El río ya no canta…


Padre: Están matando a la tierra…¿Qué le han hecho al bosque que ya no tiene árboles? El río ya no canta. Sin leña y sin peces, tendremos que quemar la barca…

Serrat
Habitamos en un complejo mundo dominado por impulsos económicos que nos hacen cambiar para bien o para mal; este lugar común es también el escenario de los conocimientos adquirido durante nuestra caminata, desde el acontecer de nuestra existencia en el planeta, hasta la fecha.

Las huellas de los pasos de nuestros andar por el mundo nos han dejado profundos conocimientos científicos y tecnológicos que nos pertenecen a todos, pero, a la vez, son prestados; forman parte del acervo cultural de la humanidad que guarda nuestras experiencias, reflexiones y conocimientos, desde el tiempo lejano en que el hombre descubrió el fuego y la rueda hasta los actuales viajes siderales.
Así, andando por el mundo, no nos hemos detenido; sin embargo, no hemos sido capaces de vislumbrar mensajes, estímulos y sueños extraños, que nos llegan en cada momento y que acosan al planeta y la especie humana.
El más recurrente de estos sueños, más abundante en los hechos que en la memoria, inició apenas hace algunas décadas. Proviene de los gobernantes de los países poderosos del orbe: Convertir al mundo en un solo mundo dependiente de la ciencia y olvidar los valores humanos de cada nación con el fin de convertirlos en un solo valor: El dinero.
Sueño periódico que inició uniendo nación con nación, como si fuera un rompecabezas, hasta lograr la figura del planeta, teñido con un solo color que representara el comercio mundial. Mancha enorme, del mismo tono, por donde pudieran transitar libremente los hombres, sin importar razas ni religiones, con el fin de dar paso al libre comercio mundial.
Eterna quimera que cristalizó; se extendió por el mundo con tal rapidez, que el tiempo que ha durado – cuatro décadas- no sólo fue suficiente para engrandecer económicamente a los hombres más ricos del planeta sino también aumentó la pobreza en el mundo. Por las fronteras abiertas entraron a las naciones, socias de este proceso comercial, la competencia desleal, el desorden y libertinaje. Confines abiertos por donde llegó para quedarse la especulación. Ambición y codicia. Acaparadores y traficantes. La moneda se convirtió en el emblema del poder; en un dios. El mundo entró en crisis.
Sueño malogrado. Los países pobres se hicieran más pobres y los pocos países ricos más ricos.
Se acaban los bosques. Se secan los ríos. Crecen los mares y los peces se refugian en el fondo de los lagos. Sólo nos quedan las palabras, cantos y poemas, dedicados a la supervivencia de la Tierra, a su fertilidad mutilada. Pareciera que vivimos la época del inicio del mundo cuando los indígenas le cantaban a la Luna para que les enviara la lluvia para sus cosechas.
Pero, ¿de dónde proviene que nuestro mundo haya caído tan bruscamente de su esplendor económico y cultural en pocos años? ¿Fue acaso el hombre, fruto individual de la humanidad, el responsable del medio en que hoy vivimos, trabajamos y nos recreamos? ¿Fue el pensamiento de los hombres poderosos del mundo que instauraron la globalización para favorecer a los hombres del poder: industriales, financieros y políticos, impulsados por el estado de ánimo comercial mundial?
Cuando se habla de las crisis que agobian al mundo, casi todos pensamos en la económica, ya que es la que afecta directamente a la clase poderosa.
Hace unos cuantos días, la ONU reveló el informe para la Alimentación y la Agricultura en el mundo:
“Uno de cada seis habitantes del planeta pasa hambre todos los días. No es que las cosechas hayan sido malas. La falta de alimentos en las mesas de mil 20 millones de personas en todo el mundo –cerca de 10 veces la población de un país como México y casi el doble de la América Latina- es provocada por la crisis económica, que ha causado a la vez una disminución en los ingresos de los más pobres y un alza del desempleo”.
“…El problema ahora no es que escaseen los alimentos, sino que la gente más pobre y la que se ha empobrecido como consecuencia de la crisis, no puede pagar por ellos”.
Pero la crisis alimenticia de los millones de seres en el mundo no parece ser de mayor prioridad porque todos los aquejados son pobres.
La fuerza del poder, aliada con muchos medios de comunicación, sobre todo con la televisión, procura que sus planes políticos, sociales y económicos, trasciendan en los países pobres con prontitud. Y, las empresas televisivas, después de abandonar los ideales originales culturales para las que fueron creadas, mienten. Repiten una mentira mil veces y la convierten en verdad. Con la venia gubernamental, nos inculcan la cultura ajena de los países poderosos. Nos confunden. Nuestra realidad es trasmutada en nuestros propios hogares a través del cajón de las imágenes.
Así, los hilos de las muchas crisis que nos afectan -pobreza, financiera, valores humanos, ecológica y democrática – nos van dando una certera radiografía de los sistemas políticos actuales que se cubren con una máscara democrática, ocultan su verdadero rostro con el fin de que la esencia de su pensamiento vaya alterando costos comerciales, aumentando ganancias, especulando, empobreciendo a la gente y defendiendo el privilegio de la cada vez más reducida minoría rica, con consecuencias cada vez más siniestras para nuestro planeta como la contaminación de nuestros cielos, mares y tierra.
Las naciones ricas, pintados con el mismo color de las naciones pobres, tienen como fin destruir la soberanía de las naciones que ahora están padeciendo las crisis económica y alimenticia. Sin embargo, ante la falsa imagen que ha procurado los medios de comunicación, los ojos de la gente se recrean formando castillos en el aire que es necesario ir desmantelando para que el ser humano sobreviva.
El hambre en el mundo no podrá ser abatida mientras no se recuperen las capacidades productivas en materia agrícola y se apliquen, en cada nación, directrices agrarias con un amplio sentido humano. Es decir, evitar que las naciones del mundo estén uniformadas con el mismo color y así, que cada una adopte  los diferentes colores vibrantes del Arco iris con el fin de convertirse en naciones autosuficientes, con capacidad para dar de comer a sus habitantes.
De lo contrario, si no es así, mañana del cielo lloverá sangre, como canta al mundo Serrat, el admirable poeta.

Roberto Ramírez Rodríguez

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