El perro panteonero por Roberto Ramírez Rodríguez


Roberto Ramírez Rodríguez

Un perro domesticado en el hogar o en el trabajo hace feliz a la gente, pero, cuando el animal lleva el nombre de lobo es lo supremo para el amo y para el perro, un honor llamarse como sus ancestros.
De joven tuve un perro que parecía lobo, sin embargo, por alguna razón que no recuerdo, le puse Venado. Era obediente, cariñoso y fiel. Me seguía a todos lados. Movía la cola al verme llegar. Cuando lo llevaba al campo los campesinos me decían: “perro que no mueve la cola no es perro, es fiera”. No sé si en el cielo haya un lugar para perros pero si lo hay, seguramente Venado debe estar ahí.
Los aztecas y toltecas consideraban que el amor más puro del mundo era el que había entre el perro y su dueño. Y al revés. Los dos juntos recreaban una mancuerna indisoluble que permanecía intacta hasta la muerte del amo, que pedía ser enterrado con el noble animal para que intercediera ante el dios de la muerte explicándole sus buenas obras, acciones y razones.
Lo asombroso de este pasaje es que el perro Xoloitzcuintleperro pelón mexicano, después de sus viajes incansables al cielo o el infierno metido en un ataúd, aun permanezca entre nosotros. Su raza se distingue de las demás por un copete en la cabeza y el cuerpo sin pelos. Es inteligente, fiel, vegetariano, curativo y a veces era servido en los suculentos banquetes.
Formaban parte de la realeza. Cuando los volcanes se cubrían de nieve y el frío arreciaba, los soberanos aztecas ocupaban al perro pelón como bolsa de agua caliente para calentarse los pies. Pero eso no era todo: curaban el asma y removían conciencias al momento de soltar lágrimas por un regaño o por la tristeza de ver a su amo enfermo. En ese tiempo lejano el Xoloitzcuintle no ladraba; fue, durante la Colonia, cuando los perros de los españoles les enseñaron el mal hábito de ladrar y mover la cola.
En la actualidad, hay muchas razas de perros pero pocas sobresalen por su inteligencia, buen olfato, y ser fieles a sus amos. Muchos de ellos, han hecho historia y otros se convirtieron en mitos. Mitos geniales como el de Argos, el viejo perro de la Odisea, que antes de morir, haciendo un último esfuerzo, le movió la cola a Ulises, su amo.
Un mito eterno es el de Cancerbero, el perro con tres cabezas más temido de la humanidad, guardián de las puertas del inframundo. No movía la cola. Con él, no había escapatoria para los pecadores en caso de pensar siquiera en escapar del territorio candente eternal.
En el mundo hay cosas perrunas incomprensibles.
Aun no se ha dado una amplia explicación del por qué los egipcios, habiendo tantos perros en su tierra, adoraban a los gatos por considerarlos representantes de una diosa celestial.
Además, todavía no se sabe el verdadero origen de los perros callejeros: se supone que provienen de un cruce de razas caninas en despoblado y que, abandonados a su suerte, van de un lado a otro en busca de comida o de un albergue para pasar la noche. Son dueños de las calles, mercados y jardines, de los pueblos. Nada hacen ni tienen a quien acercarse para que les indique que hacer. Pero eso si, conservan la chispa de la inteligencia y mueven la cola; levantan la pata para orinar sobre un poste, en donde les apure.
Hace muchos años, el día de la feria de San Andrés Tuxtla, llegó el circo a la ciudad. Entre tanto divertimiento, traía tigres y panteras. Sin embargo, los dueños de la gradería estaban preocupados no tanto porque no habían traído a los leones sino porque la carne de los flacos caballos que servía para alimentar a sus animales, se había agotado. Así que, sin pensarlo más, hicieron un llamado urgente a la población: “compramos perros callejeros”.
Nadie les hizo caso.
Sólo hubo una persona que empezó a capturarlos. No podía desechar esta oportunidad: un buen negocio en el cual no invertiría en sembrar, solamente en levantar la cosecha inagotable. “La cosecha de perros es como la de las mujeres, nunca se acaba”; afirmaba sonriendo el perrero que empezó a presumirles a sus amigos de su perspicacia como comerciante y de su futuro promisorio por la gran empresa que pronto consolidaría. Es más, caminaba por las calles, a plena luz del día, luciendo a los cautivos animales amarrados con largas correas, sujetas a sus manos, rumbo a su perrera improvisada.
Sin embargo, a veces las cosas no son como se piensan. Y esta vez, al  “perrero” le salieron mal: cuando decidió presentarse al circo para cerrar la operación comercial de un centenar de perros, se encontró con una desagradable sorpresa: el circo se había marchado a la feria de otro pueblo. No había quedado en el lugar ni una huella de los amarres de la lona que cubría la pista o la tramoya. El mundo se le vino encima al desesperado y fracasado comerciante que terminó por soltar los perros y un manto de fétido olor a perros flacos, sucios y hambrientos, le cayó a la ciudad.
En otro tiempo, pero en la misma ciudad, un perro callejero seguía el ritmo de la vida citadina alejado de los líos callejeros y malas compañías. Era de color café oscuro con un mechón que le cubría una mancha blanca en la frente y sus grandes orejas. Inteligente e intuitivo, estaba rodeado de un halo misterioso que hacía que los moradores preguntaran cada vez que lo veían en el panteón: ¿De dónde sale este perro? Nadie sabía quien era, ni de donde venía, pero si se sabía, y muy bien, que siempre aparecía en el atrio de la Iglesia al tañer de las campanas llamando a misa de difunto.
Al llegar al templo, agachaba la cabeza haciendo suya la pena que embargaba a la llorosa familia así fuera rica o pobre. Moviendo la cola se asomaba al altar mayor para cerciorarse de la presencia del cuerpo presente. Sentado, miraba fijamente la caja del muerto. Inmóvil, con los ojos fijos, no parecía percibir nada de lo que sucedía a su alrededor. Miraba a la gente y al ataúd como si contemplara dos universos distintos y distantes enfrentados en ese momento: vida y muerte. Escuchaba la misa un rato y cuando el sacristán tocaba la campanita llamando a la comunión salía del templo y se sentaba en el atrio como esfinge.
Al terminar la misa, hombres desconsolados salían del templo cargando el féretro rumbo al panteón y atrás, en la última fila de los dolientes, iba el perro caminando apesadumbrado. Al llegar al cementerio, el perro observaba con sus ojos ofuscados a los que rodeaban la fosa: a la mujer inconsolable que lloraba y lloraba, al joven con los ojos hinchados de tanto padecer. Al abuelo descansando su cuerpo sobre el nieto aturdido. A la mujer que no fue vestida de luto. Caos de sollozos y el rito acostumbrado: una flor sobre la tumba.
A la hora de partir cada quien tomaba su camino. La imagen del “perro panteonero”, caminando de regreso rumbo al centro de la ciudad, recordaba a Argos moviendo la cola mientras se perdía entre la acera de sombra de la calles soleadas de la ciudad. Cuando hacía alto frente algún comercio, el dueño lo corría a patadas o le echaba agua para que se fuera.
-¡Perro de mal agüero, vete de aquí! Le gritaban.
El obediente y humilde can se marchaba como había llegado: en silencio y respetuoso. Ni siquiera gruñía. Nadie lo volvía a ver hasta que aparecía nuevamente para despedir al siguiente pecador de este mundo que ya no era. Entonces, aparecía en el atrio de la iglesia con la cabeza baja.
Un día no muy lejano, ya no se presentó al doblar las campanas que sabía descifrar muy bien. Posiblemente aun ande caminando entre polvorientos caminos o se marchó a otros pueblos con el fin de cumplir con la creciente demanda de muchos seres humanos que se van de este mundo confundidos, atemorizados, desamparados, y que siempre desearon la compañía de alguien que los mirara desde abajo, moviendo la cola, despidiéndolos en su largo camino a la eternidad.

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