EL CURA DE CATEMACO


Existen ocasiones, pocas, en las que el trabajo puede resultar sorprendente tras ejercerlo durante más de 25 años, día tras día. Cuando apenas tenía veinte primaveras, oposité, lo que hace la mayoría de licenciados en lo que llaman carreras humanistas. Este nombre siempre me ha hecho gracia, por que el futuro profesional de las que las cursan dista mucho, en general, de tener algo de humano. Contra todo pronostico saque plaza, un discreto número, 628, que me permitió no alejarme demasiado de lo eran mis preferencias.
En este país mío, donde todos somos tan federalistas, los funcionarios desempeñamos básicamente la nada difícil tarea de conseguir que cualquier trámite, en especial aquellos que solicitan ayuda económica al gobierno federal,( o al estatal, o provincial, o local) , se pierda en un laberinto de solicitudes y formularios, de tal forma que si se llegara a resolver ya no fuera aplicable. De hecho hemos desarrollado un sistema basado en mínimos esfuerzos de resultados increíblemente provechosos para la madre patria. Tanto es así que desde que entré a formar parte del equipo de la Secretaria Provincial General del Ministerio del Estado de Veracruz para la Educación y Formación de la Juventud, ni un solo peso ha llegado a su destino solicitado, por haber desaparecido el objeto de la subvención, o por no haber llegado nunca a salir de las bolsas del erario público.
En general, mi trabajo consiste en eso, en enmarañar las solicitudes, generar formularios que requieran de una serie de prerequisitos previos, que a su vez precisen rellenar otros informes con sus imprescindibles y correspondientes vistos buenos de las autoridades públicas competentes. El proceso de obtener el último de los formularios suele llevar entre cuatro y ocho años, quedando entonces la revisión del Organo Superior del Consejo de la Secretaria, que se reúne cada año un par de veces. Al no alcanzarse acuerdo, cosa que nunca ocurre al no contar con suficiente presupuesto, se pospone hasta la siguiente reunión y si, milagrosamente, estos últimos tiempos sólo se escabulleron dos que llevaban más de cinco años estudiándose, se aprueba, falta aún conseguir el visto bueno del Secretario General al que yo personalmente le entrego la súplica. Con todo esto, hemos conseguido un proceso medio no inferior a doce años.
Hace tres semanas, lunes, es raro que se entregue ningún documento en lunes pues sólo clasificarlo cuesta cerca de tres días laborables, llegó a mi mesa una solicitud perfectamente cumplimentada. La fecha de inicio de las gestiones que figura en la primera página de un dossier de unos trescientos folios, era de apenas un mes anterior. Como es lógico hice llamar al responsable del glosario, para que corrigiera lo que, sin duda alguna se trataba de un error. Tras varias llamadas en las que se excusaron, sin duda no había agallas para justificar una errata en algo tan fundamental como la fecha de inicio, escuché al otro lado del interfono una voz, temblorosa toda ella, de mi subalterno que apenas llego a articular unas palabras confusas en las que pude comprender, y sin darle crédito, que no había tal confusión: la petición había completado todo su ciclo en poco más de un mes, Organo Superior del Consejo de la Secretaría incluido.
Decidí, inmediatamente ponerme en contacto con el Presidente del Organo Superior del Consejo de la Secretaría, para que me diera sin falta, alguna explicación para un hecho tan inexplicable como dañino (la escasez de fondos de la Secretaria Provincial General del Ministerio del Estado de Veracruz para la Educación y Formación de la Juventud no podía ser puesta en duda aprobando un expediente en ese tiempo)
Su secretaria le pasó mi llamada, la respuesta, si clara, resultaba inquietante “Esperaba tu llamada, pero sé que incluso tú habrías hecho lo mismo. Estudia el caso antes de perderlo. Hazte ese favor”
Decidí no responder de inmediato, por lo furioso que estaba, por lo sorprendente de lo acontecido, no sólo la unanimidad en la decisión del Organo Superior, sino el tuteo recibido desde su Presidente.
Dado que los informes, anexos y formularios que componen en general un expediente resultan de escasa utilidad para entender las razones de la solicitud, opté por ir al origen, al solicitante, para que en persona me diera cuenta de esos, sin duda extraordinarios, motivos que habían enloquecido a los doce componentes del Organo Superior y a más de cincuenta funcionarios de niveles I y II (funcionarios de cara al público). Con ese motivo, y sólo con ese, salí al día siguiente hacia el pueblo de Catemaco.
Es un viaje incómodo por carreteras secundarias de algo más de doscientos kilómetros, que te llevan desde Veracruz ha Catemaco.
No había estado nunca en ese pueblo, y no creo que vuelva a pasar siquiera por ahí. Su única calle asfaltada es la principal, que atraviesa un pueblo lineal de apenas diez cuadras de largo por tres o cuatro de ancho, que se encuentra a las faldas de las cataratas de Aguazul. Era un destino turístico para los primeros yankees que pasaban sus vacaciones en el Estado. De aquellos tiempos sólo quedan ruinosos hoteles en plena decadencia.
Mi conductor preguntó en el Ayuntamiento el paradero del responsable de la escuela local y siguiendo unas precisas indicaciones, en poco más de diez minutos nos encontramos al principio de una senda, a la salida del poblacho, que debía conducir a la misma escuela.
Preferí que mi ayudante y chofer esperaran ahí mismo, pues no parecía lógico que nos desplazáramos todos para llegar a resolver unas dudas tan estrictamente personales como las que yo tenía. Al llegar al final de la senda que se empinaba hacia el nacimiento de encontré una escuela vacía a las 12 AM de un martes lectivo. Los pupitres, apenas veinte, se encontraban desvencijados, pulidos los asientos de puro uso. Las ventanas remendadas con plásticos y un techo lleno de agujeros por donde no sólo entraba la luz del mediodía, sino también algún que otro pájaro. La pizarra estaba en bastante buen estado y unos dibujos, muchos para tan pocos asientos, cubrían las paredes.
A mi espalda, al fin, escuché una voz: usted debe de ser del Ministerio, ¿cierto?- me asombró un cierto tono desafiante en la frase.
– Cierto. De hecho soy el Subsecretario. Supongo que usted es el responsable de la escuela y de que me podrá explicar, no sólo la ausencia completamente injustificable de los alumnos de esta escuela a estas horas, sino también el motivo que le llevó a entender que esta escuela, que no está nada mal en comparación con otras muchas, merece la ayuda del Estado. Entenderá que no podemos ir despilfarrando el dinero público en caprichos de maestros o de madrecitas aburridas y por eso..- en el instante interrumpió mi discurso con toda la calma con la que un padre calla a un hijo.
– La ayuda no la pido para la escuela sino para sus alumnos- delante tenía un sacerdote español, a deducir por su acento, de unos 60 años, con el escaso pelo totalmente blanco- y coincido con usted en que sin duda otras escuelas la merecen más que esta. La culpa es mía. Fui yo mismo quien, sin darme cuenta, les ha generado la necesidad para la que solicitó ayuda.
Los alumnos llegaron en ese momento. De todas las edades, es un hecho nada inusual que en los pueblos pequeños compartan clase y profesor, desaliñados y sobnolientos. La mayoría de ellos, por no decir todos, iba con ropas manchadas y en más de algún caso, haraposas.
– Niños, saluden al Secretario General. Dolores- indicó- hazte cargo de la clase mientras el señor Subsecretario y yo hablamos.
Con un gesto el sacerdote me marcó el camino. Apenas a unos pasos, los justos para dejar atrás la algarabía de la clase, había una mesa a la sobra de un gran banano.
– Son lindos sus muchachos- comenté intentando restar un poco de acritud a mi postura.
– Lo son. Sí que son majos…. Mire, ya sé que ha sido una osadía por mi parte pedirles esa ayuda, soy consciente de las limitaciones actuales del Ministerio, pero es lo mínimo que puedo hacer para intentar limpiar mi culpa. Todo empezó hará mes y medio, a primera hora (entonces eso sobre a las nueve de la mañana), cuando Zonaidita interrumpió, como hacia casi siempre, mi explicación sobre las funciones cerebrales. Zonaidita es una niña especial, siempre lo ha sido. Llegó a la escuela cuando tenía cinco años, era la más joven y nunca antes había tenido una criatura de tan corta edad. Pero eso importó poco. A pesar de su aparente debilidad, aún hoy es de constitución frágil, su carácter le hizo ganarse pronto el respeto y cuando me quise dar cuenta, llevaba ella la clase, de hecho, es su delegada, y no sólo en el sentido académico. De alguna forma, supongo que por su fortaleza y bondad, se ha vuelto la hermana mayor del resto, incluidos los chicos mayores que le sacan más de seis años.
Me interrumpió, le decía, con una pregunta de esas que yo sé que sola ella es capaz de formular. “Profesor”, me dijo con ese aplomo de licenciado superior que tuvo desde el principio, “¿qué son los sueños?”. Sus ojos brillaban, como lo hacen siempre que le interesa algo de lo que explico o invento. Apoyadas sus manitas en el pupitre le sujetaban su cabeza inclinada, reclamando una respuesta. Será que con los años se me va cuajando el cerebro, pero me pareció oportuno contestar lo que algunas veces todos hemos pensado. No supe medir las posibles consecuencias.
El resto de chicos rió con la pregunta. “Zonaidita, los sueños son nuestras más secretas esperanzas, lo mejor que llevamos dentro, y por eso viven con las estrellas. Antes, en el medievo- acabábamos de estudiarlo la semana anterior- los caballeros valientes y las princesas amazonas los cazaban de noche en el cielo” La carcajada del resto fue un estallido, y Juan, uno de los chicos mayores, deformó los versos de Dario (siempre le gustó mucho ese autor) y se lanzó a recitar de pronto “Zonaidita, las princesas primorosas se parecen mucho a ti cortan lirios, cortan rosas, cortan astros, son así”. La burla ingeniosa del chico no hizo sino crecer las risotadas. Sin embargo, Zonaidita no reía, su mirada estaba llena de chispas y no hizo el menor caso de nada el resto del día. Esa noche, al regresa sus más amigas a sus casas sin ella, los padres de Zonaidita preguntaron sin obtener más respuesta que un escueto “se fue de caza”. No se preocuparon, Zonaidita siempre ha sido traviesa y acostumbra a desaparecer sin dar explicación alguna. Pero tampoco regresó al día siguiente. Ni vino a la escuela.
A la segunda noche de ausencia, sus amigas se reunieron en el mismo risco, allá arriba donde nace la cascada, y pasaron horas mirando al cielo buscándola. En pocos días, toda la clase. Ahora, ahora vienen de pueblos vecinos, que ya no hay sitio libre en la roca, por ver si la ven cazar su sueño. Por eso les he pedido ayuda, y por eso mis zagales llegan a estas horas a la escuela.
Aturdido por la explicación regrese al auto, pidiendo a mi chofer que pusiera rumbo al ministerio a la mayor urgencia. Al llegar redacte un informe corto, en el que no tuve valor de relatar esta entrevista, pero que incluía en letras grandes, un visto bueno de mi parte.
Hoy, durante la mañana, he recibido la orden del Excelentísimo Secretario General Provincial General del Ministerio del Estado de Veracruz para la Educación y Formación de la Juventud, de asignar parte del presupuesto anual al pueblo de Catemaco.
No sé si el Secretario ha investigado y como hice yo acabó en Catemaco, o bien leyó los informes. Quizá sea porque tiene una hija y teme que vaya sola a cazar estrellas…
La orden, con una partida asignada de 2850 pesos, detalla muy claramente el material a suministrar:
– Un compás.
– una regla.
– un mapa celeste.
– 476 telescopios.

TOMADA DE; LA PAGINA DE LOS CUENTOS X NOVECCENTO

http://www.loscuentos.net/cuentos/link/115/115862/

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Acerca de Roberto Antonio Armengual Cadena

....para trascender y dejar huella se dice que debemos: Tener al menos un HIJO Plantar al menos un ÁRBOL y Escribir....cuando menos un BLOG
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