El Hombre que llegó del Mar por Roberto Ramírez Rodríguez

Así como los mayas llegaron del mar para crear grandiosas civilizaciones en México, así también, un profesor español llegó del mar con el fin de fundar en territorio mexicano, la extraordinaria enseñanza de la Técnica Freinet.

Ese hombre fue Patricio Redondo Moreno; nació en 1885 en El Cubillo, una población perteneciente a la provincia de Guadalajara, en España. Sin embargo, cada vez que le preguntaban su edad afirmaba que había nacido en 1940, el año que llegó a México con un numeroso grupo de republicanos que huían de la dictadura franquista.
Antes de abandonar su patria la vida del profesor Redondo estaba inmersa, con un grupo de maestros, en las concepciones educativas de Celestín Freinet, un humilde profesor francés que vivificaba su pensamiento en la transformación de las tradicionales rutinas de las escuelas de su país, tan absurdamente contrarias al gozo de la vida, de crecer y crear.

Freinet, convencido de que todo progreso había de originarse a través de la práctica colectiva, propuso la imprenta en la escuela, nueva técnica escolar que atrajo el interés de muchos maestros del mundo, entre ellos Patricio, y que despertó la pasión de los niños por la enseñanza.

Yo, que apenas había nacido en 1940, era un niño. Nací, cuando Redondo llegó a México. Sin embargo, más adelante, al escuchar el decir del profesor de la fecha de su nacimiento en México, hacía cuentas de los años y llegué a la conclusión de que ambos teníamos la misma edad. Con esa deducción infantil, pensé en cómo sería mí vida recibiendo las primeras enseñanzas a través de Patricio; jugar con él, ir al cine o retozar en el parque como lo hacía con mis amigos.

Esa duda permaneció en mi mente durante algunos años, hasta que lo conocí personalmente: un día inesperado, mi padre me llevó a inscribirme en su escuela, la Experimental Freinet en San Andrés Tuxtla, Veracruz; al tenerlo enfrente, comprendí que el maestro no era un niño como lo suponía pero, por el trato cordial que nos dio, intuí que amaba a los niños. Su voz ronca, tez blanca, el pelo entrecano, los ojos vivarachos y la palabra precisa, me impresionaron. Vestía guayabera, pantalón de color caqui, reloj de bolsillo con su leontina metálica y un ancho cinturón gastado con el tiempo.

Vivía en un reducido rincón de la escuela en donde apenas cabía un catre y en la pared colgaba un almanaque del año; comía en una pensión y antes de caer la noche saboreaba un vaso rebosante de chocomilk con sus galletas en forma de animalitos. Todos los días recibía a los niños en el portón de la entrada de la escuela con un trato afectuoso y la palabra amable y, a las niñas, las hacía girar y se inclinaba para besarles las manos. No obstante, dentro del aula era firme y a veces duro con los indisciplinados, no por sistema, sino según fueran las circunstancias.

En muy poco tiempo me adapté a la escuela, aprecié al verdadero maestro no sólo en el salón de clases sino en cualquier reunión o lugar público del poblado. No se perdía en el anonimato fuera de la escuela; conservaba su personalidad en todo momento. En muchas ocasiones, lo escuché disertar sobre todo lo que le interesaba, así fuera de arte, literatura, teatro, ciencia y  política, en su más amplio sentido.

Me llamaba la atención la correspondencia que le llegaba de todas partes del mundo, en especial, de maestros amigos pedagogos como Celestín Freinet, Costa You, Herminio Almendros, José de Tapia Bujalance, Antonio M. Benaiges y de escuelas del mismo sistema. En las noches, era común verlo escribiendo y leyendo sentado en su escritorio bajo la luz de una potente lámpara y recibiendo el aire que venía del norte por una pequeña ventana. Con sus visitantes comentaba las columnas periodísticas más importantes del día.

Frente a él, había un radio de onda corta para escuchar las noticias internacionales. Fue una sorpresa para todos cuando compró una televisión porque en el pueblo, rodeado de montañas, no se veía aun la imagen pero si se oían las voces perfectamente. Ávido por las noticias, el aparato lo tenía al día de los acontecimientos nacionales y de las corridas de toros.

En la escuela no había engorrosas tareas. El niño debe tener tiempo para jugar, decía. Muchos niños regresábamos a la escuela después del horario de clases; a veces, le pedíamos que hablara a nuestras casas para justificar nuestra presencia en la escuela; ignoraba que aun llevábamos el mandado de la compra de tortillas, encargo de nuestras madres para la merienda. Ya de noche, desde el patio de la escuela, escrutábamos el cielo con el telescopio: Marte y los cráteres de la luna nos eran propios. Lo que veíamos o descubríamos en la bóveda celeste lo escribíamos, dibujábamos y después lo imprimíamos.

Era emocionante ver la luna y más todavía acompañados de música clásica, en especial el Bolero de Ravel, que nos ponía Patricio. Nada nos detenía, ni las lluvias torrenciales ni el calor insoportable, para llegar a la escuela y jugar ajedrez con el maestro que a veces se enojaba cuando perdía.

Con el mismo interés y la pasión desbordada por conocer los planetas y jugar ajedrez, también escuchábamos de Patricio la lectura de un buen libro sobre todo cuando se trataba de la liberación de los pueblos oprimidos. Recuerdo un día lluvioso, de rayos y relámpagos, cuando el maestro nos leía la historia de los Mau Mau, luchadores sociales africanos en pos de su libertad: De pronto, al maestro se le adelgazó su voz, acarició el lomo del libro y no pudo continuar con la lectura. Estaba emocionado. Le aplaudimos y siguió leyendo.

Cuando Patricio llegó a México venía envuelto en una cobija. La tierra mexicana que pisó por primera vez fue la de Coatzacoalcos, antes Puerto México, Veracruz. Durante la travesía por el Atlántico, el barco en el cual viajaba fue presa de un huracán que obligó a toda la tripulación a lanzar sus pertenencias al mar con el fin de aligerar el peso de la embarcación; con mucha tristeza el profesor arrojó al agua su imprenta escolar, que había traído abrazada durante todo el viaje como si fuera un hijo, y sus mínimos ropajes, para no zozobrar.

Patricio, que no era afecto a hablar de estas cosas ni de su vida en España, partió de Puerto México a San Andrés Tuxtla en donde se entregó plenamente al medio que lo había acogido con gran afecto: un pueblo pequeño con mucha vegetación, casas de muros gruesos, tejados de dos aguas, calles adoquinadas, faroles a media calle y gente amable y trabajadora que, aparentemente, se sentía satisfecha y orgullosa de la enseñanza de sus hijos que los había convertido en una especie de sabios.

Sin embargo, la llegada de Patricio cambió todo en San Andrés. La gente de visión más clara y los mejores hombres del pueblo fueron adquiriendo conciencia de la presencia del profesor español que había llegado del mar, del destino de la enseñanza y de la mentira interesada por seguir construyendo una educación con la que había crecido el pueblo.

La escuela oficial recibió un fuerte golpe. Empezó a declinar cuando los niños empezaron a llevarles a sus padres la evolución de las publicaciones de la escuela a través de la imprenta escolar. Nacieron muchos cuadernitos impresos, entre ellos: Xochitl, Mi afán, Nacú, Mexicanitos… A partir de entonces, inició una nueva etapa de concepciones pedagógicas al servicio de la vida infantil.

A los pocos días de que Patricio quedó instalado en el pueblo, nada lo detuvo: sin recursos, empezó a dar clases debajo de un frondoso árbol en los alrededores del poblado. Una gran sombra acogió a los alumnos, la mayoría indígenas que lo ayudaban a conseguir sus materiales didácticos como palitos de paletas, hojas de árbol y cajitas vacías de cerillos.

Sin embargo, Patricio tenía la idea de que la escuela debería parecerse a las hermosas casas de Sanandrés: la escuela debe ser la continuación de la casa, decía. Y así fue.

Muchos años después, los niños se mudaron del aula al aire libre a una casa tradicional con un jardín al frente, un corredor con su pollito y la cubierta de teja y muy fresca. En la nueva escuela las cosas no variaron: los hijos de indígenas, soldados, profesores y trabajadores pobres, ocupaban la mitad del espacio de la escuela gratuitamente. La otra mitad, los niños pudientes. El profesor mandó hacer a un herrero una prensa escolar a la manera de las de Celestín Freinet y, una vez concluida, la escuela se plantó en el centro de la ciudad.

A los niños nos tocaba escoger los temas a nuestra conveniencia. Leíamos nuestros textos en el aula. Escribíamos los títulos en el pizarrón. Después de analizarlos se votaba y el elegido se imprimía. Había, en este ejercicio pedagógico, la ventaja de la redacción libre y espontánea motivada por la imprenta, el periódico escolar y los intercambios escolares. Entre la selección de los artículos y dibujos por los mismos alumnos y la corrección común, resaltaba en el niño una especie de exaltación y de liberación al ver plasmado su pensamiento, ilustración y difusión, en caracteres impresos.

Era tanto el despertar pedagógico en la región que el gobierno revolucionario de Cuba, a través de Herminio Almendros y Costa You, afamados pedagogos y compañeros de Patricio, invitaron al profesor a Cuba con el fin de instalar la escuela popular Freinet en la isla. Desde luego Patricio desechó la invitación porque no podía dejar a la mitad del camino el trabajo pedagógico que había emprendido en el pueblo que lo había cobijado con gran afecto.

Patricio murió el 31 de marzo de 1967. Nunca permitió que los niños de su escuela marcharan juntos en los desfiles cívicos, o atrás, de una escuela de monjas; no permitía, ni por asomo, que su clase fuera interrumpida por nada ni por nadie. Un día de campaña política Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República, visitó el pueblo en busca del voto popular; ocurrente, como todos los políticos, se le hizo fácil visitar la escuela en día hábil y a las 11 de la mañana. Cuando llegó al plantel escolar con cientos de simpatizantes se encontró con el profesor que salía a la puerta para saber que ocurría afuera por el alboroto que había.

-Soy Gustavo Díaz Ordaz, candidato a la presidencia de la República de México, le dijo el soberbio político al profesor. Deseo conocer la escuela y platicar con Usted. Reiteró.

-Mucho gusto señor candidato, contestó Patricio, pero, en estos momentos no puedo atenderlo porque estoy en clases. Si gusta, lo espero después de las cinco de la tarde.

El candidato se marchó y más adelante los comentarios de la frustrada visita no se hicieron esperar: Me ha dado una lección el profesor Redondo, comentó Díaz Ordaz a sus allegados y regresó después de las cinco.

Hoy día, los reconocimientos a la escuela se dan a cada momento. Irwin Luckman, destacado arquitecto norteamericano, después de visitar la escuela Freinet y platicar muchas horas con Patricio en la soledad de un salón de clases, comentó: No sé que es más importante para la niñez de México, si la escuela Freinet o Patricio Redondo.

Además de mostrarnos el camino para observar las estrellas y de plasmar nuestro pensamiento en un cuadernito impreso Patricio, con su visión pedagógica, avizoró el futuro de la humanidad:

Un día no muy lejano, argumentó, el enorme mundo se hará muy pequeño. A través de las ondas que surcarán el cielo los pensamientos del Hombre viajarán de un lugar a otro en breves segundos; la comunicación humana será el centro del Universo. Sin embargo, deberemos tener cuidado para que los niños participen y esta unión sea limpia y honesta como debe ser la humanidad. Quizás se refería al Internet.

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Los Antonios por Roberto Ramírez Rodríguez

Los Antonios por Roberto Ramírez Rodríguez

Hace muchos años, cuando en el sureste de México no había carreteras, ni estufas, ni refrigeradores, el nombre de Antonio era cosa común.
En cada escuela había muchos alumnos con ese nombre. Nosotros, que apenas éramos unos niños, les llamábamos cariñosamente: Toto o Toño. Recuerdo que uno de ellos, el más presumido de la clase, se hacía llamar Tony por su ascendencia italiana; sin embargo, pasados los años, sigue siendo Toño para sus amigos.
Los pueblos crecieron. Cuando llegó la carretera, desaparecieron los fogones de las cocinas y se instalaron las estufas, en los siguientes cursos escolares ya no había tantos Antonios.
Al paso del tiempo, entraron a los hogares la televisión y el Internet. Se plantó la globalización en el mundo. Decayó el correo y el telégrafo. En la universidad, el nombre de Antonio dejó de ser una cosa común, sólo había un Antonio en el salón de clases que le decían César, porque se parecía mucho a César Costa, el cantante juvenil.
Las poblaciones siguieron creciendo. Vino la oleada de penetración de costumbres americanas, el desvanecimiento de nuestras tradiciones y el nombre de Antonio se permutó por el mismo nombre, en otros idiomas; hoy día, en los bautizos vemos a niños recibir el nombre de Antoni, en catalán. Tonet, Antonet o Antón, en francés; y Togno, en italiano. En México, destacó un famoso charro cantor con el nombre de Tony, en italiano.
El nombre de Antonio es originario de un gentilicio romano: Antonius. Su significado: Aquel que es digno de alabanza o estima.
Muchos años de mi vida he recordado a cuatro Antonios célebres, dignos de elogios, reconocimientos y afectos. Los cuatro son españoles. Todos, han permanecido estrechamente atados a mi vida profesional, cultural y familiar. Sus nombres, están
grabados en piedra; ellos son: Antonio Gaudí, Antonio Machado, Antonio Benaiges Noguez  y Antonio Rodríguez González.
Antonio Gaudí, arquitecto modernista español, siempre ha estado inmerso en las aulas universitarias de México y del mundo. Su propio espíritu religioso fue capaz de fundir en su obra inacabada de la Sagrada Familia, espiritualidad y materia; después de pensarla, proyectarla y construirla, la subió al cielo. Esta expresión artística no cabía en la tierra y se elevó a las grandes alturas.
Antonio Machado, poeta español, ha sido ejemplo de la juventud del mundo. Al estallar la guerra civil en 1936 dio conferencias a favor de la República. A principios de 1939 se refugió en Francia, donde murió poco tiempo después de haber cruzado la frontera. Su obra literaria refleja la preocupación que tuvieron los intelectuales de su tiempo por la decadencia cultural y política de España.
Su poesía, sorprende por su sencillez. En los últimos días de su vida y en los peores momentos de su exilio, escribió su último verso, encontrado en uno de sus bolsillos: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
Desde niño he escuchado el nombre de Antonio Benaiges Nogués, profesor español de la Técnica Freinet, en España. Se decía que lo habían matado en la guerra porque era maestro y consiguió que los niños de Bañuelos de Bureba acudieran a la escuela en vez de ir a pastar ganado o al campo, como querían sus padres. Sin embargo, no se decía ni quien lo mató ni exactamente por qué: era el silencio, como un pacto, que se da en las violentas dictaduras, en este caso, la franquista.
La vida, obra y muerte, de Antonio Benaiges se ha convertido en una leyenda.
Un día, dijeron las informaciones violatorias del pacto del silencio, lo sacaron de su escuela y lo mataron en la puerta. Otros cuentan que Antonio fue a Burgos y, al paso por Briviesca, lo apresaron y asesinaron. Se supone que Antonio estaba esperando el final de la cosecha para llevar a todos los niños de la escuela a una finca familiar con el único fin de que vieran el mar. El denominador común de las informaciones fue que los falangistas lo mataron.
Benaiges fue asesinado el 29 de julio de 1936 y sus restos aun descansan en una fosa común de los Montes de Oca, en la provincia de Burgos.
En aquella época de la dictadura, utilizando el seudónimo de Paco Itri, el entonces joven profesor español Patricio Redondo, promotor de la Técnica Freinet, publicó un emocionante y valiente artículo en Francia, dando cuenta del asesinato de Antonio Beniges. Patricio se exilió en México y fundó la escuela Experimental Freinet en San Andrés Tuxtla, Veracruz. México.

Otro español de mis afectos, es Antonio Mariano Rodríguez González, mi abuelo. Un día, la crisis económica de España, lo obligó a salir de los Llanos de Aridane, en España, su tierra; llegó a México, se internó en Catemaco y ahí vivió hasta su muerte. Anteponía a todo el amor por la tierra cultivable.
Cuatro Antonios y un Patricio.

 

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“A MI MADRE”

¡Madre, madre, si supieras

cuantas sombras de tristeza

tengo aquí!

¡Si me oyeras, y si vieras

esta lucha que ya empieza

para mí!

 

Tu me has dicho que al que llora

Dios más ama: que es sublime

consolar;

ven entonces, Madre y por mi ora;

si la fe siempre redime,

ven a orar.

 

De tus hijos el que menos

tu cariño merecía

Soy quizás;

pero al ver cual sufro y peno

has de amarme, Madre mía,

mucho más.

 

¡Te amo tanto!,  con tus manos

quiero a veces estas sienes

apretar.

Ya no quiero sueños vanos

Ven ¡Oh, Madre! que si vienes

vuelvo a amar.

 

Sólo, Madre, tu cariño,

nunca, nunca se ha apagado

para mí.

Te he amado desde niño;

hoy la vida he conservado

para tí.

 

Muchas veces, cuando alguna

pena oculta me devora

sin piedad,

yo me acuerdo de la cuna

que meciste en la Aurora

de mi edad.

 

Cuando vuelvo silencioso

inclinado bajo el peso

de mi cruz.

Tu me ves, me das un beso

y en mi pecho tenebroso

brota luz.

 

Yo no quiero los honores

quiero sólo estar en calma

donde estás.

Solo busco tus amores,

quiero darte toda mi alma….

mucho más.

 

fragmento de una poesía de mi abuelito

Angel Cadena Padrón (sep. 26 de l962)

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Nacer, Crecer y Olvidar por Roberto Ramírez Rodríguez

Desde su navío, el soldado español San Martín, vió la erupción de un volcán en suelo veracruzano. La tripulación, ni tarda ni perezosa, pidió al capitán del barco, y éste a sus superiores, que la enorme y humeante montaña llevara el nombre del militar. Ese día, la algarabía que despertó el descubrimiento duró toda la noche.

El imperio español, dueño de todo lo que había visto en la tierra conquistada, no sólo se apoderó de los sueños de los nativos, sino también de su modo de ser y hablar. Renombró a los volcanes, animales, plantas, alimentos y cosas. Permutó creencias y oraciones. A la diosa Tonatzin la convirtió en la virgen Guadalupe.

Cuando el soldado descubrió al volcán, ya tenía nombre. Los nativos lo nombraban Titepetl que, en el idiomanahuatl, significa: cerro de fuego.

Sin embargo, el sobrenombre San Martín ha permanecido a través de los siglos y ha sido, y sigue siendo, un referente distinguido para los navegantes en los mapas de navegación. Es, también, una aguja orientadora para los náufragos y los paseantes.

El día del avistamiento nadie imaginó, ni siquiera el soldado, lo que estaba sucediendo en las faldas del volcán: una lucha desesperada entre la naturaleza convulsionada y los indígenas de la tierra del Ixtlan, sobre todo, los asentados en la parte oriente de las faldas del rugiente volcán que vomitaba fuego.

Mientras el suelo temblaba y surgían truenos de las entrañas de la tierra, los habitantes bajaban corriendo por los caminos fracturados y las empinadas laderas. Iban presurosos en busca de mejores y seguras tierras.

El cráter escupía lava que corría por el cauce de los ríos, desaparecía casas, ardían las selvas y los animales huían despavoridos quien sabe hasta donde porque todo era fuego. Fueron muchos días de pánico, angustia y horror. Para unos, esta desgracia era un castigo divino de sus dioses. Para otros, era el fin del mundo. Pero, unos y otros, lloraban; llenos de miedo tenían pena por el sufrimiento de los pobladores.

No era la primera vez que el volcán hacía erupción; hubo otras más que ocasionaron perdidas humanas; casas, templos y sembradíos quedaron derruidos. Pero, la de 1793 fue la última y la más peligrosa. En esa ocasión, los migrantes aterrados, transitando día y noche por caminos impensados, llegaron a un lugar al que llamaron Tzacoalco –lugar entre cerros-, un hermoso valle en lo que hoy está asentado San Andrés Tuxtla, Veracruz.

Nacía una nueva historia.

Lo primero que hicieron al llegar al hermoso valle fue obedecer las voces de sus dioses: buscar un nacimiento de aguas cristalinas, bañado por la sombra de una enorme Ceiba, que serviría para abastecer al poblado. Al encontrarlo, le dieron nombre: Puchuapan –lugar donde crece la Ceiba-. Ceiba que, de acuerdo con los dioses, sería el enlace divino entre la tierra y el cielo.

El que tomare agua del nacimiento, cubierto por la sombra del enorme árbol, estará conectado eternamente con los dioses, decían.

Y se conectaron. Poco a poco, la población fue creciendo alrededor de la poza con el referente de la Ceiba maravillosa. Se levantaron casas, comercios y por ahí pasaba el camino principal que venía de otros poblados. Las veredas que comunicaban a los barrios se convirtieron en calles que iban a dar a la pila de agua natural. Abastecido con suficiente agua, el poblado original pronto se convirtió en villa y después en ciudad.

Años después de su fundación empezó a construirse la iglesia católica de Santa Rosa y un encantamiento envolvió al pueblo: Nacieron cuentos, leyendas e historias, de aparecidos y desaparecidos. La profunda “cueva del diablo”, en los límites del poblado, se convirtió en el lugar preferido de los brujos, adoradores de las sombras y las tinieblas.

Después de la última erupción, el volcán, que formó una laguna que baja de nivel en época de lluvias y en la sequía aumenta considerablemente, se quedó dormido pero no apagado, dicen los vulcanólogos.

Sin embargo, había que cuidar el agua cristalina del manantial de Puchuapan ante el crecimiento de tanta gente. Para protegerlo, corrió la voz: En la cueva donde nace el agua hay Chaneques, dioses de la mitología mexicana, que en la lengua nahuatl se traduce: Seres que habitan en lugares peligrosos. Y Puchuapan, un mundo sombrío y peligroso al que se entraba por la boca de una cueva disimulada por una Ceiba, era el refugio propicio de los Chaneques.

A partir de entonces, empezaron a escucharse voces en el manantial que parecían provenir de la penumbra del lugar. Este panorama encantado dio certeza a los habitantes, sobre todo a los que desperdiciaban el agua, de que en ese lugar habitaban los hombrecillos con cuerpo de niño y cara de viejo, parecidos a los duendes europeos de los cuentos. Medían un metro de estatura y tenían aspecto de viejitos; eran nobles guardianes de los bosques y de los nacimientos de agua cristalina. Escondían las cosas de la gente que se atrevía a perseguirlos.

Ante esta noticia, las madres del pueblo colgaron amuletos a sus hijos –ojo de venado, cruces de palma o les ponían la ropa al revés- para protegerlos de estos hombrecillos que tenían fama de llevarse a los niños a sus guaridas.

Mucha gente jura haberlos visto. Afirmaba que parecían enanos de enorme cabeza y piel de color chocolate que los hacía disimularse con las paredes cavernosas.

La imaginación voló: Algunos niños aseguraban tener escondidos a estos nobles seres en los tapancos de sus casas como le pasó al extraterrestre E.T.,de la película.

Siendo un niño, todos los días caminaba por la misma calle en donde estaba el manantial cubierto por la sombra del frondoso árbol. Me gustaba escuchar el murmullo que venía del nacimiento.

Hace unos días, caminé nuevamente por el mismo lugar. Aún se encuentran los pequeños escalones de piedra, clavados en la tierra, que desembocan en el manantial. La Ceiba le sigue dando sombra y, ahora, a las mujeres que lavan la ropa con el agua a las rodillas y su vestido arremangado. El lugar está cubierto de jabón y basura. El eco de las risas de las lavanderas ocultan el murmullo de lo que parecían ser las voces de los legendarios chaneques.

Cuando llegó el nombrado progreso, el agua potable y los caminos quedaron pavimentados; el nacimiento, nuestro embrión histórico, quedó sumido al levantarse el nivel de la calle principal. Fue abandonado. Los chaneques partieron en busca de un nuevo manantial cubierto por la sombra de una Ceiba. La ciudad que descuida u olvida su pasado, no sabe en que momento vive.

Roberto Ramírez Rodríguez

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Montepío y el pirata Lorencillo

 

Roberto Ramírez Rodríguez

Muchas carreteras del estado de Veracruz están en malas condiciones pero ninguna como la que une a Catemaco con Montepío, pequeño pueblo situado en la costa del Golfo de México, asentado en la falda del volcán San Martín.

Al poblado lo rodean dos ríos: Máquina y Cold. El primero se llama así porque era el que movía la maquinaria de un pequeño ingenio azucarero propiedad de unas familias francesas. El segundo fue llamado Cold en honor de un gringo aventurero que al sumergirse en el río empezó a gritar: ¡Cold! ¡Cold! De ahí su nombre.

Hace seis décadas, llegar a ese lugar encantado era una aventura increíble: había que caminar unos 40 kilómetros entre la oscuridad de la selva sólo para ver el mar, jugar con él, y dormir a cielo abierto.

El regreso parecía cosa de magia: las veredas abiertas se cerraban, cubiertas nuevamente por la selva viviente. Sin embargo, las familias de Los Tuxtlas, molestas por el calor que azotaba la región, gustaban de viajar a Montepío en camiones de redilas, camionetas, y jeep, guiados por campesinos con machete en mano, abriendo estrechos caminos.

Las reducidas plataformas de los camiones eran insuficientes para llevar canastas y bolsas llenas de cosas para comer, catres, y sillas plegables. Muchos puros, velas, y aceite para protegerse de los mosquitos. Lámparas de mano, petróleo, o gasolina. Escopetas, pistolas, y rifles, para la caza del venado.

Aventura inigualable. Todo lo que alcanzaban a ver era verde. Bajando la montaña ya se sentía el aire húmedo y la brisa del mar. Se escuchaban rugidos de tigres, monos, y el canto de las chachalacas. Con el viento, a las mujeres se les alborotaba el pelo y los hombres cuidaban que sus hijos no se pararan en la plataforma para evitar que alguna rama los golpeara en la cara.

Antes de llegar a Montepío era común ver a las señoras secándose el sudor del cuello. Sus rostros reflejaban las ganas de ir al baño. Iban bajo los árboles a una casita improvisada, de tela o cartón, que el mismo guía les hacía para no ser vistas por nadie.

Al llegar al pueblo no se veía nada más que árboles frondosos y  casas de carrizo y palma.

Al bajar del camión, entraban a su refugio: una vieja casona con muchos cuartos con balcones con vista al esplendoroso mar. No había mayor placer que pasar la noche en esta casa abandonada cuya techumbre aún estaba en buenas condiciones. Sus pisos, de mosaico europeo, estaban en buen estado; los barcos los habían traído como lastre desde el viejo mundo y ya empezaban a cuartearse por la presión de la hierba. Cada familia que llegaba ocupaba un cuarto y así, la casona se llenaba de gente. Otras familias prefrían dormir en casas de campaña. Algunos visitantes hacían la siesta junto a una sombreada fuente. Los de edad avanzada gustaban de caminar en la playa. Respiraban profundo. “El yodo cura”. Decían.

El mayor atractivo de los jóvenes era salir a buscar el tesoro del pirata Lorencillo, visitaban las ruinas de la vieja Iglesia o la enorme torre de tabique, ambas construidas por los franceses. Otros nadaban, iban a la caza del venado, o se ponían a cocinar variados y exquisitos platillos de tortuga, robalo, o cangrejo. Jugaban cartas en las noches. Muchas parejas se enamoraron en Montepío y se juraron amor eterno jugueteando con las olas del mar. Una de ellas, quiso ponerle a su hijo Lorenzo en honor del pirata Lorencillo. Sus padres se opusieron.

Ir a Montepío y no saludar, aunque fuera de lejos, al negro Villa Franca era como ir al Puerto de Veracruz y no tomar café de la Parroquia. Este personaje era una leyenda viviente. Nadie sabía quien era ni de donde venía. Algunos afirmaban que vivía su segunda vida. De ser el cocinero del barco del pirata había llegado a Montepío para cuidar el tesoro de Lorencillo.

Muchas familias de la región aún guardan, como reliquias, fotografías de aquellos momentos inolvidables, piezas arqueológicas de la cultura olmeca, y trofeos de caza.

La gente soñaba. Leían sentados sobre los derruidos balcones de la casona. En las noches, los abuelos contaban cuentos bajo la luz de la Luna o de una vieja lámpara de petróleo. El cielo resplandecía con las estrellas.

En esos tiempos, la gente se preguntaba cuándo sería el día que el gobierno pavimentaría los cuarenta kilómetros de carretera para gozar más seguido del lugar de sus sueños. Y los gobiernos, federal y estatal, en sus informes anuales, respondían a la ciudadanía: este año se pavimentará. Es más, en alguna ocasión, un gobernante despistado dio el costo de la obra concluida, como si ya se hubiera entregado.

Así pasaron los años hasta que, en el sexenio estatal anterior al presente, el camino fue pavimentado. Sin embargo, poco le duró el gozo a los habitantes de la región y a los miles de turistas que visitaban las playas del lugar. Pronto, la carretera pavimentada se llenó de enormes baches. Está dispareja, intransitable, e insegura.

Hoy día, es más difícil llegar a Montepío que hace sesenta años.

Los gobiernos les deben mucho a los habitantes engañados de Los Tuxtlas. Pero, además, perdieron la oportunidad de convertir el lugar en un polo de atracción turística importante. Está abandonado, lleno de basura. La casona es un chiquero; se robaron el mosaico y la cubierta de teja. La casa grande es un baño público. De la frondosa selva sólo queda un copete de árboles en el volcán. Las palmeras se secan. No hay venados, ni changos. El turismo se ahuyentó como el canto de las chachalacas.

En estos tiempos de crisis la gente desea encontrar en alguna de las siete cuevas el famoso tesoro del pirata Lorencillo, escondido en Montepío desde 1683, al ser perseguido por una flota española después del asalto a la ciudad de Veracruz.

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NADA QUEDÓ DEL CORONEL

Carmela Pérez3 Aug 2008

¡Ayyyyyyyyy, El Coronel, El Coronel! . Niños y adultos en gran desbandada corrian a lo largo de las calles de Hidalgo y Corregidora, allá por el Barrio de San Juan.

Podría decirse que era casi una costumbre que cada 3 o 4 meses la gente sin decir “agua vá” saliéra de pronto corriendo como si se tratara de una clásica pamplonada.

Y como no hacerlo, si El Coronel, que se pasaba día y noche prisionero, encerrado en una inmensa jaula de gruesos barrotes de férreo fierro fundido, hecha por el mejor herrero del pueblo, de pronto, inexplicablemente ¡ESCAPABA! causando una tremenda y totalmente justificada histeria colectiva.

Pero que había hecho El Coronel para merecer vivir prisionero? Para verse privado de su preciada libertad? Realmente nada, no le había hecho mal a nadie, aún. No había robado, ni mentido, asesinado o traicionado a nadie, aún. Excuso decir que era necesaria la fuerza de al menos seis hombre temerarios, fuertes y bien nutridos pescadores, para traparlo y contenerlo.

El Coronel tenía unos ojos inmensamente grandes y poderosos, yo diría que hasta hipnotizantes. Unas manos que sujetaban tan fuertemente, que no daban muchas ganas de saludarlo, de mano por supuesto. Y una piernas tan largas, tan largas, más bien larguísimas, tanto que al escaparse de la prisión, una sola zancada suya, valía por cuatro de cualquiera de esos corredores intempestivos.

Hubo una época en que El Coronel salía a pasear tranquilamente por la orilla de la Laguna, incluso se metía a bañar en ella completamente desnudo y a plena luz del día. Claro que en aquellos tiempos, a fines de los 60”s, las playas de Espagoya o por el rumbo de Gorel, no tenían la afluencia de visitantes que tienen en la actualidad, ni siquiera en Domingo.

Pero se bañaba desnudo por excentricísmo? O fué uno de esos precursores del nudismo en nuestro País? No, ninguna de las dos cosas, simplemente El Coronel no contaba siquiera con un sencillo guardarropa como cualquiera de nosotros, mucho menos iba a tener un traje de baño. Claro que cualquiera podría decir: “Y por qué no se bañaba en ropa interior”, simple, porque no hay duda que era un gran Coronel, pero no tenía ni para calzones.

Don Crispín Ojeda (mi tío), que era capáz de venderle hielo a un Esquimal, un día se encontró con la posibilidad de hacer una compra extraordinaria, él compraba cualquier cosa. Pero era El Coronel un buen negocio? Lo quería para exhibirlo como pieza de museo? No, ninguna de las dos cosas, la verdad es que lo quería para exhibirlo como víl animal de circo. Ahhhhh, Don Crispín si que sabía de mercadotécnia. Tiempo después otras empresas copiaron su idea de ofrecer entretenimiento a sus clientes mientras realizaban sus compras o consumían sus productos, tal como una cadena transnacional de hamburguesas que incluye en sus instalaciones atractivos juegos infantiles.

El Coronel no dijo ni sí, ni no, simplemente se sentó en el piso a comer el cerro de “Pasta blancas” y el gran pocillo de café con leche con que fue recibído. Mientras, recorría con la vista la extraordinariamente bien surtida tienda que estaba frente a sus ojos, propiedad de Don Crispín. Que más podia pedirle a la vida. Una familia, cama y comida seguras.

Pero había que tomar precauciones. Quizá no era tan seguro que en el día saliéra al corredor, aunque estuviése sujeto con una cadena en el tobillo, mientras la gente que pasaba disfrutaba de una exhibición gratuita, ya que de repente le gustaba hacerse “el chistoso”, se colgaba y columpeaba de alguna viga por un buen rato y a veces simplemente enfurecía con las risas de la gente y era difícil hacer que recobrara la calma.

Pero hacerlo prisionero no fué la solución al posible peligro, sino al contrario.

De aquel Coronel que paseaba y disfrutaba de las cadenciosas olas de la Laguna de Catemaco, bañandose desnudo a plena luz del día, solo quedó un ser agresivo, irritable, intolerante, intimidante, que llegó a atacar a alguien tan brutalmente, que al final hubo que aplicarle una injección letal.

Nada quedó del Coronel, tan solo el recuerdo de sus singulares sonidos con los cuales se comunicaba con nosotros y su ternura de cuando pequeño se trepaba en mi cabeza y me hacía “piojito”. Pero él aún vive en mi corazón y en el corazón de todos los que alguna vez fuímos parte de la familia de ese traviezo, atrevido y divertido Mono Araña, llamado El Coronel.

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¡Hoy me encontré con mi abuelo!

a; Don EDUARDO E. ABSALON

Carmela Pérez13 Apr 2008 catemaco

Y sé que ésto no suena extraordinario, más bien suena bastante común. Cualquiera puede en cualquier momento encontrarse con un abuelo, un tio, un hermano o cualquier otro ser querido, sin que ésto parezca algo tan especial como para anotarlo en el libro de nuestros experiencias extraordinarias del día. Estamos tan acostumbrados a la presencia de los nuestros, a que formen parte de nuestro paisaje cotidiano, que no nos detenemos a pensar que algún día ya no van a estar en el ….

Pero yo, hoy me encontré con mi abuelo. Y viví un momento taaán mágico, como aquellas noches en que nos contaba sus “tenebrosas” historias durante la cena, mientras mi tía desde la cocina gritaba . Él por supuesto hacía caso omiso de la “súplica” y continuaba su relato haciendo gala de una prodigiosa memoria.

Y nos contaba unas “terribles” historias ocurridas allá por La Laguna Encantada o por Sontecomapan … o por alguna secreta cueva del cerro del Mono Blanco; mientras mi hermanito de tan solo 7 años y yo, nos bebíamos como en cámara lenta sus expresiones, sus palabras y nuestros pocillos de café.

En la actualidad, cada vez que leo algo sobre Catemaco, viene a mi mente su gran pasión por escribir todo lo que acontecía a su alrededor. Durante años acumuló libretas y más libretas llenas de historia que compartió siempre con cuanta persona llegó a casa en busca de información, Estudiantes, Maestros, Periodistas …

Y ésta mañana, mientras leía una interesante página que me encontré en el inter……. la página? …… Municipios de México ….. pero esa misma página me llevó a Veracruz, luego a Los Tuxtlas y al final a Catemaco. Absorta leía y disfrutaba de las imágenes cuando de pronto levanté la vista y ¡Él estaba ahí!

Serio, respetuoso y gallardo como siempre. Más arriba se leía un rimbombante título y al lado: “Poeta, Cronista e Historiador”.

. Claro que al fin de cuentas eso no importa, importa es que él es parte de mi vida, y yo, privilegiada depositaria compartida de su invaluable herencia de valiosas Realidades y maravillosas Fantasías.

¡Por eso éste día para mi es extraordinario! porque mi corazón dió un vuelco para recordarme que mientras sea capáz de escribir una línea o de contar una historia, mi abuelo estará conmigo y lo encontraré en cualquier lugar y en cualquier momento, así como hoy, porque hoy me encontré con mi amado abuelo,

Eduardo E. Absalón

 

autor: Carmela

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EL “NIÑO CUENTERO” Y la leyenda ” DEL BRAZO FUERTE”

Hay privilegios que disfrutas y diría yo, doblemente, si se conjugan factores que los hagan únicos, tal es el caso de vivir los años de la infancia y adolescencia en La Regiòn de los Tuxtlas; descubrir este paraiso y disfrutarlo en compañìa de otros niños, sintiendose
explorador (pràcticamente en el patio de tu escuela), encaminar tus pasos a los cerros,
los mares, los rìos, las cascadas, (todo a escazos metros), saborear frutos silvestres ,etc.
Pero el privilegio personal de un pequeño grupo de niños (y hasta la adolescencia) se incrementa si cuentas entre tus compañeritos con un excelente “cuentero”, relatista, líder natural en cuanto a conocer todo lo que ves en el entorno cuanto te ibas de pinta.
Tenìa un compañerito durante los estudios de primaria y secundaria que se sabìa el nombre de todo lo que se nos cruzaba en el camino, de todos los àrboles y plantas, ni que decir de los animales y aves. Amenizaba nuestras pequeñas “patoaventuras” con leyendas y cuentos, que luego cada uno de nosotros, ya en la noche, repetíamos en el parque o a orilla del Lago de Catemaco sentados en alguna lancha.
De èl escuchè por primera vez sobre chaneques, cuevas encantadas, y mucho màs amigo lector que sería largo e interminable narrarlas en este ensayo. Pero hay una que recordè años después en la selva de Quintana Roo al encontrarme frente a frente con… “El Brazo Fuerte”.
Mi amiguito cuentero GUADALUPE MARCIAL CASANOVA;

nos había contado de-“ un animal que si lo vencìas te volvìas un hombre
muy fuerte e invencible”- el lo llamò “el Brazo Fuerte”, no diò otro nombre,
decía que había que ir a buscarlo al Cerro Puntiagudo y màs o menos lo describió, dejando el resto a nuestra imaginación…..por eso al ver años después a escazos dos metros ante mi erguido, amenazador, a un animal con brazos impresionantes rematados con garras que
podían despedazar rocas…me dije- “este debe ser el Brazo fuerte y recordè que de niño querìa verlo para luchar con èl”-….reconozco que retrocedì y… afortunadamente èl también y poniéndose en sus cuatro patas se alejò internándose al monte.
Desde entonces lo conozco; incluso se el nombre con el que es conocido, pero tengo el privilegio de haber escuchado una bella leyenda previa, lo que le diò un toque único y privilegiado al encuentro con… “el Brazo Fuerte”.

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(Tuve el gusto y satisfacción de compartirlo a mi amigo Guadalupe hace 5 años

y hoy a un año y tres meses de su partida lo posteo ya en memoria, QEPD)

 

Dr. Roberto Antonio Armengual Cadena

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¿Sabías quién era: “Elisa Mavry”?

Roberto Antonio Armengual Cadena19 Oct 2008

Doña María Boettiger escribió bajo el pseudónimo
de “ELISA MAVRY” debido a lo vasto de su labor y no
queriendo que su nombre apareciese tan frecuente_
mente en varios diarios y revistas nacionales al mis_
mo tiempo

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“Él llegaba siempre envuelto en un halo de colores”

Carmela Pérez15 Feb 2008 catemaco

Por: Carmela,

Corrían los años 60’s. Con escasos 5 años de edad y en compañía de mi hermano menor pasaba buena parte del día jugando en la azotea de la casa en que vivíamos en ese tiempo, ubicada allá por las calles de Esteban Moráles y Jiménez, en el Puerto de Veracruz.

Seguramente eramos unos niños muy bien portados …. bueno quizá no tanto …. bueno quizá sí … un tantito …. pués no se explica de otra manera el que niños de esa edad se hubieran mantenidos sanos y salvos en una azotea que de frente, al Norte, daba hacia la calle y de un costado a un patio compartido con otras casas, sin un absoluto vestigio de barandal o BARRA protectora que detuvieran la lógica y consecuente caída de un par de “pilluelos”. Cosa que por fortuna no sucedió, en esa época.

Pero cuando ÉL llegaba, envuelto en un halo de colores, no había manera de movernos de ese lugar … Él tenía la mágia de mantenernos quietos. Y cuando digo quietos, me refiero a la clásica quietud de los niños cuando se interesan profundamente por algo y por consecuencia quieren formar parte de …. Ese halo de colores estaba formado por un cúmulo de papeles “de china” de los cuáles llegaba siempre cargado y nuestra azotea se convertía entonces en su increíble Taller Artesanal.

Y comenzaba el ritual ……….. ÉL extendía primero periódicos en el piso, cubriendo una buena área del mismo; nosotros “ayudando” por supuesto. Luego colocaba en un cierto órden el papel de china. Después acomodaba de una forma “caprichosa” una especie de varas muy largas y muy flexibles que también traía consigo. Y al final traía de la cocina una gran cacerola con algo previamente preparado; un menjurge asi como de agua y harina llamado “engrudo” que se utilizaba para pegar papel y era muy económico. Ahora ya inventaron otras cosas.

Con las varas iba creando poco a poco un armazón MUY GRANDE con forma de huevo. De un extremo cerrado y en el otro una mediana abertura. Luego iba cubriendo el armazón con el papel de china. Después con mucho cuidado lo levantaba ubicando la abertura hacia el piso y la parte cerrada hacia arriba …. ¡Tenía la altura de mi casa … quizá hasta más grande!

Y así continuaba, colocando pliégo tras pliégo de papel de china, con los colores entrecalados, como si fueran gajos de una gran naranja multicolor, hasta que ese simple armazón quedaba convertido en un increíble e inmenso ¡Globo Aerostático!

Luego lo elevaba como a un metro del piso y lo hacía descansar en “algo”, después lo sujetaba al mismo piso con una serie de cordones alrededor. De ahí colgaba una vasija en la abertura .. la llenaba de “algo” .. y a ese algo con mucho cuidado le prendía fuego. Y surgía entonces un imponente sonido, que era ¡como el mismísimo sonido del universo!

Por último y con toda la familia presente lo soltaba muy len-ta-men-te … MAJESTUOSO se elevaba por el cielo de mi querido Puerto de Veracruz, irradiando colores y alegría, iluminando nuestras vidas, impregnándonos de mágia, llevando consigo nuestros sueños, llevándonos con el al infinito. Y nosotros ahí, los vecinos en sus ventanas, otros más en la calle ó en sus propias azoteas, pero todos con la mirada absorta hasta que se perdía de vista en las alturas.

No me pregunten cuantos globos se elevaron desde esa azotea, no lo sé. No me pregunten cuanto tiempo se llevaba él en lograr ese prodigio, tampoco lo sé. Ni me pregunten cuanto tiempo tardaban los globos en perderse en las alturas, NO lo sé. Cuando uno vive momentos como esos nada más importa.

Oriundo de un mágico lugar llamado Catemaco, ÉL era un entrañable amigo de mi padre, se decían primos, y hasta hace muy poco tiempo me enteré que realmente no lo eran. Pero en realidad SÍ lo eran, porque fué lo que ellos eligiéron. Porque para mi, él siempre fué y será mi tío, mi maravilloso e inolvidable tío Gabriel Cadena Hernández.

“El que siempre llegó envuelto en un halo de colores”

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En el barrio de Juan …

Carmela Pérez16 Apr 2008 fandango

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La casa de doña Chícha era de madera. Tenía una amplia sala con un fuerte piso también de madera. Ahí, todos los Sábados por la noche había Huateque. Se reunía toda la familia, que en aquel entonces formaba prácticamente la mitad del barrio, pués doña Chícha tuvo alrededor de 30 hijos.
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Los Jaraneros se sentaban en butaquitos alrededor de la sala tocando, cantando alegremente y departiendo con un poco de ñarro. Los escuincles, jugando afuera en la calle y a veces arremolinados mirando por la ventana.
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Los recios tablones de la sala levantaban incesantemente el polvo contenido en respuesta al unísono, intenso y enérgico zapateado proveniente de las fandangueras de todas las edades, que al cabo de un rato buscaban descanso, mientras su lugar era ocupado por otras que impacientes esperaban turno para entrar a zapatear al Son de las Jaranas. Así desde el anochecer, hasta la media noche … cada Sábado.
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Ninguno usaba trajes especiales, ni zapatos especiales, ni arreglos especiales. Así bailaba nuestra gente, después de una árdua semana de trabajo, allá por los años 60’s … allá por el barrio de “Juan Catemaxca”.
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Doña Chícha y su familia, familia de pescadores, no pertenecían a ninguna Institución de preservación de la Cultura de los Pueblos, ni a cualquier otro asunto de rimbombante título; núnca obtuvieron reconocimientos, jamás recibieron diplomas. Seguro que ni siquiera pensaron que estaban sembrando en nosotros la semillita del fandango. Vaya, seguro que ni siquiera imaginaron que eso que hacían, sería llamado algún día, “Cultura”.
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Ellos, al igual que muchos otros que aún lo hacen a lo largo y ancho de mi Estado de Veracruz, se reunían simplemente a hacer lo que amaban, a tocar, cantar y bailar … ¡A vivir el Son Jarocho!
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Vaya mi profundo agradecimiento y respeto para doña Narcisa Martínez y toda su parentela, que por ser tantos, eran mejor conocidos en el barrio de manera coloquial como “la Martinada”.

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¡PRIMERO DESAYUNE Y LUEGO…YA VEREMOS!

drrafaelcervantes30 Mar 2008 catemaco

El joven se presentó con todos sus documentos ante el entónces Agente Municipal, un tipo bonachón de voz muy fuerte; Era PEDRO FONSECA, aunque todo mundo se referia a el por el mote de EL PATILLAS. Estaba en una mesa de su casa/restaurante/oficina y desayunaba uno de esos banquetes habituales en esa zona de Veracruz. Me sonrió y con un grito llamó a una mujer menuda, Doña Lupe, su esposa, y le dijo que era yo el médico nuevo, y que me diera de desayunar. Luego, volteó a verme y preguntó qué deseaba comer.
Dijo que poda elegir a mi gusto de entre un trozo de Armadillo, un bistec de tepezcuintle, unas mojarras o unos langostinos. Por mis habitos citadinos elegí estos ultimos, y con un gesto hizo que me trajeran una tina llena de estos animales. Me pidió elegir los que mas me gustaran y yo tomé uno que de inmediato comenzó a patalear buscando librarse de mis dedos. Lo arrojé en la tina mientras la risa fuerte de EL PATILLAS festejaba mi sorpresa por haber conocido en vivo y a todo color un langostino.
Ese fue el inicio de una amistad que solo concluyó con la muerte prematura de este hombre sencillo, afectuoso, y muy generoso, que desde que llegué me hizo sentir como en casa, con la confianza de poder comer con el en la cocina de su casa, y aprender a disfrutar tanto de su amistad como de su sentido del humor, ese humor franco de los hombres del mar, porque han de saber ustedes que Don Pedro, con todo y todo, era un sencillo pescador de la abúlfera de Sontecomapan, uno de los lugares mas hermosos de la costa veracruzana, llena de magia y de belleza natural que, espero, este blog contribuya a mantener en las mejores condiciones posibles.
Dr. Rafael Hernández Cervantes
Correo: dr_rafael_cervantes@yahoo.com

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