó a vivir una realidad que no era la suya: se convirtió en el señor presidente. Trataré de narrar lo más cercano a la realidad o, mejor dicho, hasta donde alcanza mi memoria, lo cual equivale a lo mismo, la historia de este buen hombre que vivió en San Andrés Tuxtla.
Empezaré por decir que estos y otros personajes, vivieron más de la mitad de su vida en medio de una dictadura priísta; en ese lapso inolvidable, nadie levantaba la voz para quejarse del caduco sistema político pero, eso si, todos se quejaban en la intimidad del rumbo equivocado que había tomado México después de la Revolución.
Fue tan fuerte la influencia que ejercieron los presidentes priístas sobre políticos y gobernados que, en la actualidad, aun son imitados en su modo de actuar, hablar y gesticular, como un medio para escalar peldaños políticos. Sin embargo, con esta táctica, a muchos les fue bien en la política pero otros, los menos, perdieron la brújula de su vida y brincaron la raya.

El sastre, un político priísta que vivía en el poblado en una modesta casa de tabique y madera, era alto y ligero, de rasgos afilados y ojos grises. Su rostro adusto le daba un aire de tranquilidad misteriosa. Vestía de negro, lo cual era raro en esa tierra caliente.
Abría su sastrería muy temprano no tanto por ser un hombre cumplido con su quehacer, que sí lo era, sino porque eso le daba oportunidad para estar atento de las noticias del radio mientras zurcía. Leía periódicos, revistas y una página diaria de la Biblia, sentado en una cómoda mecedora. Estar bien informado de lo que sucedía en México y en el mundo le daba la oportunidad de asesorar a mucha gente ávida de resolver sus demandas sociales. Bien instruido, sus fieles seguidores buscaban su aprobación de lo que decían viéndole el rostro; lo llamaban señor presidente, sin embargo, no le gustaba que le dijeran así. Siempre contestaba: el señor está en los cielos y yo soy de la tierra.
Así pasaba su vida el sastre: zurciendo y zurciendo, meciéndose en su sillón, ayudando a la gente y tratando de entender el por qué las soluciones populares que anunciaba el presidente de la República no llegaban, o tardaban mucho en llegar a su pueblo. Todos sabían que era un hombre que no hacía mal a nadie, pero nadie imaginaba lo que se estaba gestando en su mente entre zurcido y zurcido: su voz empezó a cambiar. Gesticulaba al hablar. Y, seguramente, de tanto escuchar que lo nombraban señor presidente, empezó a creerlo.
Siento que es aquí cuando empieza la historia:
Un día especial, de descanso obligatorio, su familia, que se había quedado a descansar en casa como mucha gente del pueblo, entró al cuarto del sastre para invitarlo a un día de campo. No hubo modo de hacerlo. Asombrada, vio que estaba parado frente a un espejo de cuerpo completo. Hablaba con un ser imaginario. Le daba la mano, inclinaba el cuerpo como se acostumbra en una ceremonia diplomática. Tenía la mirada fija como si quisiera dar el paso para meterse en la enorme luna, la puerta de un mundo deseado.
La familia empezó a observarlo. Se dio cuenta que cuando regresaba de su trabajo iba directo al espejo como la bruja de Blanca Nieves. Se encerraba y pasaba muchas horas hablando con el personaje imaginario que estaba adentro. ¿Cómo está Usted? Escuchaban que decía. Y se contestaba: Yo muy bien, sorteando problemas que crecen tanto como crece la gente.Soltaba una seca y corta carcajada y se decía a si mismo: Cuando uno habla con un colega, hay que verle a los ojos para no demostrar sumisión.
Creo que desde que la gente lo nombró por primera vez señor presidente el sastre  empezó a soñar como tal. Desde luego, no soñaba con el Premio Nóbel de la Paz tan ambicionado por casi todos los presidentes de México; al contrario, su sueño consistía en organizar un Congreso Mundial de todos los presidentes del mundo en busca de la paz mundial.
El día que salió de su sastrería, ya como presidente, sabía que tenía que actuar como lo que era. Y así lo hizo: caminaba derecho, entiesado y sin el maquillaje discreto que se ponían los demás presidentes que se cubrían sus rostros con el tenue color de los pétalos de una pálida rosa. No hacía falta hacer eso, decía, el amor del pueblo me maquilla y yo le mando un abrazo que abarca a todo el pueblo; y abría los brazos como si el pueblo estuviera dentro de ellos. De vez en cuando soltaba una frase en el momento preciso:El que no sirve para servir no sirve para vivir.
Caminaba con paso firme y sin arrogancia. Pose que, afirmaba, era la llave para demostrar frente a la gente la seguridad que tenía uno en si mismo y la rectitud en sus acciones. En fin, era el hombre que México necesitaba.Repetía esta frase que la había escuchado en el radio.
Pero el mundo en el que estaba metido pronto lo atosigó. Lo que había aprendido de sus antecesores, no lo convencían. Decía que para destacar el carisma que le había concedido Dios con el fin de conquistar el principal cargo público de la nación no hacía falta pintarse el pelo, ni fijar la sonrisa en su rostro, ni gesticular con elegancia. No hacia falta ponerse serio, enojarse a tiempo y soltar de vez en cuando una lágrima con el fin de parecer ante la gente como un ser sensible, muy humano. Por eso,desechaba todo lo superfluo.

Un día lo miré haciendo guardia en el monumento a Benito Juárez que se encuentra frente a la Iglesia. Al concluir, se paró en la explanada rodeado de sus seguidores y exclamó: Los que rezan más pecan más; saben que se van al infierno. Para él, estas palabras eran el mejor homenaje al indígena zapoteca, creador de las Leyes de Reforma.
Un día inesperado, el presidente municipal del pueblo recibió la noticia que el presidente de la República estaría en el pueblo unas cuantas horas. Sin pensarlo más, ordenó detener y encarcelar al señor presidente para evitar que llegara al recinto del palacio municipal e interrumpiera la sesión del Cabildo. No podía haber dos presidentes juntos. Al concluir la junta salió libre. Cuentan, los que se acuerdan, que el señor presidente no recordó esos momentos desagradables y se marchó a su casa entre los aplausos de algunas personas que pasaban por ahí.
Después de ese altercado jamás supe nada de él. Alguien me dijo que seguía zurciendo y zurciendo.

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